Mauricio Antonio Qüehl
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
El partido amistoso entre Alianza y Olimpia fue, en el primer tiempo,
una maraña aburrida y tediosa.
El público premió tal pobre muestra con un abucheo severo
para ambos equipos.
Dos tiros de peligro, uno por cada combinado, fue lo único que
aconteció en un período donde los hinchas blancos se ensañaron
una vez más con Nelson Nerio como lo habían hecho en la
semifinal pasada.
Pero, al margen de lo que el equipo hondureño pudiera hacer en
el juego, eran los albos los obligados a dar el espectáculo.
Era su presentación oficial ante los suyos y tenían enfrente
a un rival que dejó en el banco a varios de sus titulares. Aunque
en Alianza también hacían falta elementos clave.
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| El Colorado Curbelo, de cabeza, tras
un centro desde la izquierda de Silvera. Corría el 67
y la fiesta alba tomaba fuerza. Foto EDH |
Las estrellas
Es que faltan los galácticos, dijo un ocurrente seguidor
blanco.
El hincha se refería a los extranjeros del equipo capitalino: Los
uruguayos Yary Silvera, Ariel Fontella y Alejandro Curbelo, así
como el colombiano Martín García.
Y con el ingreso de los galácticos se salvó
un poco la noche, no porque Alianza funcionara mejor, sino porque, con
la llegada de éstos, vinieron los goles.
El primero fue al 48, al inicio de la segunda etapa, luego de un
tiro de García que dio accidentalmente en la mano del zaguero Fabio
Ulloa; el silbante, Nery Alfaro Zepeda, sancionó penalti.
Al cobro llegó el meta Miguel Montes, quien resolvió para
el 1-0.
Pero el mejor gol de la noche lo hizo El Colorado Curbelo,
de cabeza, tras un centro desde la izquierda de Silvera. Corría
el 67 y la fiesta alba tomaba fuerza.
Sin embargo, cinco minutos más tarde, Juan Cárcamo frunció
el ceño de los aliancistas cuando, de cabeza, puso el descuento
de 2-1. Aun así, el marcador no era malo para los que querían
el gane al margen del juego bonito.
Pero no se les cumplió, porque, al minuto 82, Jesús Navas
igualó el marcador para estropearle la fiesta a los albos.
Al final del juego, ya no hubo más abucheos, pero sí quedó
un sabor agridulce en la boca de los elefantes.