Napoleón Candray
*
El Diario de Hoy
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Para entender la naturaleza de la enfermedad es preciso reflexionar en
lo que significa estar sano.
En verdad sólo consideramos lo que es bueno cuando lo hemos perdido.
La ausencia de las cosas es lo que suele servirnos para valorarlas en
su verdadera dimensión.
Cuando se rompe el ritmo normal del bienestar físico se concluye
que, aquello que modifica o trastorna la libertad de hacer con el cuerpo
lo que se desea y lo que nos hace ver cuán vulnerables somos, es
enfermedad.
Si se trata de una primera experiencia, el sujeto no tiene punto de comparación
con situaciones previas y cae en la sensación de desamparo al no
conocer cuál será el desenlace del fenómeno desconocido.
Es así que el enfermo personaliza su dolencia y reflexiona sobre
ella como algo que le viene de fuera, un sufrimiento, ya sea merecido
o inmerecido, que le atormenta.
Es en este crítico momento en que resulta oportuna la intervención
del médico que actúa como un agente que interpreta el fenómeno,
identifica la enfermedad mediante el diagnóstico, explica sus causas
y, lo que es mejor, adelanta la forma en que se puede curar. Sin embargo,
el ejercicio de la medicina no incluye tomar a la enfermedad como un todo.
No existen enfermedades, sólo enfermos, como decían nuestros
maestros.
Es aquí donde la medicina tiende a perderse en la gigantesca y
fría maraña de la tecnología de aparatos y estadísticas.
Aunque esto no significa que ponga en duda el valor de los avances tecnológicos,
el triángulo formado por el médico, el enfermo y la actitud
de este último hacia su padecimiento genera lo que se llama la
relación médico-paciente, la cual trasciende
al simple intercambio de tratamiento contra dolencia.
El enfermo suele especular sobre su padecimiento y, si la base de sus
conocimientos o presencia de ánimo no es de buen sustento, magnificará
su estado y el espectro de la enfermedad alcanzará niveles de patología
de conducta agravada que complicaría aún más su tratamiento
y curación.
La estructura síquica-mental del paciente sufre una conmoción
que suma impacto al ya causado al cuerpo por la enfermedad misma. Esta
situación vuelve más apremiante y necesaria la presencia
del médico, quien no sólo ha de dar una fría receta,
sino también responder a la demanda emocional del paciente.
Este último está con su dolor frente a la persona en quien
deposita su confianza. La relación médico-paciente se debe
centrar entonces en evitar que las dudas y temores del enfermo no agranden
el cuadro clínico.
A menudo el enfermo puede considerar que su dolencia es un castigo o una
injusticia hacia su persona, lo cual agudiza su neurosis. Llega al extremo
de perder la confianza en su cuerpo, a considerarse víctima de
la traición de sus órganos.
Mis piernas no me obedecen, mis pulmones ya no quieren.
Su propio cuerpo se le rebela. ¿Qué mayor traición
puede esperar?
Muchos médicos recién egresados tienden a confiar más
en el diagnóstico que arroja una máquina digital que en
el poderoso efecto curativo que tiene el estrechar la mano que el paciente
extiende al hombre que le ayudará a librarle del castigo que se
le impone.
Es responsabilidad ineludible del médico el convertirse en aliado
de su paciente para que éste recupere la fe en sí mismo
y contribuya a su propia curación.
Es oportuno que médicos y pacientes reflexionen sobre el retorno
a esa cálida relación que une a ambos en la conquista de
la salud.
*Médico oftalmólogo.