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Desde
Washington
MISILES SAM-7 EN NICARAGUA EN LA MIRA DE EE.UU.
Marcela Sánchez
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Managua
no está dispuesto a correr el riesgo de quedar vul-nerable
al destruir misiles unilateralmente, sólo porque Washington
así lo quiere
En su apremiante empeño por inspeccionar el mundo en busca
de armas que puedan caer en manos de terroristas, la administración
Bush ha puesto su atención no lejos de su frontera sur, en
Nicaragua.
Durante la Guerra Fría, el país centroamericano se
convirtió prácticamente en un depósito de armas
y municiones. Mucho de ese material bélico jamás se
destruyó y está ahora disponible al mejor postor.
Afortunadamente, Washington tiene ahora en el líder nicaragüense
a un aliado. El presidente Enrique Bolaños estuvo en Washington
esta semana, reiterando su interés de liderar un esfuerzo
histórico para la reducción regional del exceso de
armamento.
Como diría la expresión popular se juntó
el hambre con las ganas de comer. Que Managua y Washington
quieran ahora lo mismo, teniendo en cuenta sus relaciones pasadas,
es razón suficiente de celebración.
Pero la satisfacción del apetito de ambos dependerá
de la habilidad y voluntad de Bolaños de cumplir y la rigurosidad
del enfoque de Bush al desarme.
En el corazón de esta unión de voluntades, hay una
oportunidad única para que la paz se consolide de manera
definitiva en Centro América y sus beneficios se extiendan
al sur. Nicaragua, el segundo país más pobre del hemisferio,
también tiene mucho que ganar de esta nueva alianza, ya sea
como retribución directa o no.
En Nicaragua, la prioridad estadounidense tiene nombre propio: SAM-7.
Miles de estos misiles antiaéreos de fabricación rusa
se encuentran aún hoy disponibles en Nicaragua. En manos
equivocadas, estas armas se pueden usar ofensivamente contra vuelos
comerciales, como lo demostró un ataque fallido en noviembre
contra una aerolínea israelí en Kenia.
Como para enfatizar el peligro inminente, el mes pasado, la Organización
de Estados Americanos reveló que un agente de armas libanés,
capturado en Europa y presuntamente vinculado a Al Qaeda, intentó
adquirir, entre otras armas, 20 SAM-7 del ejército nicaragüense.
La investigación también descubrió que miles
de armas ya habían terminado en manos de grupos ilegales
paramilitares en Colombia, debido a serias fallas y negligencia
de autoridades nicaragüenses.
Funcionarios estadounidenses han sido despachados para persuadir
a militares extranjeros a que destruyan parte de los misiles en
su inventario o establezcan mejor control en los restantes.
Pero si Washington se concentra sólo en los misiles, podría
terminar demostrando a la región que en su diplomacia antiterrorista
sólo hay espacio para satisfacer sus propias prioridades.
Durante su visita, Bolaños discutió con Bush el tema
de los misiles. Pero insistió, según fuentes nicaragüenses,
en la necesidad de que cualquier reducción de armas sea parte
de un balance razonable de fuerzas y armamento entre
todos los países centroamericanos.
En otras palabras Managua no está dispuesto a correr el riesgo
de quedar vulnerable al destruir misiles unilateralmente, sólo
porque Washington así lo quiere.
Para satisfacer las demandas estadounidenses, Managua necesitaría
ayuda, ampliando el esfuerzo de reducción de armas a otros
países.
Falta todavía por verse, sin embargo, si dichos países
están dispuestos a enfrentar a sus afianzadas fuerzas militares
y resolver viejas disputas fronterizas.
Pero en una entrevista, Bolaños afirmó que siempre
hay... un primer momento para hacer las cosas. Con la misma
voluntad con que Nicaragua destruyó todas las minas antipersonales
de su arsenal en los 90, o con la que su administración enfrentó
por corrupción a Arnoldo Alemán, su propio ex jefe
y ex presidente, Bolaños aseguró que su compromiso
es garantizar ahora que su país no vuelva a ser utilizado
por el crimen internacional organizado para el tráfico de
armas.
Así, si Washington persuade a Managua para que destruya su
exceso de misiles y luego se retira sin el acuerdo regional que
Bolaños busca, estará alcanzando una meta antiterrorista,
pero miope.
Bolaños se quedaría solo en sus esfuerzos por ir más
allá y aprovechar lo que considera una voluntad regional
sin precedentes para vivir en paz y trabajar unidos en una era de
enemigos sin rostro y amenazas impredecibles.
Más aún, las raíces del terrorismo de otros
pueblos serían ignoradas: En Colombia, rifles de ataque,
no misiles, provenientes del arsenal subutilizado de Nicaragua,
han terminado en manos de fuerzas ilegales paramilitares colombianas
sin ninguna conexión con Al Qaeda.
Si Washington es incapaz de ver más allá de sus prioridades
inmediatas, corre el riesgo de repetir la historia. Y probablemente
en 20 años tenga que mirar retrospectivamente, como hace
ahora tras su experiencia en Centro América durante la Guerra
Fría, y lamentar que haya dejado una tarea sin terminar.
*Columnista del Washington Post.
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