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Palabra
Los dos pobres: El príncipe y el mendigo

Cuentan las tradiciones budistas la historia de un príncipe que en uno de sus viajes encuentra en su camino a un harapiento peregrino que sonreía.

Publicada 21 de enero 2004, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

pintorbalaguer@hotmail.com

Ello me inspiró la siguiente historia, recreación de la parábola zen:

El príncipe observó al mendigo y descubrió en su mirada una dicha extraña e insólita. Entonces detuvo su marcha y fue hasta donde el vagabundo y le preguntó:

“Dime, pobre hombre, ¿cómo es que tú hambriento, haraposo, viejo y sin porvenir le sonríes de esa forma a la vida, la vida que te ha negado todo...?” El dulce anciano, sin dejar de sonreír, contestó:
“No todo. Tengo el canto de las aves, la frescura de la brisa, el perfume de los valles y un mundo que no termina en el camino. Eso es lo que me hace feliz. ¿Y tú qué tienes venerable caballero?”

“Pues, yo tengo un reino, un ejército a mis órdenes, las mujeres más bellas que desee, riquezas, juventud, poder y gloria. Parecería que lo tengo todo, pero nunca he dado una sonrisa tan dulce como la tuya a la vida”.

En el fondo, príncipe y mendigo eran pobres. Uno, porque no tenía un centavo, y el otro, porque había perdido sus ilusiones. Sin embargo, entre ellos el rico no era el que tenía más sino el que deseaba menos.

La verdadera riqueza es esa sonrisa dulce y amorosa a la vida, como precio a lo poco o mucho que nos dé.


Día Día

Fabricar embalses, lagunas y lagos es una antiquísima técnica, empleada por diversos pueblos en la antigüedad para asegurarse el suministro de agua, sobre todo en la estación seca. Los más hermosos y grandes que hemos visto están en el norte de la vieja Ceylan, ahora Sri Lanka, construidos por un visionario monarca en el Siglo Octavo de nuestra era. Muy pocos le recuerdan, pero dejó a su pueblo un don maravilloso, lagos rodeados de verdor que son un gran atractivo turístico, ayudan al clima y mantienen los mantos freáticos, pues una buena parte de la lluvia que cae se recoge en esos cuerpos de agua.

En El Salvador vamos en dirección contraria: las pocas lagunas se han ido secando pues los ríos que las abastecen están desapareciendo. Y nadie, ninguna alcaldía, ningún grupo de agricultores y menos las “cooperativas”, se toma el trabajo de formar estanques que les resolverían un espantoso problema.

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