Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Los
intelectuales trabajan con las ideas, analizan especulativamente la realidad
y proponen explicaciones y soluciones para los problemas.
Su vida gira alrededor de las ideas y son, en el sentido más preciso
de la palabra, unos teóricos.
Pero unos teóricos que despreciados por los hombres de acción
terminan por alimentar de ideas y valores a los que, con su actuación,
terminan por transformar la realidad.
De hecho, se puede decir que la historia no es más que lo que han
hecho los políticos, militares y científicos con las ideas
maduradas por los intelectuales.
Alguien dijo alguna vez que, en teoría, todas las ideas son
muy prácticas. Yo completaría el planteamiento afirmando
que, en la práctica, todas las ideas pueden encontrar quien las
lleve hasta sus últimas consecuencias.
Entonces, si las ideas siempre pueden hacerse realidad, resulta que lo
que muestra su validez no es el simple hecho de ser el fruto de razonamientos
o especulaciones coherentes, sino sus consecuencias. Por sus frutos
los conoceréis, dice el Evangelio, y esto que en su contexto
original se aplica a las personas, puede ser trasplantado al terreno de
las ideas. También éstas muestran su verdad o error por
los frutos que su aplicación práctica produce.
No es que consecuencias buenas hagan buenas a las ideas, o viceversa.
Sino que, porque son buenas ideas y han sido correctamente puestas por
obra, producen buenas consecuencias. De la misma manera, las ideas erróneas,
se esfuerce quien se esfuerce, siempre producirán malas consecuencias.
La vida es la piedra de toque de las teorías.
Por eso, el mayor error que un político puede cometer es aferrarse
a unas ideas equivocadas, quizá, porque parecen verdaderas. Un
error que ha producido nefastas consecuencias en el caminar de la humanidad,
porque, si el fin de la política son las personas, pero se consideran
más importantes las ideas que la gente y se cree que estas últimas
deben adecuarse a las ideas, se produce un descalabro.
La verdad es justamente lo contrario. Las ideas deben estar al servicio
de la gente y son éstas las que importan. Si las personas no encajan
con las ideas, eso significa que estas últimas son erróneas
y no las personas. Lo importante es que las ideas sean adecuadas a las
personas ¿Y qué es esto, sino lo contrario de lo que desde
1917 han estado procurando hacer los seguidores de Marx? Implantando,
a fuego y sangre, su ideología, en la que la gente cuenta en
general, nunca en concreto, persona por persona, pues cada una es
sacrificable para lograr sus objetivos... Para ellos, si la realidad no
obedece a su análisis ideológico, peor para la realidad...
y así les ha ido.
Hace pocos días realicé una pequeña encuesta, y propuse
a un buen grupo de jóvenes que definieran qué es el marxismo,
o al menos que hablaran de sus principios ideológicos. Ninguno
fue capaz de dar una explicación coherente, pues para ellos (nacidos
cuatro o cinco años antes de la firma de la paz en 1992) su experiencia
histórica nacional se reduce a un tema de estudio en la asignatura
de Historia de El Salvador. Ninguno sufrió en carne
propia las desgracias de la guerra en este país, ninguno vio caer
el Muro de Berlín ni el derrumbe de la Unión Soviética.
Ninguno ha vivido en Cuba o Venezuela, y difícilmente imagina cómo
pueden cambiar las circunstancias del país en manos de un gobierno
construido sobre odios o envidias, en manos de un Ejecutivo con mayoría
en la Asamblea Legislativa y que además vea con recelo la libre
iniciativa, o que considere que es imposible generar riqueza decentemente.
Y como nadie puede temer lo que no conoce, parece posible que, por la
fuerza de los votos, San Salvador llegue a convertirse en una pequeña
Caracas, con dictador democrático incluido y protestas
callejeras a los dos años de las elecciones...
Las ideas, todas las ideas, siempre tienen consecuencias. Los intelectuales
pueden predecirlas con base en sus análisis teóricos; los
políticos pueden quererlas intencionalmente, o generalmente
por desconocimiento destapar la Caja de Pandora, al dejarse llevar
sólo por aspectos parciales de las ideas en que creen.
Pero a la mayoría, que no somos ni intelectuales ni políticos,
no nos queda más que confiar en el sentido común a la hora
de decidir por quién votar. Qué pena que, a veces, el sentido
común pueda ser traicionado por intereses y manipulado por el populismo,
o simplemente traicionado por la ignorancia.
*Ingeniero, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.