El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
A menudo, Marta (nombre ficticio) despierta por la noche y mientras
reza por la segunda de sus hijas, no puede reprimir el sentimiento de
culpa que le acosa desde el día en que la entregó en adopción.
Ahora tiene 36 años, se gana la vida trabajando como doméstica,
con su primera hija, quien le ayuda a sobrellevar esa pesada carga emocional.
Un fin de semana libre, relata, visité a mi hermana.
Salí a comprar como a las 6:00 de la tarde.
Recién habían firmado los Acuerdos de Paz, cuando muchos
de los guerrilleros que estaban en las montañas empezaban a bajar,
hombres y mujeres por igual.
Los veía pasar, pero nunca pensé que alguno de ellos pudiera
hacerme algo. Cuando casi llegaba a la tienda, un hombre de los que había
visto bajar, me violó. ¡No pude hacer nada, nada! Me amenazó
con matarme o hacerle daño a mi familia si decía algo. Regresé
a mi trabajo, mi hija de tres años me la cuidaba una hermana.
Yo lloraba mucho, pero nunca le dije a nadie lo que me había pasado
porque siempre he tenido miedo, miedo de todo, hasta de hablar, porque
he sentido que la vida ha sido injusta conmigo y que en cierta forma han
abusado de mí.
Cuando supe que estaba embarazada no sabía qué hacer, hasta
tomé un puño de pastillas para que se me cayera el niño;
pero no pasó nada. No quería nada que me hiciera recordar
que fui violada. Lo hice un viernes, pensando pasar el fin de semana en
el hospital para ir a trabajar el lunes. Estaba desesperada.
La señora donde trabajaba me dijo que me iba a permitir tener a
mi bebé pero que la pusiera en una guardería desde las 7:00
de la mañana a las 3:00 de la tarde, y así hice, pero no
tardó en notarse mi embarazo.
Yo tenía mucho miedo de contarle, más no tuve alternativa,
la señora me dijo que si estaba embaraza no me preocupara por el
trabajo. Le conté entre sollozos todo lo que me había pasado.
Mi patrona me empezó a decir que habían formas para poder
dar el niño en adopción cuando lo tuviera. Si querés,
me dijo, conozco a una persona que nos puede ayudar, ya que abortar es
pecado.
Yo sabía que es pecado, pero si no lo quieres tener -me dijo- lo
podés dar en adopción o si querés lo tenés
aquí. Y yo sabía que es bien difícil, porque con
mi hija me ha costado y he andado de arriba para abajo con ella. Ella
ha sufrido a mi lado también todo tipo de humillaciones y maltratos.
Así que la conocida de mi patrona me habló de una pareja
que quería adoptar a una niña, ellos le podían dar
todo el amor, comodidades que no las tendría conmigo. Le dije que
sí, me puse en control con un doctor ya avanzado mi embarazo, cuando
nació mi hija, sola la tuve un momento.
Hasta hace poco tiempo fui a un retiro, donde pude desahogarme y contar
lo que realmente sentía y lo que había pasado porque todavía
ahora tengo un terrible sentimiento de culpa por haber entregado a mi
hija; sin embargo, sé que hice lo correcto al haber dado a mi hija
a una familia que le fuera a proporcionar todo lo que yo no podía.
La mayor parte de lugares donde he trabajado siempre se han aprovechado
de mí y llegandome a pagar hasta 450 colones, levantandome a las
4.30 de la mañana y acostandome hasta pasada la medianoche.
A mí no me molesta trabajar, pero el sólo hecho de que me
dejen trabajar con mi hija es una ayuda, no así el pago que recibo
por todo lo que realizo, muchas veces mis patronos me decían: si
no te gusta, la puerta es ancha.
Rechazados
En 2003 fueron hallados más de una decena de niños abandonados
por sus padres. Algunos no tuvieron ninguna oportunidad, sus propias madres
les propiciaron la muerte, otros sufrieron agresiones físicas o
cayeron en condiciones de alto riesgo para su estabilidad emocional.