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Meditando
Una sociedad sexualmente desequilibrada

La sexualidad es una fuerza muy potente, y lo que decidimos hacer con ella afecta no sólo nuestras propias vidas, sino también las de otras personas

Publicada 9 de enero 2004, El Diario de Hoy

Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Tal vez, sólo tal vez, estemos comenzando a sospechar que se nos ha vendido una cantidad de mercancías baratas en lo que a sexo se refiere.

Tal vez estemos comenzando a preguntarnos si la así llamada revolución sexual fue en realidad una ola de liberación, como se la dio a conocer, o una trampa que nos ha conducido a un terrible desastre.

Tal vez los íconos sexuales de nuestra cultura, desde Alfred Kinsey, Masters y Johnson, Hugh Hefner hasta Sheri Hite, Madonna y la doctora Ruth, no tengan todas las respuestas.

Tal vez, después de todo, haya algo más respecto a la satisfacción sexual que la lujuria desenfrenada, la técnica fríamente perfeccionada y el hecho de evitar una enfermedad mortal.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Chicago publicó un esperado estudio científico titulado: “El sexo en Estados Unidos”, cuyos resultados fueron sorprendentes, fundamentalmente por su liviandad. Mientras que los estudios Kinsey de fines de la década de 1940 provocaron algo así como un escándalo nacional, el estudio de Chicago apenas generó una actitud colectiva de asombro.

Dicho estudio revelaba que los estadounidenses, en su mayoría, sostenían ser monógamos, que las parejas casadas decían tener relaciones sexuales con mayor frecuencia que las solteras y que la homosexualidad no es tan significativa en nuestra sociedad como se nos ha hecho creer. Otros datos recogidos indicaban que las parejas que se consideraban religiosas o que decían pertenecer a una Iglesia eran tan “sexuales” como las demás, ¡y que las mujeres casadas que informaban del mayor grado de satisfacción sexual eran protestantes conservadoras!

Además, más de la mitad de los entrevistados concordaba en que sus creencias religiosas habían guiado su comportamiento sexual. Estos resultados indican que nos estamos apartando de la tendencia de separar el sexo de la vida en general, ¡y esa es una buena noticia! Lejos de ser un acto aislado equivalente a un estornudo, el acto sexual es una de las experiencias más íntimas, modificadoras, más profundas y hondamente espirituales de la vida disponibles para el hombre. Es la sensación más elevada que nuestro cuerpo puede experimentar.

La sexualidad es una fuerza muy potente, y lo que decidimos hacer con ella afecta no sólo nuestras propias vidas, sino también las de otras personas. En realidad, nuestra visión colectiva del sexo puede predecir el destino de nuestra sociedad.

El académico J.D. Unwin escribió hace unos años en “Sex and culture” (El sexo y la cultura): “No existe ningún caso en los registros de la vida humana en que una sociedad retenga su energía luego de que toda una nueva generación haya heredado una tradición que no insiste en la continencia prenupcial o postnupcial”. En otras palabras, las sociedades que no le dan valor alguno a la castidad prenupcial ni a la fidelidad conyugal, simplemente, no prosperarán.

Unwin estudió cientos de años de historia y llegó a la conclusión de que la salud y la longevidad de las naciones tenía una relación directa con el valor que le daban a la pureza sexual. Las sociedades cuyos principios sexuales eran firmes fueron las que prevalecieron, mientras que las que tenían principios sexuales débiles ya no existen. ¿Puede ser esto a lo que aludía Salomón, el antiguo rey de Israel, cuando hablaba de la “ruina total” que les esperaba a aquellos que no cumplieran con los mandamientos de Dios en este aspecto ( Prov. 5:14)?

¡Imagínese! La historia antigua y los estudios modernos confirman lo que Dios siempre ha dicho: Que la sexualidad es un don multifacético de profunda importancia, y que la castidad o el matrimonio duradero es el entorno más seguro y más rico para expresarla. Eso es relación sexual pura, sin ninguna contradicción en adulterar, es lo que Dios quiso para nosotros desde el principio. Si hacemos del “acto sexual seguro” nuestra primera prioridad, no alcanzaremos la maravillosa experiencia sexual que Dios tiene en mente para nosotros como sus hijos. El desea mucho más que eso para usted y para mí.

El ocuparse del sexo con mucha diligencia permite que el que tal cosa hace pueda convertirse en un obsesivo sexual, lo cual es un hábito que cuesta mucho corregir, aun cuando nuestra capacitad sexual disminuye, nuestra mente sigue sexualmente activa y casi todo se mide y se aprecia desde la perspectiva de una posibilidad de una relación sexual. Su entorno y pensamiento continuo es de ver si las personas a su alrededor podrían aceptar la misma posibilidad, aunque ésta fuese mínima por las circunstancias en que se está dando.

¿Cómo corregir una obsesión sexual? Solo es muy difícil, pero si dejamos que el Señor Jesús controle nuestras vidas en una forma total se vuelve fácil. Recibe hoy a Jesús como tu Único y Suficiente Salvador personal.

*Pastor.

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