Julio Calderón
El Diario de Hoy
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Es indio, bien indio, a toda honra. Pero creer que por ser indio no
es bueno, todo lo contrario, es el mango de mayor calidad que este paladar
especializado en mangos ha probado.
Y lo digo con propiedad pues he ido hasta la mera India a probar mangos,
que es la cuna del mango.
Es es el caso que mi palue-mango está en el mero centro
del jardín de mi casa, pues cuando adquirí el terreno, el
palo fue lo que más me motivó a comprar.
Por muchos años sólo pude saborear mangos caídos,
porque el fruto estaba de manera exclusiva al alcance de aquellos a los
que la naturaleza les ha dado alas o para los que pueden trepar árboles.
Mas de alguna
vez soñé en convertirme en Ícaro para volar hacia
aquel mango chapudito, bronceado de sol, lejos de mi boca, lejos de mi
paladar.
Nació hace muchos años lo más probable que el siglo
antepasado, alguien se comió el fruto y después de haber
sido saboreado y seguramente chupada la semilla hasta dejarla blanca,
fue tirada al azar, sin siquiera ser depositada en un agujero en la tierra,
así, por pura casualidad.
Luchó contra la maleza y buscó el cielo como destino elevándose
como vara de cuete hasta donde sus raíces pudieran sostenerlo.
Por muchos años creció sin freno alcanzando la altura de
un verdadero gigante.
Según mis cálculos ha producido más de un millón
de mangos, sin contar los que están por venir. Se le divisaba desde
lejos cuando estaba en floración, parecía un escobetón,
resaltado entre todos los demás árboles.
Tapizaba día a día el gramal que lo rodea. Había
que sacar costaladas de mangos caídos por casi dos meses. No podía
dejar mi carrito debajo porque amanecía apedreado, o mangueado.
Su impresionante altura hacía imposible acercarse a sus frutos,
los cuales solamente eran saboreados por cenzontles y bandadas de pericos
que de tarde en tarde pasaban a cenar confundidos entre sus ramas de verde
follaje. Los que logré chupar estaban apachurrados después
de la caída.
Estoy hablando en pasado no porque el palue-mango indio de
mi casa haya desaparecido, sino porque lo he modificado.
Hace tres años decidí reducir su enorme tamaño de
dieciséis metros a sólo ocho, altura aún respetable.
Como era de suponer, después de la mochada, empezó a echar
hijos en su penacho y por supuesto su producción se limitó
a las dos ramas cosecheras que quedaron sin podar, ya que los hijos no
dan frutos sino hasta después de un buen tiempo.
Ahora se encuentra en plena floración, después de algunas
podas, varios de los hijos se han convertido por primera vez en ramas
cosecheras y el árbol de mango indio mochado a la mitad empezará
a dar frutos, esta vez al alcance de la mano del dueño del palo,
en este caso su amigo escribidor, que también -por si algunos no
lo saben- es agrónomo de profesión y escritor por esos raros
avatares de la vida.
Pero volviendo a mi palue-mango, al cual he fertilizado en
varias ocasiones, quiero contarles que he conseguido unos andamios como
los que usan en los edificios, lo que me permite llegar a los frutos.
Por primera vez, en diez años, podré saborear mis mangos
sin que hayan sufrido su caída. Estimo que la cosecha pasará
de cinco mil mangos indios de excelente calidad, porque como conocedor
y amante de los mangos, quiero informarles que el mango indio, a pesar
de no tener clase es el mango más versátil,
pues se puede comer tierno, sazón y maduro. En otras palabras,
dentro de unas semanas tendré al alcance de mis manos los primeros
mangos tiernos.
Quiero aclarar que sobrarán mangos para las ardillas, los cenzontles
y los pericos, porque no creo que me pueda comer cinco mil mangos en tres
meses, pues me tendría que comer casi cincuenta mangos diarios.
Pero si lo vemos bajo el punto de vista económico, los mangos de
mi palo pueden valer por lo menos tres pesos cada uno. Repito, son indios
pero con clase, lo que daría la no menos respetable suma de quince
mil colones por la cosecha que, dividida entre doce meses, sería
más que un salario mínimo, en otras palabras un palue-mango,
si se logra aprovechar, podría dar lo suficiente para vivir.
Recuerdo al ex ministro de Hacienda, Hinds, cuando en el período
del Cachetón Sol dijo que en El Salvador, una vendedora
de mango twist podía hacerse millonaria con su negocio.
De ser cierto, hay que reconocer que estas respetables señoras
saben esconder muy bien sus Mercedes Benz.
Ahora creo que Hinds exageró un poco, pero de lo que estoy seguro
es que esta cosecha la aprovecharé al máximo, no sólo
yo, sino también mis amigos y vecinos con quienes pienso compartir
las delicias de mi palue-mango.