Raymundo A. Rodríguez
Barrera*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Posiblemente algunos ciudadanos todavía no han decidido ir a
votar el próximo 21 de marzo, porque tal vez consideran abstenerse
como lo hicieron en elecciones pasadas, y porque además, en esta
ocasión, no han sido suficientemente motivados por el discurso
político de ningún partido, para cambiar de actitud, no
obstante que esta vez se trata de una elección presidencial de
mucha significación para el futuro de nuestro país.
Muchos que en el pasado se abstuvieron de votar son personas trabajadoras,
honestas y muy responsables en sus negocios y actividades profesionales;
gente que nunca ha asistido a concentraciones políticas ni pertenece
a partido político alguno; ciudadanos que jamás han tenido
aspiraciones de ocupar puestos públicos, porque se sienten orgullosos
y satisfechos de su actividad privada, porque ésta les ha permitido,
con entera dignidad, percibir ingresos y obtener bienes para satisfacer
sus anhelos y necesidades personales y familiares, por cuya razón
ven a la política como una actividad marginal en sus vidas.
Otras personas se han estado absteniendo de votar, posiblemente, porque
han encontrado en la política que han venido haciendo desgastados
políticos de profesión, una fuente de frustraciones y engaños,
que sólo les ha dejado un marcado desencanto y cierta alergia a
toda promesa política.
Y habrá otros que, por ignorancia cívica, piensen que ir
a votar es una actividad que solamente compete a la gente vinculada con
determinada partido político, o que el voto es un mero acto formal
propio de nuestra cultura política.
Pero aun con todo, es preciso señalar que la convivencia social
impone al ciudadano, a la par de los derechos de que goza, la obligación
cívica de participar en la definición de las grandes decisiones
del país, con conciencia de pertenencia y como expresión
de identidad con nuestra nacionalidad, bajo el bien entendido principio
moral de que somos uno, pero pertenecientes a un todo, que nos propicia
condiciones favorables, pero que al mismo tiempo nos demanda una participación
razonable en la definición y consecución de un bien común.
Por otra parte, debemos enfatizar que la sociedad civil y que el demos
ciudadano están conceptual y vivencialmente estructurados dentro
de una concepción unitaria, integral, en donde todos y cada uno
de los salvadoreños tenemos potencialmente una opinión,
una decisión y un voto necesarios para mantener el status republicano,
para vitalizar la democracia y para que tengan vigencia las libertades
civiles, elementos que dan soporte a la conciencia cívica nacional,
y que al mismo tiempo condicionan la viabilidad y funcionalidad de la
institucionalidad del estado y de sus instituciones, razones suficientes
para desestimar cualquier forma de exclusión, aun cuando ésta
obedezca a una actitud autonómica de la misma libertad individual.
No debemos olvidar que las contiendas electorales fortalecen, en cierto
modo, los valores cívico-patrióticos, permitiendo al mismo
tiempo que afloren los sentimientos de pertenencia a una patria, de orgullo
por una nacionalidad y de satisfacción de ser partícipe
en la toma de las grandes decisiones nacionales.
Debemos tener bien claro que las elecciones presidenciales del 21 de marzo
próximo son de una particular importancia histórica, dadas
las encontradas diferencias ideológicas de los dos partidos de
mayor acopio popular y a los controvertidos planteamientos programáticos
contenidos en sus ofertas de gobierno, situación que según
el parecer de algunos observadores experimentados desde ya le está
negando espacios a cualquier otra opción.
Por todo lo mencionado debemos disponernos a ir a votar, a honrar nuestra
calidad de ciudadano salvadoreño, de tal manera que el Presidente
que resulte electo tenga un respaldo real que pueda invocar en todos sus
actos de gobierno.
*Columnista de El Diario de Hoy.