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Arranca cebollas
La pequeña gran avenida

Erick Lemus
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Cada día que cruza la alameda Juan Pablo II, después de andar sobre la tercera avenida norte y digerir su memoria pueril ante la fachada del Parque Infantil, se toma un respiro y mira recto hacia el horizonte, al otro lado de la acera, allá, donde empieza una gasolinera y se origina una masa humana en sentido contrario.

Siempre hace lo mismo antes de pararse a mirar la misma escena a la misma hora. Solo hay dos franjas: la que ronda las ocho de la mañana y la de las cinco de la tarde.

Casi nunca hay una variante a rasgos generales; pero, eso sí, en detalle, el paisaje es infinito. Es una postal muy... muy... neoyorquina. Sí, eso; eso es, neoyorquina.

Justo cuando se pone de pie frente a la intersección de ambas calles recuerda el tráfico sobre la quinta avenida o aquel cruce en la zona peatonal cercana al Madison Square Garden donde los neoyorkers pelean cada centímetro de su existencia contra sus vecinos peatonales, los taxis, los carros particulares y los ciclistas intrépidos, como el fulano desconocido que no pudo frenar y surcó toda una muchedumbre antes de estrellar el cráneo contra el andén.

Muy triste, tan triste como el empellón que acaba de observar que la señora del canasto le pegó al niño del colegio que cruza a tropel con mochila y todo antes que el motociclista le alcance su brazo izquierdo. Ah...

Sansalvayork los días de Niuyol se confunden en su cabeza con las imágenes borrosas del paseo a bordo del trencito adentro, en el Parque Infantil.

El olor a grasa fresca, rigua y queso derretido ondea sus fosas nasales y el vapor del café recién calentado es más sensible que el escape del autobús que se ha estacionado enfrente.

Por eso no le importa inhalar un tanto de CO2 al reiniciar la marcha. Y, por muy simple que parezca, atravesar la calle no es simple; es todo un acto meditado.

Es la capacidad de observar y sentirse masa, sentirse vivo cuando la gente lo aparta, lo golpea , lo maltrata, lo mira con recelo, con prisa, con enojo, con frustración, con envidia, con algo más que un par de pupilas, como aquellos iris que lo juzgan por su aspecto desaliñado, sudoroso, costroso...

Niuyol, Sansalvayork, el Parque Infantil recién inaugurado, las vendedoras de comidas expres, los conductores del microbús escupiendo desde la ventanilla, el despachador de la gasolinera de enfrente muriéndose de la risa gracias a sus costillas. No es fácil caminar una y otra vez sobre la alameda sin llamar la atención.

Las vendedoras piensan que está loco. Él no está seguro. Cierra los ojos y apuesta a que nadie lo va a tocar, a que ningún auto lo va a atropellar, a que los buseros detendrán la marcha por el simple hecho de que leerán su mente, interpretarán sus recuerdos y dirán algo más que un beep-beep.

 

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