El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Los mareros no podrán conciliar con sus víctimas si se
aprueba el Artículo 18 del proyecto de nueva ley antimaras presentada
a la Asamblea Legislativa, con lo cual se anulará una de las causas
principales de la impunidad. Hasta la fecha, la mayor parte de víctimas
concilia con sus agresores, sabiendo muy bien que de no hacerlo se exponen
a las peores represalias.
La figura de la conciliación, ocurrencia de paternidad
indefinida presente en nuestra legislación penal, se presta para
chantajes, secuestros legales y coacción de víctimas. Es
posible, como hemos ya señalado, que en Suiza la conciliación
opere de maravilla, pues no sólo víctimas y victimarios
son medio civilizados en el peor de los casos, sino que los jueces actúan
con plena sensatez, lo que no siempre ocurre en los trópicos. Aquí
no cuesta anticipar lo que sucede al enfrentar a una pobre señora
con sus verdugos y pedirle que concilie. Ella de inmediato
piensa en sus hijos, en lo que le puede pasar al llegar tarde por la noche,
en los riesgos que corren sus familiares, en la posibilidad de que le
den fuego a su casa. Y siendo así, concilia en el acto. Como en
la película El Padrino, la señora no puede rehusar esa clase
de ofertas.
El pertenecer a una mara será delito de ser aprobada la nueva ley.
En Estados Unidos, cuando alguien es miembro de una mara y perpetra un
crimen, el juez le incrementa la pena en cinco o seis años. En
ambos casos se parte de una contundente realidad: las maras son crimen
organizado, bandas formadas para delinquir. El hecho mismo, como lo dijo
el doctor Bertrand Galindo en una entrevista de TCS, que las maras 18
y Salvatrucha que operan en nuestro país existan desde Washington
hasta Nicaragua, comprueba que son crimen organizado. Tan
organizado que tres gobiernos centroamericanos se han unido para combatirlas,
y tan organizado que en Los Ángeles y muchas otras ciudades de
Estados Unidos la policía se esfuerza por desmantelarlas.
Más y más el delito es colectivo
¿Es que las maras y sus miembros viven de actividades lícitas?
Lo que se les conoce es todo lo contrario: tráfico de estupefacientes,
asaltos, extorsiones, robos, asesinatos, impuestos de guerra,
secuestros. Una de sus defensas es intimidar jueces, testigos potenciales,
vecindarios, litigantes, familiares de policías. El hecho de que
son bandas ramificadas en cien ciudades, les permite gran movilidad y
además tomar venganzas.
Es obvio que a diferencia del crimen artesanal, las maras
pueden delinquir debido, sobre todo, a su organización como bandas
del crimen. Si se comete un asalto, no sólo participan los actores
directos, sino la cadena de cómplices que van desde vigías
hasta los que disponen y venden el botín. El engranaje es lo que
les concede movilidad y efectividad.
Las leyes penales, como otro mal subproducto de los Acuerdos de Paz, casi
ac- túan como si no existiera el crimen organizado. De allí
la dependencia en testigos, pruebas puntuales, etcétera, sin tomar
en cuenta las pruebas científicas e indirectas. Por ello es que
apenas si caen capos de la droga o cabecillas de robacarros. Lo irónico
de esto es que cada vez más el crimen es una manifestación
de bandas más que de individuos.