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Desde Washington
Nada nuevo en la Cumbre de Monterrey

La tendencia mundial, según varios diplomáticos, es hacia cumbres que sean menos protocolarias y más conducentes a un diálogo abierto

Publicada 16 de enero 2004, El Diario de Hoy

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

marvingaleas@yahoo.com

MONTERREY. La Cumbre de las Américas, la Extraordi-naria Cumbre de las Américas, como se le llamó oficialmente, vino y se fue. Un día, hubo 30 jefes de Estado, cientos de asesores de todo tipo y casi la misma cantidad de miembros de la prensa reunidos en el marco de las distintivas montañas de esta ciudad.

Luego, casi tan rápidamente, desaparecieron, regresaron a sus casas y dejaron atrás la impresión de que una cumbre convocada para ser extraordinaria terminó siendo sólo ordinaria.

Esta no es la primera cumbre a la que asisto, pero ahora estoy pensando en que debiera ser la última. Tal vez si mis colegas y yo no hubiéramos asistido en masa, con nuestras cámaras, micrófonos y libretas de apuntes, los líderes electos de las Américas, animales políticos por naturaleza, habrían estado menos preocupados acerca de sus aspiraciones personales y más enfocados en las posibilidades que tuvieron aquí a su disposición.

¿De qué otra manera explicar que el Presidente Carlos D. Mesa, de Bolivia, escogiera la cumbre para revivir una disputa de 120 años por una salida al Pacífico? ¿O qué obligaba al Presidente Néstor C. Kirchner, de Argentina, a usar la cumbre como tribuna para proclamar por enésima vez que pagar la deuda de su país a acreedores privados equivalía a más pobreza y disturbios internos? ¿Por qué otra razón el Presidente Bush habría usado la cumbre extraordinaria para arremeter contra Cuba?

Por lo mismo, si no hubiera sido porque los ojos del mundo estaban mirándolos a través de la prensa, ¿por qué estos líderes habrían de mostrarse tan decididos a presentar el rostro diplomáticamente sonriente de armonía regional, encubriendo así los problemas que, de hecho, les condujeron a llevar a cabo esta nueva reunión, en vez de asumir la tarea menos elegante de discutirlos de frente?

Esta cumbre -junto con sus tradicionales discursos y oportunidades fotográficas-fue sólo una más. Para las Américas, en cambio, éste no es cualquier momento. La últimas de estas reuniones fue en Québec, hace tres años. Pero eso fue antes de que el terrorismo cambiara al mundo. Antes de que las reformas económicas impulsadas por Estados Unidos se convirtieran en una amenaza tal para líderes regionales. Antes de que Washington, imprudente y temerariamente, presionara a las frágiles democracias de la región a callarse y mantener el mismo curso.

Ideas ambiciosas y elevadas se han ido consolidando desde que empezaron las cumbres hace casi una década. Tal es el caso del proyecto de un Área de Libre Comercio de la Américas (ALCA) y del compromiso de excluir regímenes no democráticos de los beneficios de estas reuniones hemisféricas. También ha ofrecido a los líderes excelentes oportunidades de conocerse cara a cara.

Pero si Monterrey puso algo en evidencia es que estas cumbres son una buena idea que requiere cristalizarse mejor. Curiosamente, fue el Presidente Ricardo Lagos, el líder del próspero y estable Chile, quien inauguró la cumbre con la advertencia de que el hemisferio necesita “establecer mecanismos adecuados” para permitir “un diálogo concreto” entre los líderes.

En una entrevista, Lagos elogió las ventajas de organizaciones como la OTAN, que proveen un espacio permanente para que líderes y sus más altos funcionarios puedan airear sus puntos de vista regularmente y discutir directa y francamente sus acuerdos y desacuerdos. Otros diplomáticos y antiguos presidentes desearon ver reuniones más informales y rutinarias como las que ocurren en Europa, o el tipo de retiros de líderes, sin asesores y sin prensa, del Mecanismo de Cooperación Económica Asia-Pacífico.

La tendencia mundial, según varios diplomáticos, es hacia cumbres que sean menos protocolarias y más conducentes a un diálogo abierto. Miguel Ruiz Cabañas, el embajador mexicano ante la Organización de Estados Americanos, destacó que las cumbres del G-8, por ejemplo, ya no emiten comunicados finales, y por buena razón.

Tales documentos requieren consenso de todos los participantes, lo que tiende a llevar la discusión al mínimo común denominador. Cualquiera que haya visto a Ruiz y a otros en Monterrey, ocupando su tiempo en maniobras diplomáticas para redactar la resolución final, coincidirían en que ese tiempo y energía pudieron haberse gastado mejor.

Tomemos el ALCA. Hace diez años la idea de terminar las negociaciones y empezar un tratado hemisférico de libre comercio parecía una cosa segura para 2005. Hoy Washington está prácticamente solo en la creencia de que eso es factible. A medida que avanzó la década, se atravesaron en el camino muchas de las serias y legítimas preocupaciones que inspiraron esta cumbre. Pero aun así, lo que tomó más tiempo a los negociadores de la resolución fue resolver si “2005” sería mencionado como el plazo para llegar al ALCA.

La gente de las Américas merece algo mejor. Si el hemisferio está destinado a acercarse, en vez de apartarse cada vez más, sus líderes no debieran desperdiciar nunca otra oportunidad para una discusión más sincera y profunda, y debieran dejar en casa la tentación de usar la reunión como una tribuna personal.

*Columnista del Washington Post.

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