CHICAGO, EE.UU.
AP.-
El Diario de Hoy
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Si buscaba la oportunidad de revelar su secreto apremiante, éste
era el mejor momento, supuso la jovencita de 14 años.
Estaba junto a sus amigas quedándose a dormir en casa de una de
ellas para celebrar un cumpleaños. A solas, las niñas se
sentaron en círculo y hablaron durante horas. La promesa era que
lo que se ventilase se quedaría allí.
Una de las niñas manifestó el temor de que sus padres estuvieran
a punto de divorciarse. Otra expresó las presiones que siente por
tener que seguir el ejemplo de su hermano.
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| De pequeña le decían que tenía
una especie de enfermedad, algo malo en la sangre, pero jamás
le contaban la verdad. Foto AP |
Y le llegó el turno a la niña. Hubo un momento de silencio,
y luego habló. Finalmente reveló el secreto que había
mantenido durante años: Tengo el virus del HIV (Síndrome
de Inmuno-Deficiencia Adquirida, sida).
Hasta entonces, sus amigas la conocían como la compañera
de buen talante, una chica aplicada en la escuela con rasgos de humor
sarcástico que bien podía utilizar palabras que sus amigas
no sabían lo que significaban o tratarlas de colegas.
La conocían por su afición a escribir cuentos o por concentrarse
durante horas para leer un libro de Harry Potter o ciencia ficción.
También la conocían, hasta ese día, como la niña
que hacía pasar vergüenza a sus amigas vistiendo ropas estrafalarias
o cantando en voz alta mientras caminaban juntas por los corredores de
la escuela.
Ahora sus amigas se enteraron de algo más: que había nacido
con el virus del sida.
Tarea complicada
La muchachita forma parte de una legión de personas que hoy están
entrando en la adolescencia y que nacieron con el virus. Gracias a los
avances de la medicina, estos jóvenes han logrado sobrevivir al
virus y han superado tenazmente las predicciones de sus expectativas de
vida.
Con la infancia a punto de quedar en el pasado, estos jóvenes comienzan
a ser conscientes de que deben comunicarles a sus amigos, o parejas, que
son portadores del virus. Y no es tarea fácil.
Es una tarea complicada y espeluznante que no deberíamos
esperar que ellos manejen por sí solos, dice Erin Leonard,
un trabajador social que presta ayuda a los adolescentes que padecen el
mal en el Hospital de Niños de Chicago.
Entre sus clientes está la niña que reveló el secreto
a sus amigas hace dos años. The Associated Press logró acceder
a la niña gracias a sus médicos y a Leonard. Ella, su familia
y sus amigos hablaron bajo condición de anonimato.
La niña está muy contenta de haberles contado el secreto
a sus amigas, que parecieron tomarse la noticia con calma.
Estaba preocupada de cómo iban a reaccionar. Pero todo salió
bien, dijo.
Haberlo podido decir fue un alivio para ella, en cierta forma. Es la misma
niña que tuvo que dejar de tomar sus medicamentos durante dos semanas,
cuando fue a un campamento de verano, para que no le hicieran preguntas.
Para proteger su privacidad y evitar ser molestada o discriminada, ella
y sus padres no han querido revelar su situación a los profesores
de la escuela. Según expertos legales, la ley de Illinois requiere
que los funcionarios de salud pública, y no la familia, le informen
al colegio solamente en el caso en que desarrolle el virus del sida.
Por el momento tampoco se lo ha dicho a su novio.
Cuando se lo diga, quiero que sepa que es una persona especial por
habérselo dicho, dijo la niña. Pero tengo miedo
a decírselo, porque temo que cada vez que nos besemos exclame ¡Oh,
Dios mío!.
De madre a hija
La niña nació con el virus porque su madre lo portaba. La
madre lo contrajo de un novio que había tenido antes de casarse.
Tardaron unos años en saber que la niña portaba el virus.
Ese día fue el más devastador de mi vida, explica
la madre.
Yo lo contraje por las decisiones que tomé. En cambio ella
no tuvo ninguna opción, se lamentó.
De pequeña le decían que tenía una especie de enfermedad,
algo malo en la sangre, pero jamás le contaban la verdad.
No obstante en 1997, dos años después que se divorciaron
sus padres, cuando ella tenía 5 años, se lo dijeron.
Le dieron unas reglas a seguir. Si sangras, asegúrate de
que la persona que te ayude tenga guantes, le dijo su mamá.
Y no tienes que preocuparte de darle besos a tu padre o abrazar
a tus amigas.
No obstante, conforme fue creciendo, la dura realidad de portar el virus
se fue asentando en la niña: tratar de ocultar el secreto, vivir
con el miedo de ser rechazada, no poder tener relaciones con los novios.
Me hace sentir furiosa, es como si no tuviera control de mi vida,
dijo la niña, quien considera injusto que la gente que no entienda
cómo contrajo el virus la pueda tildar de liviana.
La niña mantiene la esperanza de sobrevivir, como lo ha hecho hasta
el momento, y no descarta que cuando tenga 25 ya se haya encontrado con
una cura. Quién sabe, conjetura.