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El “paluemango” de mi casa

Recuerdo al ex ministro de Hacienda Hinds cuando en el período del “Cachetón Sol” dijo que en El Salvador una vendedora de “mango twist” podía hacerse millonaria con su negocio.

Publicada 25 de enero 2004, El Diario de Hoy


Julio Calderón
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

Es indio, bien indio, a toda honra. Pero creer que por ser indio no es bueno, todo lo contrario, es el mango de mayor calidad que este paladar especializado en mangos ha probado.

Y lo digo con propiedad pues he ido hasta la mera India a probar mangos, que es la cuna del mango.

Es es el caso que mi “palue-mango” está en el mero centro del jardín de mi casa, pues cuando adquirí el terreno, el palo fue lo que más me motivó a comprar.

Por muchos años sólo pude saborear mangos caídos, porque el fruto estaba de manera exclusiva al alcance de aquellos a los que la naturaleza les ha dado alas o para los que pueden trepar árboles.

Mas de alguna vez soñé en convertirme en Ícaro para volar hacia aquel mango chapudito, bronceado de sol, lejos de mi boca, lejos de mi paladar.

Nació hace muchos años lo más probable que el siglo antepasado, alguien se comió el fruto y después de haber sido saboreado y seguramente chupada la semilla hasta dejarla blanca, fue tirada al azar, sin siquiera ser depositada en un agujero en la tierra, así, por pura casualidad.

Luchó contra la maleza y buscó el cielo como destino elevándose como vara de cuete hasta donde sus raíces pudieran sostenerlo. Por muchos años creció sin freno alcanzando la altura de un verdadero gigante.

Según mis cálculos ha producido más de un millón de mangos, sin contar los que están por venir. Se le divisaba desde lejos cuando estaba en floración, parecía un escobetón, resaltado entre todos los demás árboles.

Tapizaba día a día el gramal que lo rodea. Había que sacar costaladas de mangos caídos por casi dos meses. No podía dejar mi carrito debajo porque amanecía apedreado, o mangueado.

Su impresionante altura hacía imposible acercarse a sus frutos, los cuales solamente eran saboreados por cenzontles y bandadas de pericos que de tarde en tarde pasaban a cenar confundidos entre sus ramas de verde follaje. Los que logré chupar estaban apachurrados después de la caída.

Estoy hablando en pasado no porque el “palue-mango” indio de mi casa haya desaparecido, sino porque lo he modificado.
Hace tres años decidí reducir su enorme tamaño de dieciséis metros a sólo ocho, altura aún respetable.

Como era de suponer, después de la mochada, empezó a echar hijos en su penacho y por supuesto su producción se limitó a las dos ramas cosecheras que quedaron sin podar, ya que los hijos no dan frutos sino hasta después de un buen tiempo.

Ahora se encuentra en plena floración, después de algunas podas, varios de los hijos se han convertido por primera vez en ramas cosecheras y el árbol de mango indio mochado a la mitad empezará a dar frutos, esta vez al alcance de la mano del dueño del palo, en este caso su amigo escribidor, que también -por si algunos no lo saben- es agrónomo de profesión y escritor por esos raros avatares de la vida.

Pero volviendo a mi “palue-mango”, al cual he fertilizado en varias ocasiones, quiero contarles que he conseguido unos andamios como los que usan en los edificios, lo que me permite llegar a los frutos.

Por primera vez, en diez años, podré saborear mis mangos sin que hayan sufrido su caída. Estimo que la cosecha pasará de cinco mil mangos indios de excelente calidad, porque como conocedor y amante de los mangos, quiero informarles que el mango indio, a pesar de no tener “clase” es el mango más versátil, pues se puede comer tierno, sazón y maduro. En otras palabras, dentro de unas semanas tendré al alcance de mis manos los primeros mangos tiernos.

Quiero aclarar que sobrarán mangos para las ardillas, los cenzontles y los pericos, porque no creo que me pueda comer cinco mil mangos en tres meses, pues me tendría que comer casi cincuenta mangos diarios.

Pero si lo vemos bajo el punto de vista económico, los mangos de mi palo pueden valer por lo menos tres pesos cada uno. Repito, son indios pero con clase, lo que daría la no menos respetable suma de quince mil colones por la cosecha que, dividida entre doce meses, sería más que un salario mínimo, en otras palabras un “palue-mango”, si se logra aprovechar, podría dar lo suficiente para vivir.

Recuerdo al ex ministro de Hacienda, Hinds, cuando en el período del “Cachetón Sol” dijo que en El Salvador, una vendedora de “mango twist” podía hacerse millonaria con su negocio. De ser cierto, hay que reconocer que estas respetables señoras saben esconder muy bien sus Mercedes Benz.

Ahora creo que Hinds exageró un poco, pero de lo que estoy seguro es que esta cosecha la aprovecharé al máximo, no sólo yo, sino también mis amigos y vecinos con quienes pienso compartir las delicias de mi “palue-mango”.

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