Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
El comercio
-el tema central en las relaciones entre Estados Unidos y Latinoamérica-se
ha movido de repente más cerca del centro del cuadrilátero
en la contienda presidencial estadounidense.
Y el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica o NAFTA, tan a menudo
maldecido, es frecuentemente el punto de partida.
El senador John F. Kerry, el presunto nominado demócrata a la presidencia,
y el senador John Edwards, su principal rival, vienen debatiendo NAFTA
ahora que su carrera por la nominación se dirige hacia la recta
final en el llamado Super Tuesday, este 2 de marzo.
Ninguno habla de revocar el NAFTA, sólo prometen mejorarlo para
darle mayor protección a los trabajadores en este país.
El lunes el Presidente Bush dirigió un tanto la atención
sobre el tema, aunque indirectamente. En su muy anunciado discurso del
lunes en la noche, arremetió contra su probable rival, burlándose
de Kerry por votar por NAFTA en 1993 y ahora estar tratando de aparecer
como que se opone al acuerdo.
Pero, mientras los candidatos a la presidencia discuten sobre quién
se lleva el crédito o la culpa por lo mejor y lo peor del libre
comercio, los enemigos de mercados abiertos no deben pensar que hay razón
para celebrar. Por el contrario, en estos eventos Latinoamérica
debiera encontrar motivos para romper el actual impasse en las conversaciones
hacia un comercio libre hemisférico y definir nuevas bases para
el consenso.
Después de todo, detrás de esta retórica de campaña
yace una real y seria ansiedad entre los trabajadores estadounidenses
sobre la actual y futura pérdida de empleos -la misma clase de
ansiedad que trabajadores latinoamericanos han estado sintiendo de tiempo
atrás.
Por primera vez en más de 10 años, la última encuesta
de Gallup encontró que uno de cada cinco estadounidenses considera
el trabajo y el desempleo como los principales problemas en este país.
Cerca de 1.7 millones de puestos de trabajo se han perdido desde que Bush
llegó a la Casa Blanca, y los sindicatos laborales en particular
acusan de ello al libre comercio.
No es la primera vez que el NAFTA se convierte en tema de campaña.
En 1992, el entonces candidato Bill Clinton y sus consejeros sopesaron
las ventajas y desventajas del acuerdo y terminaron divididos. Una vez
en el cargo, Clinton se convirtió en un firme defensor del acuerdo
norteamericano.
Algunos dicen que esta pequeña historia comprueba que, independientemente
de quién gane en noviembre, poco cambiará. Charlene Barshefsky,
quien fue la principal negociadora comercial de Clinton, alertó
sobre lo contrario. La preocupación subyacente que ha llevado
a la actual retórica (contra el comercio) persistirá y generará
su propia dinámica, que podría ser igual de negativa o aún
más.
Todo esto debería llevar a dos importantes conclusiones para el
hemisferio. Primero, a que Washington reconozca que, dado el debate en
casa, es ridículo pretender que las negociaciones para un Área
de Libre Comercio de las Américas -ALCA-puedan concluirse para
finales del año.
Segundo, a que Brasil y otros países reacios a firmar acuerdos
con Estados Unidos tengan tiempo para que reconsideren sus prioridades
y usen las actuales circunstancias en su provecho. La ansiedad laboral
en las Américas, que ahora incluso afecta a trabajadores estadounidenses
de corbata, debería servir como sobrada motivación para
explorar los beneficios del libre comercio, especialmente si las preocupaciones
de los trabajadores empiezan a tomarse en cuenta.
En los 90, Japón demostró ser menos amenaza de lo que se
temió. Los temores de hoy ante la globalización responden
a un reto de verdadero peso pesado: China e India, los dos países
más poblados del mundo.
El ALCA crearía el mercado libre más grande del mundo, con
más de 800 millones de personas. La población de China es
por lo menos un 50 por ciento más grande, pero ya hoy el poder
adquisitivo de América Latina y el Caribe es por lo menos 50 por
ciento superior al de China.
Y existen otras ventajas en la región. En la industria textil,
por ejemplo, aquellos que abogan por la aprobación legislativa
del recientemente alcanzado acuerdo del libre comercio de Centroamérica
o CAFTA, afirman que el 90 por ciento de las prendas confeccionadas en
Centroamérica será hecho con telas e hilos estadounidenses.
Para China, ese número es mucho menos del 1 por ciento.
También sostienen que los acuerdos con países vecinos ofrecen
beneficios que van más allá del comercio al pro- veer, entre
otras cosas, oportunidades para evitar que más trabajadores emigren
y promover competitividad que contrarreste el maremoto asiático.
Todas estas son buenas razones para mantener el ímpetu comercial
incluso durante esta época de elecciones en Estados Unidos. Tal
como los promotores de CAFTA se han dado cuenta, este es el momento de
empezar a jugar la que podría ser la carta de triunfo de América
Latina, con el argumento de que los acuerdos regionales pueden crear y
ayudar a preservar empleos, tanto acá como allá.
*Columnista del Washington Post.