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La nota del día
Maravillosa bebida la dorada cerveza

Muchos modestos salvadoreños se maravillan de que en las cervecerías se toque “música selecta”

Publicada 16 de enero 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Hay que decirlo: todo joven sano, con su toque de mundo y “joie de vivre” que haya estudiado en universidades alemanas, disfruta con fruición la sabrosísima cerveza de ese país.

Y no sólo la dorada cerveza, sino que también las grandes marcas europeas que pudo conocer: Stella Artois, Carlsberg, Mahu, Kronenburg, Gossen, Peroni. Y la que se reputa la emperatriz entre ellas, la Bitburger checa, durante años la mayor y más querida exportación de ese país que no tenía otra cosa que vender al mundo.

Por si no lo saben, los infortunados checos pasaron medio siglo de comunistas, y al ser comunistas eran pobres como ratas.

 La cerveza se puede beber sola o con todo. O más bien, se puede comer cualquier cosa y tener pretexto para tomar cerveza, como están forzados a hacer los suecos: las leyes en Escandinavia ordenan que a nadie se le puedan dispensar bebidas alcohólicas, a menos que coma algo. Y de allí que hay alegres conversaciones alrededor de mesas con vasos vacíos y platos llenos. Y pese a esas leyes, o más bien debido a ellas, es que en ninguna otra parte de Europa se ven tantos borrachos en las calles como en Finlandia, Suecia y Noruega.

Más de la mitad de todas las cervecerías alemanas se concentra en Baviera. No hay pueblecito sin su cervecería, ni cervecería que no elabore las variantes más populares de la bebida: oscura, muy oscura, rubia, morena, blanca (weissbier), de primavera, otoñal, para fiestas especiales.

Un complejo mercadeo (cervecerías financiando desde restaurantes hasta salas de fiesta) permite que sobrevivan las pequeñas cervecerías, pero por otra parte la gente puede comprar su cerveza ya sea en las tiendas y de cualquier marca, o enviar al niño con la jarra familiar a que la llenen en la taverna más cercana. ¡La rica cerveza de barril! Las familias modestas tienen o tenían la costumbre de sentarse en la cocina de la casa (que era al mismo tiempo comedor, salón, cocina y hasta el sitio donde se colocaba la tina y se bañaban unas cuantas veces al año) con la gran jarra de un litro al centro. Y de esa jarra bebían papá y mamá, dejando a “die Kinder” echarse un ocasional sorbito.

¡Qué maravilla son, hay que recalcarlo, las grandes cervecerías de Munich! En una de ellas, pudo haber sido la Paulaner, Hitler, el nacional-socialista, intentó dar un golpe de Estado. En esas cervecerías, desde hace más de siglo y medio, la gente se reúne, se medio embriaga, canta, come salchichas y pretzels y conversa con los forasteros. Muchos modestos salvadoreños se maravillan de que en las cervecerías se toque “música selecta”, que no son más que canciones populares interpretadas con sonoros instrumentos de viento.

Pero los estudiantes rápidamente descubren una terrible realidad: tomar cerveza durante el día sólo invita a echarse una siesta recuperadora. Es una tortura después de beber medio litro de dunkel, asistir a una conferencia sobre “Kant`s Aesthetik in ihrer Entwicklung”, o lecciones de geometría analítica en espacios de n-dimensiones. Las bebidas alcohólicas, aun las moderadas, no cuadran con el trabajo intelectual, aunque numerosos albañiles, mecánicos y obreros manuales toman sus cañitas de cerveza a lo largo de sus jornadas laborales. En Alemania y toda Europa.

 

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