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Trueque resurge en los cantones

Un ayote equivale a siete tomates grandes. Un moledor de frijoles de piedra vale igual que tres jabones. Pobladores intercambian hasta servicios.

Publicada 19 de enero 2004, El Diario de Hoy

Regina Miranda
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com

“Nos hemos dado cuenta de que, a pesar de nuestra pobreza, somos capaces de dar algo a los demás”, explica esta señora que se unió a otras 20 personas hace año y medio para fomentar este tipo de intercambios.

La idea milenaria se reactivó hace tres años, gracias al esfuerzo de el Centro Bartolomé de las Casas, institución que brinda asesoría a las personas, talleres de formación en economía y el rescate de la memoria histórica.

Rosa Gutiérrez, auxiliar del proyecto, asevera que el fin era “darle a los pobres un arma con qué defenderse”.

En ferias

Oferta Personas de cada cantón se colocan a un lado de la mesa y enseñan la mercancía. En la foto, la señora levanta un paste. Foto EDH

Además de garantizar un comercio justo, la institución enseña a elaborar determinados productos, como la conserva de coco, el pellezco de tamarindo y el chile jalapeño.

El aumento en el intercambio de productos en los cantones y, cada mes en una feria conjunta, llevó hace unos seis meses a crear un billete, una “moneda social”, como la definen, similar al cacao en nuestros antepasados.

El billete tiene una única denominación de a uno y una equivalencia de diez colones, pero sólo circula entre los que “trocan”, es decir que carece de valor más allá de este comercio cerrado.

De hecho, cada comunidad le ha asignado un nombre al billete, según el lugar de procedencia o el significado que le han atribuido.

Así en El Espinal le llaman “Ayuda mutua”; en Jiboa, “El Despertar”, y los vecinos de Apulo le apodaron “Luces”.
Las ferias, como la última realizada el pasado viernes en la Iglesia El Rosario, en el Parque Libertad, son propicias para el pago con esta moneda, que controla el líder del grupo, una persona elegida entre todos los miembros de la comunidad.

Según Rosa Gutiérrez, a los seis meses, esta moneda se oxida, es decir, pierde parte de su valor. Cada integrante que tenga uno —la idea es que nadie los acumule—, lo regresa al líder.

Si el uso de la moneda desnaturaliza, en parte, el cambio de productos, hay otras actividades, como la que se denomina “servicio por servicio”, que lo realza aún más si cabe.

Por servicios

Así, por ejemplo, don Juan José Sánchez, de la Comunidad Jiboa, le solicita a su amigo que le ayude a cargar con un pante de leña (manojos de leña apilados) y éste, a cambio, le ayuda a sacar el maíz del guatal.

O, también, el cambio de un producto por un servicio. Una lavada de ropa cuesta lo mismo que dos libras de azúcar o tres de arroz.

En ocasiones, el servicio puede ser más complicado y llevar horas de trabajo. Es así como una obra de electricidad se cambia por una de albañilería, aunque las personas se ponen de acuerdo en las horas.

Diana Rodríguez abrió los ojos a esta práctica hace medio año. Antes pensaba que su pobreza era una herencia y que el dinero lo era todo.

Hoy, no sólo “el dinero no lo es todo”, sino que para muchos vecinos de estos cantones “no es nada”.


Con la insignia Pobladores del Cantón Jiboa, en San Rafael Cedros, ofrecen frutas y verduras de la zona. Foto EDH

“El objetivo es que no pase hambre el otro”

Con el trueque, los adultos logran descubrir sus aptitudes, valorar lo que producen y el esfuerzo por conseguirlo.
No obstante, este juego de intercambio de productos no es exclusivo de los mayores.

Samuel Recinos es un niño de 12 años que vive en el Cantón Dolores Apulo, en Ilopango, San Salvador.

El pequeño cuenta que sintió curiosidad por el trueque o “trocar”, como lo conocen entre ellos, cuando veía a su tía salir cada mañana con la cesta llena de alimentos.

Un buen día quiso ser parte de este antiquísimo modo de comerciar y acompañó a su familiar.
“De esta forma, puede obtener cosas para las que no tenía dinero para comprar”, expresó el joven.

Su primer canje lo hizo en las ferias de trueque que reúnen a los miembros de los cuatro cantones para conocerse e intercambiar una mayor variedad de productos.

Ese día, hace ya varios meses, llegó muy contento al encuentro con un jabón y un detergente, dispuesto a cambiarlos a como diera lugar.

Se colocó en la parte de la mesa que les correspondía a su cantón y empezó a observar aquellos productos que más le llamaban la atención.

“Allí apareció una señora que ofrecía una libra de pollo”, asegura Samuel, quien añade que “ya lo veía en mi cena”.
Y así fue. El negocio con la señora se prolongó por unos segundos. Añade que la señora aceptó su oferta con agrado.

Aunque todavía recuerda lo bien que cenó aquella noche, Samuel es consciente de que el objetivo final del comercio de productos es que “no pase hambre el otro compañero”.

Lo que todavía no tiene el joven es las “luces”, como en Dolores Apulo conocen a los billetes, equivalente a diez colones, y de uso privativo en los cantones y ferias.

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