Bajo una intensa presión de Estados Unidos, los dirigentes de
China han acordado, en principio, dejar flotar el renminbi, pero se niegan
a decir cuándo lo harán.
A medida que China liberaliza su mercado de capitales y elimina restricciones
a los movimientos de capitales internacionales, resulta inevitable una
divisa flotante; de lo contrario, China tendría que ceder el control
de su masa monetaria y sus tipos de interés a Estados Unidos.
Sin embargo, los gobernantes de China hacen bien en aplazar esa decisión.
Pueden aplazarla, pero no pueden escapar a una ley económica fundamental:
si el tipo de cambio entre las divisas de dos países es fijo y
las corrientes de capitales entre ellos no están limitadas, el
económicamente dominante ejercerá un control sobre la política
monetaria del otro.
Como el dólar es la divisa de reserva mundial y la Reserva Federal
de Estados Unidos controla la oferta de dólares estadounidenses,
mientras China se ciña a un tipo de cambio fijo, no podrá
controlar su propia masa monetaria.
La razón es sencilla. Si China intenta reducir su masa monetaria
aumentando los tipos de interés, desencadenará un aumento
correspondiente en la demanda de renminbi, pues el capital extranjero
procura sacar ventaja de los tipos de interés más altos
de los activos chinos.
Para mantener el tipo de cambio fijo, el Banco Central chino tendría
que compensar ese fenómeno aumentando la masa monetaria: lo contrario
de lo que se propone hacer en primer lugar. Asimismo, cualquier intento
de aumentar la masa monetaria reduciendo los tipos de interés fracasará,
mientras el tipo de cambio entre el renminbi y el dólar siga siendo
fijo.
¿Se trata necesariamente de un problema? Si Estados Unidos aplicara
una política de estabilidad de precios y China mantuviese su tipo
de cambio fijo con el dólar, ¿no tendría también
China una estabilidad de precios sin preocuparse de su masa monetaria,
que sería establecida, en efecto, por la Reserva Federal?
Tal vez, pero sólo si Estados Unidos aplicara, en efecto, una política
de estabilidad de precios y si la economía de China fuera lo bastante
pequeña para que sus precios internos estuviesen estrechamente
vinculados con los niveles de precios de las mercancías en el comercio
internacional, pero China es una gran economía y en el futuro será
mayor.
El conflicto actual entre China y Estados Unidos recuerda al hundimiento,
hace treinta años, del sistema de tipos de cambio fijo de Breton
Woods. Entonces el dólar era oficialmente una divisa de reserva
y Estados Unidos, económicamente dominante, podía determinar
su masa monetaria independientemente de su balanza de pagos exterior.
No se podía decir lo mismo de otros países. A medida que
los mercados de capitales y de créditos internacionales crecieron
y los europeos permitieron cada vez más que los capitales se movieran
en libertad, les resultó imposible controlar sus masas monetarias.
Mientras la política de los Estados Unidos apoyó unos precios
estables en los mercados mundiales, el sistema funcionó bien, pese
a la asimetría y al conflicto inherente por el control de la política
monetaria.
La situación cambió al final del decenio de 1960, cuando
la política monetaria de Estados Unidos -relajada por la costosa
guerra de Vietnam y los programas sociales internos-pasó a ser
inflacionista. El resto del mundo, y en particular Alemania, no tuvo otra
opción que dejar flotar sus divisas.
Los artífices del sistema de Breton Woods intentaron establecer
algunas salvaguardas contra el oportunismo unilateral que Estados Unidos
ejerció entonces. El control primordial consistía en que
los otros países podían pedir la conversión en oro
de sus reservas en aumento de dólares al precio fijo de 35 dólares
por onza.
Así lo hicieron. En el decenio posterior a 1958, casi dos terceras
partes de los dólares exteriores fueron convertidos en oro, pero
esa limitación resultó fútil. Al agotarse las reservas
de oro de Estados Unidos, el Presidente Nixon puso fin a la convertibilidad
en oro en agosto de 1971. Después del breve y fallido intento de
realineamiento de los tipos de cambio, conocido como Acuerdo del Smithsonian,
en febrero de 1973 se dejaron flotar las divisas más importantes
del mundo.
Esta historia monetaria es pertinente, porque no es más probable
en la actualidad que en el pasado que Estados Unidos acepte restricciones
internacionales de su política monetaria. La Reserva Federal no
está dispuesta a aumentar los tipos de interés ni a endurecer
los requisitos en materia de reservas para limitar el recalentamiento
económico en Shanghai.
Por eso, China y Estados Unidos van camino de una colisión, una
repetición de la crisis de Breton Woods. Si descartamos un improbable
acuerdo internacional, China, como Alemania en 1973, tendrá que
dejar flotar su divisa.
La reevaluación, resultado inevitable de la flotación del
renminbi, aumentaría el peso de la deuda denominada en renminbi,
con lo que los problemas de balance de los bancos y las empresas estatales
de China resultarían más difíciles de resolver. A
nadie interesa precipitar una crisis financiera en China.
Para evitar la crisis, China debe poner freno al crecimiento excesivo
del crédito y el recalentamiento de él resultante. Aunque
perderá con el tiempo su capacidad para controlar la masa de renminbi,
como los controles de capitales siguen vigentes, China -a diferencia del
Gobierno de Alemania a comienzos del decenio de 1970-puede seguir controlando
la oferta de crédito y las entradas de capital extranjero.
Copyright: Project Syndicate.
*Enseña economía internacional en las universidades de Stanford,
Yale, Nueva York y Helsinki.