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La
nota del día
La nefasta unión de maras y narcos
Los cabecillas del narcotráfico -con sus cadenas de oro,
vestimentas ostentosas y automóviles de alto precio- son
el modelo para los jovencitos de la barriada
Soyapango, al igual que otros municipios y barrios en la periferia
de San Salvador, está cayendo en poder de las maras
y crimen organizado, pese a los esfuerzos de la policía para
evitarlo. El último episodio de este drama es la creciente
relación entre narcotraficantes, ladrones de automóviles
y mareros; la droga arma a la mara y la
pone a su servicio, mientras la batalla entre los violentos la
18 y la Salvatrucha está transformando,
para peor, la vida de la gente.
Al atardecer y sin toque de queda, las familias se encierran, o
más bien se atrincheran dentro de sus casas. Muy pocos se
atreven a andar por las calles y lo hacen sólo por ineludible
necesidad. Muchísimas personas se han visto forzadas a abandonar
sus propias viviendas (las que, sin embargo, siguen pagando) a causa
de la inseguridad que sufren; es en esas construcciones, o lo que
queda de ellas, que se concentran muchos mareros, transformándolas
en casas de seguridad y en sitios para guardar sus arsenales.
La situación se describe y analiza en un extenso reportaje
que publicamos hoy, en el que se plantea la cuestión fundamental:
¿Qué se puede hacer para erradicar la criminalidad
en nuestras barriadas? Igualmente importante es encontrar una manera
de rehabilitar a los criminales, que cuando van a la cárcel
o centros de internamiento, salen peores de lo que entraron. ¿Es
que no queda más remedio a la pobre gente que resignarse
y encomendarse a Dios?
Por lógica no hay una solución única; no existe
esa pomada mágica que va a hacernos felices a los salvadoreños
de la noche a la mañana. En lo que respecta a la delincuencia,
hay que efectuar reformas a las leyes, reforzar la policía,
conseguir que la gente denuncie, fomentar la creación de
empleo, limpiar las ciudades de los peores delincuentes.
Atrincherados en medio de la selva
Nadie se debe extrañar de lo que ocurre, o inclusive de que
las cosas no sean todavía peor. Los jóvenes salvadoreños
arrastran con la nefasta herencia de la guerra y de los años
que la precedieron. En la Década de los Setenta, los comunistas
organizaron las bandas estudiantiles de choque (como hoy con el
Bres) que se dieron a la tarea de armas batallas campales en las
ciudades, quemar autobuses, pintarrajear paredes y en general aterrorizar
a la población. Los integrantes pasaron a ser la carne de
cañón de la guerrilla, pero quedó plantado
el fenómeno marero.
Lo que sucede en nuestro país se repite a otras escalas en
el resto del mundo, en unos lugares peor que en otros. En las barriadas
negras y latinas de las grandes ciudades de Estados Unidos, hay
una similar incertidumbre que obliga a los vecinos a pasar encerrados
dentro de sus casas. Es escalofriante que una de las causas principales
de muerte entre los negros jóvenes sea las lesiones de bala;
los tiroteos nocturnos son frecuentes, como usuales también
las venganzas entre los pandilleros. Los cabecillas del narcotráfico
-con sus cadenas de oro, vestimentas ostentosas y automóviles
de alto precio- son el modelo para los jovencitos de la barriada.
El crimen parece ofrecer la única verdadera salida a la pobreza,
al aburrimiento y la confusión mental que padecen los jóvenes.
Allá como acá, las autoridades no encuentran solución
al horror, ni pueden entrarle al asunto a palo limpio.
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