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Vivir con el virus del Sida a los 14 años

De pequeña le decían que tenía una especie de enfermedad, algo malo en la sangre, pero jamás le contaban la verdad

Publicada 9 de enero 2004, El Diario de Hoy



CHICAGO, EE.UU.
AP.-
El Diario de Hoy

internacional@elsalvador.com

Si buscaba la oportunidad de revelar su secreto apremiante, éste era el mejor momento, supuso la jovencita de 14 años.

Estaba junto a sus amigas quedándose a dormir en casa de una de ellas para celebrar un cumpleaños. A solas, las niñas se sentaron en círculo y hablaron durante horas. La promesa era que lo que se ventilase “se quedaría allí”.

Una de las niñas manifestó el temor de que sus padres estuvieran a punto de divorciarse. Otra expresó las presiones que siente por tener que seguir el ejemplo de su hermano.

De pequeña le decían que tenía una especie de enfermedad, algo malo en la sangre, pero jamás le contaban la verdad. Foto AP

Y le llegó el turno a la niña. Hubo un momento de silencio, y luego habló. Finalmente reveló el secreto que había mantenido durante años: “Tengo el virus del HIV (Síndrome de Inmuno-Deficiencia Adquirida, sida)”.

Hasta entonces, sus amigas la conocían como la compañera de buen talante, una chica aplicada en la escuela con rasgos de humor sarcástico que bien podía utilizar palabras que sus amigas no sabían lo que significaban o tratarlas de “colegas”.

La conocían por su afición a escribir cuentos o por concentrarse durante horas para leer un libro de Harry Potter o ciencia ficción. También la conocían, hasta ese día, como la niña que hacía pasar vergüenza a sus amigas vistiendo ropas estrafalarias o cantando en voz alta mientras caminaban juntas por los corredores de la escuela.
Ahora sus amigas se enteraron de algo más: que había nacido con el virus del sida.

Tarea complicada

La muchachita forma parte de una legión de personas que hoy están entrando en la adolescencia y que nacieron con el virus. Gracias a los avances de la medicina, estos jóvenes han logrado sobrevivir al virus y han superado tenazmente las predicciones de sus expectativas de vida.

Con la infancia a punto de quedar en el pasado, estos jóvenes comienzan a ser conscientes de que deben comunicarles a sus amigos, o parejas, que son portadores del virus. Y no es tarea fácil.

“Es una tarea complicada y espeluznante que no deberíamos esperar que ellos manejen por sí solos”, dice Erin Leonard, un trabajador social que presta ayuda a los adolescentes que padecen el mal en el Hospital de Niños de Chicago.
Entre sus clientes está la niña que reveló el secreto a sus amigas hace dos años. The Associated Press logró acceder a la niña gracias a sus médicos y a Leonard. Ella, su familia y sus amigos hablaron bajo condición de anonimato.

La niña está muy contenta de haberles contado el secreto a sus amigas, que parecieron tomarse la noticia con calma.
“Estaba preocupada de cómo iban a reaccionar. Pero todo salió bien”, dijo.

Haberlo podido decir fue un alivio para ella, en cierta forma. Es la misma niña que tuvo que dejar de tomar sus medicamentos durante dos semanas, cuando fue a un campamento de verano, para que no le hicieran preguntas.

Para proteger su privacidad y evitar ser molestada o discriminada, ella y sus padres no han querido revelar su situación a los profesores de la escuela. Según expertos legales, la ley de Illinois requiere que los funcionarios de salud pública, y no la familia, le informen al colegio solamente en el caso en que desarrolle el virus del sida.

Por el momento tampoco se lo ha dicho a su novio.


“Cuando se lo diga, quiero que sepa que es una persona especial por habérselo dicho”, dijo la niña. “Pero tengo miedo a decírselo, porque temo que cada vez que nos besemos exclame ‘¡Oh, Dios mío!’”.
De madre a hija
La niña nació con el virus porque su madre lo portaba. La madre lo contrajo de un novio que había tenido antes de casarse. Tardaron unos años en saber que la niña portaba el virus.

Ese día fue “el más devastador de mi vida”, explica la madre.
“Yo lo contraje por las decisiones que tomé. En cambio ella no tuvo ninguna opción”, se lamentó.
De pequeña le decían que tenía una especie de enfermedad, algo malo en la sangre, pero jamás le contaban la verdad.

No obstante en 1997, dos años después que se divorciaron sus padres, cuando ella tenía 5 años, se lo dijeron.
Le dieron unas reglas a seguir. “Si sangras, asegúrate de que la persona que te ayude tenga guantes”, le dijo su mamá. “Y no tienes que preocuparte de darle besos a tu padre o abrazar a tus amigas”.

No obstante, conforme fue creciendo, la dura realidad de portar el virus se fue asentando en la niña: tratar de ocultar el secreto, vivir con el miedo de ser rechazada, no poder tener relaciones con los novios.
“Me hace sentir furiosa, es como si no tuviera control de mi vida”, dijo la niña, quien considera injusto que la gente que no entienda cómo contrajo el virus la pueda tildar de “liviana”.

La niña mantiene la esperanza de sobrevivir, como lo ha hecho hasta el momento, y no descarta que cuando tenga 25 ya se haya encontrado con una cura. “Quién sabe”, conjetura.

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