MONTERREY. La Cumbre de las Américas, la Extraordi-naria Cumbre
de las Américas, como se le llamó oficialmente, vino y se
fue. Un día, hubo 30 jefes de Estado, cientos de asesores de todo
tipo y casi la misma cantidad de miembros de la prensa reunidos en el
marco de las distintivas montañas de esta ciudad.
Luego, casi tan rápidamente, desaparecieron, regresaron a sus casas
y dejaron atrás la impresión de que una cumbre convocada
para ser extraordinaria terminó siendo sólo ordinaria.
Esta no es la primera cumbre a la que asisto, pero ahora estoy pensando
en que debiera ser la última. Tal vez si mis colegas y yo no hubiéramos
asistido en masa, con nuestras cámaras, micrófonos y libretas
de apuntes, los líderes electos de las Américas, animales
políticos por naturaleza, habrían estado menos preocupados
acerca de sus aspiraciones personales y más enfocados en las posibilidades
que tuvieron aquí a su disposición.
¿De qué otra manera explicar que el Presidente Carlos D.
Mesa, de Bolivia, escogiera la cumbre para revivir una disputa de 120
años por una salida al Pacífico? ¿O qué obligaba
al Presidente Néstor C. Kirchner, de Argentina, a usar la cumbre
como tribuna para proclamar por enésima vez que pagar la deuda
de su país a acreedores privados equivalía a más
pobreza y disturbios internos? ¿Por qué otra razón
el Presidente Bush habría usado la cumbre extraordinaria para arremeter
contra Cuba?
Por lo mismo, si no hubiera sido porque los ojos del mundo estaban mirándolos
a través de la prensa, ¿por qué estos líderes
habrían de mostrarse tan decididos a presentar el rostro diplomáticamente
sonriente de armonía regional, encubriendo así los problemas
que, de hecho, les condujeron a llevar a cabo esta nueva reunión,
en vez de asumir la tarea menos elegante de discutirlos de frente?
Esta cumbre -junto con sus tradicionales discursos y oportunidades fotográficas-fue
sólo una más. Para las Américas, en cambio, éste
no es cualquier momento. La últimas de estas reuniones fue en Québec,
hace tres años. Pero eso fue antes de que el terrorismo cambiara
al mundo. Antes de que las reformas económicas impulsadas por Estados
Unidos se convirtieran en una amenaza tal para líderes regionales.
Antes de que Washington, imprudente y temerariamente, presionara a las
frágiles democracias de la región a callarse y mantener
el mismo curso.
Ideas ambiciosas y elevadas se han ido consolidando desde que empezaron
las cumbres hace casi una década. Tal es el caso del proyecto de
un Área de Libre Comercio de la Américas (ALCA) y del compromiso
de excluir regímenes no democráticos de los beneficios de
estas reuniones hemisféricas. También ha ofrecido a los
líderes excelentes oportunidades de conocerse cara a cara.
Pero si Monterrey puso algo en evidencia es que estas cumbres son una
buena idea que requiere cristalizarse mejor. Curiosamente, fue el Presidente
Ricardo Lagos, el líder del próspero y estable Chile, quien
inauguró la cumbre con la advertencia de que el hemisferio necesita
establecer mecanismos adecuados para permitir un diálogo
concreto entre los líderes.
En una entrevista, Lagos elogió las ventajas de organizaciones
como la OTAN, que proveen un espacio permanente para que líderes
y sus más altos funcionarios puedan airear sus puntos de vista
regularmente y discutir directa y francamente sus acuerdos y desacuerdos.
Otros diplomáticos y antiguos presidentes desearon ver reuniones
más informales y rutinarias como las que ocurren en Europa, o el
tipo de retiros de líderes, sin asesores y sin prensa, del Mecanismo
de Cooperación Económica Asia-Pacífico.
La tendencia mundial, según varios diplomáticos, es hacia
cumbres que sean menos protocolarias y más conducentes a un diálogo
abierto. Miguel Ruiz Cabañas, el embajador mexicano ante la Organización
de Estados Americanos, destacó que las cumbres del G-8, por ejemplo,
ya no emiten comunicados finales, y por buena razón.
Tales documentos requieren consenso de todos los participantes, lo que
tiende a llevar la discusión al mínimo común denominador.
Cualquiera que haya visto a Ruiz y a otros en Monterrey, ocupando su tiempo
en maniobras diplomáticas para redactar la resolución final,
coincidirían en que ese tiempo y energía pudieron haberse
gastado mejor.
Tomemos el ALCA. Hace diez años la idea de terminar las negociaciones
y empezar un tratado hemisférico de libre comercio parecía
una cosa segura para 2005. Hoy Washington está prácticamente
solo en la creencia de que eso es factible. A medida que avanzó
la década, se atravesaron en el camino muchas de las serias y legítimas
preocupaciones que inspiraron esta cumbre. Pero aun así, lo que
tomó más tiempo a los negociadores de la resolución
fue resolver si 2005 sería mencionado como el plazo
para llegar al ALCA.
La gente de las Américas merece algo mejor. Si el hemisferio está
destinado a acercarse, en vez de apartarse cada vez más, sus líderes
no debieran desperdiciar nunca otra oportunidad para una discusión
más sincera y profunda, y debieran dejar en casa la tentación
de usar la reunión como una tribuna personal.
*Columnista del Washington Post.