Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo.com
La
leyenda cuenta que el Señor de los Relojes provenía de una
familia que, hace algunos siglos, perteneció a una de las más
temibles familias del sur de Italia.
Otros aseguran que su origen venía de una familia de la isla de
Malta y que uno de sus miembros, del cual el Señor de los Relojes
era descendiente directo, fue el septuagésimo quinto Gran Maestre
de la Soberana, Militar y Hospitalaria Orden de San Juan de Jerusalén
de Rodas y de Malta.
Lo cierto es que los ascendientes del Señor de los Relojes llegaron
a Venezuela y fundaron allá una estirpe incierta y movediza que,
después de mucho bregar, emigró hacia el sur de Honduras.
Un pequeño grupo se desprendió y penetró a El Salvador,
donde se establecieron, hasta nuestros días, en el norte de San
Miguel. Nunca fueron muchos. Sólo unos cuantos centenares llevan
el apellido.
El Señor de los Relojes era el hijo mayor de una de las más
hermosas mujeres del clan. Nació en 1935, piel blanca, ojos negros,
nariz recta, mentón pronunciado y gran musculatura. Los primeros
años se las pasó nadando en las aguas del Tenco y el Achotillo
y corriendo a pie o a caballo por las polvosas calles del pueblo o por
las praderas de las haciendas de Santa Rita y Tangolona.
Nunca fue a la escuela, pero aprendió a leer y escribir por su
propio forro. Dueño de una hermosa caligrafía, fue nombrado,
a sus diez años, escribiente de la Alcaldía Municipal, donde,
con semblante serio y pantalones cortos, despachaba asuntos de nacimientos,
defunciones y hasta litigios de terrenos.
Cuando llegó al pueblo, el milagro de la telegrafía, el
Señor de los Relojes, fascinado, abandonó los folios de
la alcaldía y se metió a aprender los secretos de la comunicación
a punta de golpecitos rítmicos. A los trece años dominaba
como un viejo marino la clave de Morse. No había cumplido los 19
cuando fue trasladado a otro pueblo del oriente, con el cargo de jefe
de la oficina de Telégrafos.
Alto, blanco, fuerte, de ademanes viriles, enigmática sonrisa,
el recién llegado levantaba polvo entre el mujeral. Romances, los
tuvo por montón. Pero fue la niña de la tienda de don Juan,
la del cabellito castaño, ojos color miel, pecas y mirada atónita
la que capturó su corazón. La niña, que apenas terminaba
la primaria, le correspondió. Le mandaba papelitos de enamorada
con dibujitos de pajaritos y corazones flechados. Por fin, después
de dos años de amores semiocultos, se casaron en medio de la sorpresa
y un poco de escándalo.
Él tenía 21, ella recién había cumplido los
15. Fue por esos años que adquirió la manía de comprar
relojes por montones. Los tenía de todo tipo. Más que coleccionarlos,
lo que le encantaba era regalarlos en fechas especiales a parientes, amigos
y conocidos.
El Señor de los Relojes y la de los ojos miel se radicaron en la
capital. Nacieron los hijos: tres varones. Fueron tiempos de negocios,
boleros, lucha libre y fútbol. Un buen día el Señor
de los Relojes se presentó ante el ministro de Educación
y le solicitó permiso para iniciar estudios superiores de contabilidad.
Le explicó que nunca había ido a una escuela, pero que,
en cambio, además de saber leer y escribir, era calígrafo,
conocía a la perfección todos los modos verbales, había
leído varios libros, desde Los miserables, de Víctor Hugo,
hasta las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, era telegrafista,
sabía de memoria todas las capitales del mundo y hablaba con fluidez
el francés. El ministro, que había vivido un tiempo en París,
quiso saber si no tenía en frente a un charlatán de marca
mayor. Le hizo unas preguntas en francés, a las que el Señor
de los Relojes contestó encantado.
Terminaron conversando en el idioma de Rimbaud y tomando café.
El ministro le autorizó un examen de suficiencia, y él,
en señal de agradecimiento, le obsequió un reloj. Se graduó
de contabilidad y abandonó para siempre los hilos de la telefonía
y los aparatos que transmitían la clave de Morse.
El Señor de los Relojes tuvo que sufrir la muerte de la niña
de los ojos de color miel y la diáspora de sus tres varones que
se fueron a rodar el mundo. Vivió los años de la guerra
con el alma en un hilo, creyendo que cualquier día le darían
terribles noticias desde el frente de batalla. Pero no.
Al final de las hostilidades, sus hijos regresaron cansados, desencantados
pero contentos. En señal de bienvenida, él les regaló
relojes a sus varones y, por supuesto, a sus respectivas esposas. Se había
casado nuevamente con una extraordinaria mujer, compañera en las
buenas y en las malas.
Pasan raudos los años de la paz. A finales del año pasado,
el Señor de los Relojes enferma, puede ser esto, puede ser aquello,
hay que hacer exámenes. Él bromea y cuando le preguntamos:
¿Cómo está? Contesta desde la cama del hospital:
aquí, en un lecho de rosas. No puede moverse. Tiene
lesionada la columna. De todos modos, no se ve tan mal. Hay esperanzas.
Un día viernes voy a visitarle. A echarme una platicadita con él.
Y lo encuentro mal, muy mal. Todo es repentino. Está lleno de agujas
y sondas. No puede hablar. Le cuesta respirar. Tere, a su lado, llora.
Yo le tomo la mano y él, con la otra, se despide, apenas mirándome.
Mala noche, la peor de todas. Al día siguiente todo termina. Se
nos fue el Señor de los Relojes, mi papá, don Mario Galeas.
¡Qué terrible son los mediodías cuando ocurre el último
adiós!
A nombre de sus hermanos, Gabriel y Vilma, de su esposa Tere, de sus hijos
Marvin y Sandra; Geovanni y Blanquita; Maynor y Lillian; de sus nietos
y nietas, Michelle, Jeannette, Raquel, Abril, Ivania, Mariana, Dylan y
Pablito, gracias de todo corazón a los que nos acompañaron
con sus palabras de solidaridad en tan triste momento.
*Columnista de El Diario de Hoy.