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Conversión de temporada

Hacemuchos años, cuando la Comarca estaba llena de llamas, muertos y gritos de guerra, Edgardo Bravomonte tomó partido.

Luis Laínez
El Diario de Hoy
escenarios@elsalvador.com

Se enlistó en uno de los grupos que, con el tiempo, iban a crear lo que hoy se conoce como el Barón Rojo.

Era un efepelino clásico. Pero su afán no era las armas o las emboscadas.

A él lo que le apasionaba era la comunicación. Él era uno de esos heraldos con dos manos izquierdas.

Sí, tenía su vocación, pero la puso “al servicio de la causa”.

Y le fue relativamente bien. Fue el director de una agencia de prensa que respondía a los lineamientos del Barón Rojo.

Tanto fue el éxito que tuvo que, un día de tantos, la oficina apareció devorada por el fuego. Se convirtió en objetivo militar y acabaron con ella.

Bravomonte buscó otra cosa que hacer.

Algunos le perdieron la pista. Dicen que viajó a tierra azteca. Dicen que mantuvo vínculos tan cercanos con algunos efepelinos que hasta lo consideraban parte de una familia que no era la suya.

Al cabo de los años, la guerra en la Comarca cedió terreno a la discusión y la sangre dejó de abonar la tierra.

Entonces Edgardo apareció en un templo del saber. Se había convertido en maestro de una escuela para formar heraldos.

Hasta ahí todo iba bien. Parecía que Bravomonte seguía estando al lado izquierdo de la vida.

Sin embargo, en su corazón, el flujo había cambiado de sentido.
Uno que otro efepelino de antaño no lo aceptaba con facilidad.

- Claro, la docencia es parte de nuestra estrategia. Ahí se pueden encontrar algunos de los nuestros, impregnando las ideas del Barón -dijo uno a modo de defensa.

Pero Edgardo, en su interior, ya había dado un paso en una dirección diferente de la que esperaba su antigua familia.

Sin previo aviso, dejó de ser un maestro para formar parte de la burocracia del gobierno del Caballero Tricolor.
Entonces sí algunos de sus ex camaradas pusieron el grito en el cielo.

- Es por la Señora -dijo Bravomonte alisándose el mostacho, con esa grave voz tan característica.

Pero luego hizo algo que dejó boquiabiertos a algunos lacayos del Barón Rojo y a otros más del Caballero Tricolor: se postuló como concejal de la comuna capitalina.

Ese fue el colmo. Le dieron la espalda. Él repetía sin cesar que lo hacía por la Señora.

- Es un converso -dijeron triunfantes en el salón tricolor.

 

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