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Regina Miranda
El Diario de Hoy
metro@elsalvador.com
Nos hemos dado cuenta de que, a pesar de nuestra pobreza, somos
capaces de dar algo a los demás, explica esta señora
que se unió a otras 20 personas hace año y medio para fomentar
este tipo de intercambios.
La idea milenaria se reactivó hace tres años, gracias al
esfuerzo de el Centro Bartolomé de las Casas, institución
que brinda asesoría a las personas, talleres de formación
en economía y el rescate de la memoria histórica.
Rosa Gutiérrez, auxiliar del proyecto, asevera que el fin era darle
a los pobres un arma con qué defenderse.
En ferias
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| Oferta Personas de cada cantón se colocan
a un lado de la mesa y enseñan la mercancía. En la foto,
la señora levanta un paste. Foto EDH |
Además de garantizar un comercio justo, la institución
enseña a elaborar determinados productos, como la conserva de coco,
el pellezco de tamarindo y el chile jalapeño.
El aumento en el intercambio de productos en los cantones y, cada mes
en una feria conjunta, llevó hace unos seis meses a crear un billete,
una moneda social, como la definen, similar al cacao en nuestros
antepasados.
El billete tiene una única denominación de a uno y una equivalencia
de diez colones, pero sólo circula entre los que trocan,
es decir que carece de valor más allá de este comercio cerrado.
De hecho, cada comunidad le ha asignado un nombre al billete, según
el lugar de procedencia o el significado que le han atribuido.
Así en El Espinal le llaman Ayuda mutua; en Jiboa,
El Despertar, y los vecinos de Apulo le apodaron Luces.
Las ferias, como la última realizada el pasado viernes en la Iglesia
El Rosario, en el Parque Libertad, son propicias para el pago con esta
moneda, que controla el líder del grupo, una persona elegida entre
todos los miembros de la comunidad.
Según Rosa Gutiérrez, a los seis meses, esta moneda se oxida,
es decir, pierde parte de su valor. Cada integrante que tenga uno la
idea es que nadie los acumule, lo regresa al líder.
Si el uso de la moneda desnaturaliza, en parte, el cambio de productos,
hay otras actividades, como la que se denomina servicio por servicio,
que lo realza aún más si cabe.
Por servicios
Así, por ejemplo, don Juan José Sánchez, de la Comunidad
Jiboa, le solicita a su amigo que le ayude a cargar con un pante de leña
(manojos de leña apilados) y éste, a cambio, le ayuda a
sacar el maíz del guatal.
O, también, el cambio de un producto por un servicio. Una lavada
de ropa cuesta lo mismo que dos libras de azúcar o tres de arroz.
En ocasiones, el servicio puede ser más complicado y llevar horas
de trabajo. Es así como una obra de electricidad se cambia por
una de albañilería, aunque las personas se ponen de acuerdo
en las horas.
Diana Rodríguez abrió los ojos a esta práctica hace
medio año. Antes pensaba que su pobreza era una herencia y que
el dinero lo era todo.
Hoy, no sólo el dinero no lo es todo, sino que para
muchos vecinos de estos cantones no es nada.
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| Con la insignia Pobladores del Cantón
Jiboa, en San Rafael Cedros, ofrecen frutas y verduras de la zona.
Foto EDH |
El objetivo es que no pase hambre el otro
Con el trueque, los adultos logran descubrir sus aptitudes,
valorar lo que producen y el esfuerzo por conseguirlo.
No obstante, este juego de intercambio de productos no es exclusivo de
los mayores.
Samuel Recinos es un niño de 12 años que vive en el Cantón
Dolores Apulo, en Ilopango, San Salvador.
El pequeño cuenta que sintió curiosidad por el trueque o
trocar, como lo conocen entre ellos, cuando veía a
su tía salir cada mañana con la cesta llena de alimentos.
Un buen día quiso ser parte de este antiquísimo modo de
comerciar y acompañó a su familiar.
De esta forma, puede obtener cosas para las que no tenía
dinero para comprar, expresó el joven.
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Su primer canje lo hizo en las ferias de trueque que reúnen
a los miembros de los cuatro cantones para conocerse e intercambiar una
mayor variedad de productos.
Ese día, hace ya varios meses, llegó muy contento al encuentro
con un jabón y un detergente, dispuesto a cambiarlos a como diera
lugar.
Se colocó en la parte de la mesa que les correspondía a
su cantón y empezó a observar aquellos productos que más
le llamaban la atención.
Allí apareció una señora que ofrecía
una libra de pollo, asegura Samuel, quien añade que ya
lo veía en mi cena.
Y así fue. El negocio con la señora se prolongó por
unos segundos. Añade que la señora aceptó su oferta
con agrado.
Aunque todavía recuerda lo bien que cenó aquella noche,
Samuel es consciente de que el objetivo final del comercio de productos
es que no pase hambre el otro compañero.
Lo que todavía no tiene el joven es las luces, como
en Dolores Apulo conocen a los billetes, equivalente a diez colones, y
de uso privativo en los cantones y ferias.

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