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CÓMO COMBATIR A LAS MARAS
Luis Fernández Cuervo*
E-mail: lfcuervo@tutopia.com
Siempre
es más fácil prohibir o castigar que construir y estimular,
pero esto último es más fecundo
Se propone y se discute actualmente la conveniencia de una ley penal
especial para combatir a las maras. No voy a sumarme directamente
a ese debate. En eso, como en lo de la reforma al sistema de salud,
decir que sí o que no, de entrada, sin conocer en concreto
lo que se propone, me parece una posición poco sensata, fuera
de toda razón, salvo la de manipularlo con fines de politiquería
demagógica. Un debate serio creo que debe plantearse, criticarse,
reformarse, mejorarse o desecharse sólo sobre el texto concreto
de la ley o reforma que se pretenda.
Pero lo que sí quiero decir, ante este grave asunto de las
pandillas juveniles, como ante otros males epidémicos ya
sean éstos microbianos o morales es que más vale
prevenir que curar. Si se quiere que no aumente, día a día,
el número de jóvenes salvadoreños que se ven
impulsados a integrarse a una mara, hay que tener en cuenta
algo que no es un misterio para nadie: los marosos brotan
y germinan, mucho antes de unirse al grupo antisocial, en el seno
de una familia que poco tiene de tal.
Es muy difícil, por no decir imposible, que un niño
que se ha criado y ha crecido, disfrutando del amor de un papá
y una mamá bien avenidos, que le han dispensado constantemente,
a él y a sus hermanos, un amor inteligente, concretado cada
día, con sacrificio y solicitud, en una buena educación.
Es muy difícil que un niño así, llegada su primera
o segunda adolescencia, se sienta atraído por hacerse miembro
de una mara.
En cambio, si faltan unos modelos paternos y maternos atrayentes,
que muevan a imitarlos; si no se tuvo en la casa un ambiente que merezca
el nombre de hogar, es decir, un lugar acogedor, donde se sabe querido,
protegido y estimulado, o si, peor aún, lo que se vivió
es la violencia intrafamiliar, la falta de valores morales, la corrupción
de cualquier tipo, entonces no es raro que la mara se
presente como atrayente. Se busca en la mara lo que no
se encontró en la propia casa. La mara le ofrecerá
entonces una sustitución deformada de esos valores y virtudes
que no encontró en su familia. Una deformación, muchas
veces, con características más parecidas a las que rigen
en una manada de lobos: la protección del grupo, la imposición,
como jefe, del más fuerte y el más cruel y, por último,
el castigo implacable, hasta la muerte si es preciso, del que abandona
o traiciona a la manada.
Ahí está uno de los males más graves de nuestra
sociedad: en los diversos grados y maneras en que nuestras familias
están moralmente enfermas y desintegradas. Por eso hay que
esforzarse en crear condiciones para que mejore la salud moral, la
estructura y la conducta de las familias salvadoreñas, aunque
parezca más difícil eso que combatir la delincuencia
juvenil con leyes penales. Siempre es más fácil prohibir
o castigar que construir y estimular, pero esto último es más
fecundo.
Por esta razón, lo mejor para que disminuyan los ambientes
donde van a brotar los futuros antisociales y delincuentes no es denunciarlos,
no está en castigar los males que afligen a la familia, sino
en fomentar lo bueno: las familias sanas, bien constituidas,
con padre y madre conocidos, unidos en la mutua fidelidad y en la
común crianza y educación de sus hijos.
Esas familias deberían tener incluso su premio a través
de la disminución de impuestos y la asignación de gratificaciones
económicas por cada hijo educado. Es deber del Estado
ese fomento de la familia, como ya en parte lo está haciendo
indirectamente al implementar su enseñanza a nivel escolar
de Educación Moral y Cívica.
Pero lo debería hacer también fomentando y gratificando
económicamente a las organizaciones particulares que impartan
enseñanzas positivas sobre la importancia y valor del matrimonio
estable, perenne, del papel primordial e importantísimo de
la fidelidad conyugal para la felicidad personal y para la primera
educación que deben dar los padres a sus hijos en el propio
hogar. Y esa educación se debe impartir, sobre todo, a los
jóvenes que se preparan para un próximo matrimonio.
Me imagino que más de una lectora o lector, al leer esto, con
el pesimismo que pesa sobre tantos, pensará que esto que escribo
es imposible aquí, o que es un ideal irrealizable en cualquier
parte. Yo le diría que ya se está luchando así,
y muy bien en otros países, y no faltan organizaciones que
también lo hacen con buenos resultados en el nuestro.
En vez de gastar tiempo, dinero y esfuerzos en las perniciosas campañas
de salud reproductiva (ya desenmascaradas por muchos y
recientemente combatidas por el representante de Estados Unidos en
la Quinta Conferencia sobre Población celebrada en Bangkok,
el pasado 11 de enero), en vez de esa malvada estupidez que contribuye
en forma directa a la desintegración familiar y a la degeneración
moral, todos esos recursos se podrían emplear en campañas
como las que el gobernador de Florida está promoviendo actualmente
en su estado, a favor del matrimonio estable y la familia verdadera.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
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