Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Tal
vez, sólo tal vez, estemos comenzando a sospechar que se nos ha
vendido una cantidad de mercancías baratas en lo que a sexo se
refiere.
Tal vez estemos comenzando a preguntarnos si la así llamada revolución
sexual fue en realidad una ola de liberación, como se la dio a
conocer, o una trampa que nos ha conducido a un terrible desastre.
Tal vez los íconos sexuales de nuestra cultura, desde Alfred Kinsey,
Masters y Johnson, Hugh Hefner hasta Sheri Hite, Madonna y la doctora
Ruth, no tengan todas las respuestas.
Tal vez, después de todo, haya algo más respecto a la satisfacción
sexual que la lujuria desenfrenada, la técnica fríamente
perfeccionada y el hecho de evitar una enfermedad mortal.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Chicago publicó
un esperado estudio científico titulado: El sexo en Estados
Unidos, cuyos resultados fueron sorprendentes, fundamentalmente
por su liviandad. Mientras que los estudios Kinsey de fines de la década
de 1940 provocaron algo así como un escándalo nacional,
el estudio de Chicago apenas generó una actitud colectiva de asombro.
Dicho estudio revelaba que los estadounidenses, en su mayoría,
sostenían ser monógamos, que las parejas casadas decían
tener relaciones sexuales con mayor frecuencia que las solteras y que
la homosexualidad no es tan significativa en nuestra sociedad como se
nos ha hecho creer. Otros datos recogidos indicaban que las parejas que
se consideraban religiosas o que decían pertenecer a una Iglesia
eran tan sexuales como las demás, ¡y que las
mujeres casadas que informaban del mayor grado de satisfacción
sexual eran protestantes conservadoras!
Además, más de la mitad de los entrevistados concordaba
en que sus creencias religiosas habían guiado su comportamiento
sexual. Estos resultados indican que nos estamos apartando de la tendencia
de separar el sexo de la vida en general, ¡y esa es una buena noticia!
Lejos de ser un acto aislado equivalente a un estornudo, el acto sexual
es una de las experiencias más íntimas, modificadoras, más
profundas y hondamente espirituales de la vida disponibles para el hombre.
Es la sensación más elevada que nuestro cuerpo puede experimentar.
La sexualidad es una fuerza muy potente, y lo que decidimos hacer con
ella afecta no sólo nuestras propias vidas, sino también
las de otras personas. En realidad, nuestra visión colectiva del
sexo puede predecir el destino de nuestra sociedad.
El académico J.D. Unwin escribió hace unos años en
Sex and culture (El sexo y la cultura): No existe ningún
caso en los registros de la vida humana en que una sociedad retenga su
energía luego de que toda una nueva generación haya heredado
una tradición que no insiste en la continencia prenupcial o postnupcial.
En otras palabras, las sociedades que no le dan valor alguno a la castidad
prenupcial ni a la fidelidad conyugal, simplemente, no prosperarán.
Unwin estudió cientos de años de historia y llegó
a la conclusión de que la salud y la longevidad de las naciones
tenía una relación directa con el valor que le daban a la
pureza sexual. Las sociedades cuyos principios sexuales eran firmes fueron
las que prevalecieron, mientras que las que tenían principios sexuales
débiles ya no existen. ¿Puede ser esto a lo que aludía
Salomón, el antiguo rey de Israel, cuando hablaba de la ruina
total que les esperaba a aquellos que no cumplieran con los mandamientos
de Dios en este aspecto ( Prov. 5:14)?
¡Imagínese! La historia antigua y los estudios modernos confirman
lo que Dios siempre ha dicho: Que la sexualidad es un don multifacético
de profunda importancia, y que la castidad o el matrimonio duradero es
el entorno más seguro y más rico para expresarla. Eso es
relación sexual pura, sin ninguna contradicción en adulterar,
es lo que Dios quiso para nosotros desde el principio. Si hacemos del
acto sexual seguro nuestra primera prioridad, no alcanzaremos
la maravillosa experiencia sexual que Dios tiene en mente para nosotros
como sus hijos. El desea mucho más que eso para usted y para mí.
El ocuparse del sexo con mucha diligencia permite que el que tal cosa
hace pueda convertirse en un obsesivo sexual, lo cual es un hábito
que cuesta mucho corregir, aun cuando nuestra capacitad sexual disminuye,
nuestra mente sigue sexualmente activa y casi todo se mide y se aprecia
desde la perspectiva de una posibilidad de una relación sexual.
Su entorno y pensamiento continuo es de ver si las personas a su alrededor
podrían aceptar la misma posibilidad, aunque ésta fuese
mínima por las circunstancias en que se está dando.
¿Cómo corregir una obsesión sexual? Solo es muy difícil,
pero si dejamos que el Señor Jesús controle nuestras vidas
en una forma total se vuelve fácil. Recibe hoy a Jesús como
tu Único y Suficiente Salvador personal.
*Pastor.