Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv
(Segunda
parte)
Expuse en mi anterior artículo cómo, según ha ido
avanzando el conocimiento del universo desde los tres primeros segundos
después del Big-Bang hasta la aparición de la vida y los
seres humanos, se ha ido haciendo más evidente y compartido entre
muchos de los astrofísicos el llamado principio antrópico
de Brandon Carter, que muestra que ese recorrido ha sido por un camino
estrecho de condiciones físicas y que salirse ligeramente de él,
por exceso o por defecto, habría hecho imposible nuestro universo
y, por lo tanto, no estaríamos aquí para contarlo.
Ese largo recorrido con su larga serie de casualidades les
lleva a muchos científicos a las puertas de creer en Dios. Así,
por ejemplo, Carlo Rubbia, premio Nóbel de Física 1984.
Cuando un periodista le preguntó por las relaciones ciencia-fe,
respondió así: Cuando observamos la naturaleza, quedamos
siempre impresionados por su belleza, su orden, su coherencia (
)
Cuando un profesional como yo vuelve a estudiar el mismo fenómeno
de forma más concreta, estos sentimientos se acentúan extraordinariamente.
Hemos descubierto una muy precisa y ordenada imagen de nuestro mundo.
Para mí está claro que esto no puede ser consecuencia de
la casualidad. No puedo creer que todos estos fenómenos, que se
unen como perfectos engranajes, puedan ser resultado de una fluctuación
estadística o una combinación del azar. Hay, evidentemente,
algo o alguien haciendo las cosas como son. Vemos los efectos de esa presencia,
pero no la presencia misma. Es este el punto en el que la ciencia se acerca
más a lo que yo llamo religión, sin que me esté refiriendo
a ninguna religión concreta.
Sin embargo, otros científicos ilustres se oponen a estas conclusiones,
pero naturalmente, cuando lo hacen se salen del campo de la ciencia física.
Los argumentos de estos científicos, ya desde la antigüedad,
son: a) Que el universo ha existido siempre. La astrofísica actual
ha demostrado que no. b) Que si se observa inteligencia, orden y perfección
en el universo no es porque la haya recibido de alguien, sino que son
propiedades suyas; es decir, eso equivale a identificar a Dios con el
Universo. Nadie puede probar nada ni a favor ni en contra de esa idea
gratuita, porque eso ya no es astrofísica. c) Más moderno
es decir que este universo es sólo uno de los otros muchos universos
posibles.
También aquí estamos fuera de la ciencia, pues lo científico
es estudiar fenómenos, lo detectable, y como no hay manera de salir
de nuestro universo, mal se podrían detectar otros posibles. Además,
cualquier teólogo les diría que si Dios es Omnipotente,
lógicamente puede crear no un universo con nuestras características,
sino otros muchos diferentes e infundir espíritu en organismos
materiales distintos a los nuestros. Pero también estamos entonces
fuera de la física. d) Otro argumento es ver el cosmos como cosa
absurda, sin sentido ni finalidad, producto de casualidades y cuyos resultados
surgen por azar. Entre los que exponen algunos de esos argumentos, el
que ha alcanzado mayor notoriedad ha sido Steven Weinberg (Nóbel
de Física 1979), para quien el cosmos conocido es sólo
una burbuja entre las muchas posibles, según algunas teorías
físicas.
En su libro Los tres primeros minutos del universo (1977),
escribe: Para los seres humanos es casi irresistible creer que tenemos
alguna relación especial con el universo, que la vida humana no
es sólo el resultado más o menos absurdo de una cadena de
accidentes que se remonta a los tres primeros minutos, sino que de algún
modo formábamos parte de él desde el comienzo. Acepta
a regañadientes los datos del principio antrópico, pero
planteando enseguida que esa secuencia de desarrollo del universo es como
si en un torneo de póquer alguien recibe una escalera real en la
primera mano, sin descartes; podría ser casualidad,
dice, aunque cualquier matemático le habría respondido que
esa probabilidad era de uno contra cien millones de cartas posibles.
Pero entonces sigue diciendo sin inmutarse: hay otra explicación:
Vamos a ver, ¿no será que el organizador del torneo es amigo
nuestro? Pero eso nos lleva al argumento de la religión.
Con lo cual reconoce que si la ciencia no puede probar la existencia o
inexistencia de Dios, sí queda claro que ese argumento es menos
absurdo que emperrarse en la serie de casualidades sin causa. Eso no le
impide a Weinberg concluir que cuanto más comprensible parece
el universo, tanto más sin sentido parece también.
En otra ocasión, sin embargo, aseguró que: El esfuerzo
por comprender el universo es una de las pocas cosas que eleva la vida
humana por sobre el nivel de la farsa y le imprime algo de la elevación
de la tragedia.
Alguien podría contestarle que por lo menos, para él, el
universo ya ha tenido un sentido: el encontrar una tarea apasionante,
una serie de éxitos bien retribuidos y una vida, según su
propia confesión, considerablemente feliz.
Albert Einstein, sin que practicara ninguna religión, decía:
Quiero saber cómo creó Dios el mundo. Quiero conocer
sus pensamientos. El resto es detalles. Y en una carta a su amigo
Maurice Solovine escribió: Te parecerá sorprendente
que considere la comprensibilidad del mundo (
) como un milagro o
un misterio eterno (
) supone por parte del mundo objetivo, un alto
grado de orden que de ningún modo estamos autorizados a esperar
a priori. En esto radica el milagro, que se torna más y más
evidente a medida que nuestros conocimientos aumentan. (
)Y aquí
está el punto débil de los positivistas y de los ateos profesionales,
que se sienten felices porque creen que no sólo se han apropiado
del mundo de lo divino, sino también del de lo milagroso.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de
Hoy.