Pedro Roque*
El Diario de Hoy
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El
voto es la expresión pública o secreta de una preferencia
ante una opción.
En los países democráticos los votos son la vía de
participación de los ciudadanos en el futuro del país, bien
por medio de elegir a sus representantes, para el caso de la Asamblea,
o para definir la dirección en que desean ser dirigidos, para el
caso de los alcaldes y presidentes.
En la medida que los votantes participan, es decir el porcentaje de los
que teniendo las posibilidades de votar lo hacen, se puede concluir sobre
su interés o su grado de involucramiento en el destino del país.
Cuando la gente asume el sistema democrático como una oportunidad
para expresar sus aspiraciones, la calidad de los resultados es más
consistente, lo que depende de las argumentaciones de los candidatos y
de su capacidad de motivar a los votantes. Si el porcentaje es bajo, se
puede deber a la desidia, el poco interés en el país o a
que tampoco se ve un aliciente para hacerlo.
Nos encontramos a menos de sesenta días para tomar parte o no en
las elecciones, y ojalá que todos encontremos la motivación
para hacerlo a primera hora.
De nuevo la democracia nos brinda la oportunidad para influir sobre lo
que sucederá en los próximos cinco años y determinar
la dirección que continuará teniendo el país o mejor
dicho nuestro país, pues las consecuencias de nuestro
voto tendrá repercusiones, que nos afectarán personalmente
a cada uno y a nuestras familias.
Para nuestro caso concreto de El Salvador, continuar por el camino de
desarrollo en busca del afianzamiento del sistema democrático y
el progreso del país, por medio de la participación en los
acontecimientos económicos del mundo libre o bien ir a un modelo
desconocido y arriesgado de los que cada día quedan menos en el
mundo.
De entre todo lo que se oye para ganar votos, tanto de los argumentos
de los candidatos como de las frases pensadas para vender ilusiones durante
la campaña y jalar el voto para su lado, la que menos me gusta
y siento menos adecuada es la que ya con mucha frecuencia dicen los entrevistados:
lo más importante es sacar a toda costa a los que gobiernan.
Parece que se trata más bien de rencillas, envidias o intereses
personales que de preocuparse por la búsqueda de solución
a los temas importantes para continuar con el desarrollo del país.
Y creo que a la hora de votar se debe pensar en la globalidad y los efectos
directos e indirectos de que las cosas sigan por un camino razonable,
sobre el que se mueven, o cambiar de dirección violentamente.
Es necesario distinguir, de entre las cuatro ofertas, cuál de verdad
es la realizable para mantener a El Salvador en su camino de desarrollo
y de progreso. Aquí y en el momento de votar, por tratarse de elecciones
presidenciales, lo importante es el país y no tanto las personas
y el perfil retocado que en la teoría y en las fotos nos ofrecen.
En los países modernos, en su democracia, los programas de gobierno
son similares, tienen muchos denominadores comunes y varían sólo
en la forma de hacer las cosas que hay que realizar, pues, como debe ser,
todos los programas políticos responden a las necesidades evidentes
de la sociedad.
Pero como al final lo que cuentan son los votos, me gustaría describir
los diferentes tipos que sé que existen, para que el lector reflexione
sobre qué tipo de voto será el suyo.
Existe el voto duro, que emitirán los correligionarios
que forman la estructura básica del partido y que, independientemente
del candidato o el proyecto, irán a votar por su partido. El voto
que podríamos llamar aventurado, que movido por las
promesas que no se sabe, ni estará claro que pueden llegar a ser
ciertas, se aventurará sin pensar en las consecuencias y se quedará
esperando, después de las elecciones, a ver qué pasa.
El voto de amén, que se emite ciega e irresponsablemente,
basado en el dictamen ajeno, es decir en lo que dice otro u otros en quienes
uno confía o no le queda más remedio que confiar. El voto
útil, que se emite a la opción, que aunque no es la
preferida, es la que más posibilidades tiene de derrotar a otra
opción cuyo triunfo no es deseable, porque si ganara los cambios
serían radicales y retrógrados.
El voto por conveniencia, que se emite cuando detrás
de los resultados hay promesas que cubren intereses personales o incluso
sectoriales, cuando en las promesas para después de las elecciones
el partido o el candidato ofrece más apoyo o más poder.
El voto de castigo, que se da a la opción contraria
o paralela a la preferente, para conseguir determinadas reacciones positivas
en el tiempo. Ojo con este tipo de voto en las elecciones presidenciales,
pues independientemente de que puede ser razonable para diputados o alcaldes,
el voto de castigo en las elecciones presidenciales puede ser el más
peligroso y del que posteriormente más se arrepienta.
Y así existen otros tipos de votos, pero al que yo me quiero referir
es a este que podríamos llamar el voto razonable y razonado,
que sería el que la gente califica como el voto sano
y el cual, una vez emitido, nos permita vivir en un país que crece
y se desarrolla continuamente, solventando poco a poco las dificultades
que tiene todo desarrollo humano, pero basado en nuestro propio esfuerzo,
para continuar viviendo en democracia, desarrollando nuestras capacidades
para encontrar las oportunidades de crecimiento sostenido en lo personal,
profesional y empresarial.
Escuche con atención no sólo los anuncios que están
hechos por mercadólogos para vender y generar ilusiones, sino también
a lo que dicen y cómo dicen lo que dicen los señores candidatos.
Razone muy bien su voto, aún está a tiempo de hacerlo para
que a la hora de asignarlo lo haga responsablemente.
*Ingeniero y columnista de El Diario de Hoy.