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Una
mirada de fe
Un amigo fiel de la juventud
Oscar Rodríguez Blanco, s,
d, b*.
editorial@elsalvador.com
Mucha
razón tenía este santo fun-dador al decir que de la
sana educación de los niños y de los jóvenes
depende la felicidad de las naciones
Entre los años 1750 y 1800, se produjo en Inglaterra un
cambio muy importante llamado Revolución Industrial,
que influyó poderosamente en los demás países
europeos. La transformación de la producción manufacturera
hizo que el material humano fuera reemplazado por instrumentos de
trabajo más especializados.
Con la máquina de vapor se transforma la industria textil,
reduciendo el número de obreros que trabajaban en las fábricas.
Millares de obreros quedaron desplazados de sus trabajos, pues el
hombre se puso al servicio de la máquina, y no la máquina
al servicio del hombre. Había que adaptarse a las exigencias
de los nuevos tiempos.
La producción, facilitada por los nuevos inventos, bajó
los precios de los textiles y se desarrolló el mercado, poniendo
en crisis a los artesanos que laboraban fuera de la ciudad y que,
de repente, se encontraron sin fuentes de empleo. Una avalancha
de adolescentes y jóvenes se vino del campo a la ciudad en
busca de trabajo.
Con las nuevas máquinas, los patronos empezaron a exigir
más horas de trabajo, los obreros no tenían derechos
y no se podían defender; los salarios eran mezquinos y los
niños, jóvenes y adultos eran explotados al máximo.
Cuenta Bertrand Russell, en su obra Las ideas del Siglo XXI,
que una niña de ocho años, empleada en una mina, confesaba:
Yo debo estar en ese agujero sin luz y tengo miedo. Entro
a las cuatro o, algunas veces, a las tres y media de la madrugada,
y salgo por la tarde, a las cinco y media. Nunca voy a dormir. Alguna
vez canto, cuando hay luz, pero cuando está oscuro tengo
miedo de cantar.
En 1841 surgió en Turín la figura genial de San Juan
Bosco, a quien Dios le había dado un corazón tan grande
como las arenas del mar. Se convirtió en un padre, un maestro
y un amigo para todos aquellos jóvenes abandonados. Fundó
un oratorio en el que logró reunir a centenares
de jóvenes que procedían de 885 municipios del Piamonte,
y que deambulaban durante el día y la noche por la ciudad,
en busca de trabajo. Entre ellos había panaderos, zapateros,
albañiles, artesanos, limpiachimeneas, limpiabotas, cargadores,
tejedores, etc., que tocaban las puertas de los hoteles, cafeterías,
palacios, ferrovías y negocios, buscando oportunidades para
superarse. La Iglesia, en ese entonces, estaba atendiendo la problemática
de los Estados Pontificios, y los problemas de tipo social no ocupaban
un puesto prioritario en la pastoral, quedando la juventud en completo
abandono religioso.
En 1844 las parroquias de Turín, con raras excepciones, no
estaban preparadas para dar una respuesta pastoral a las necesidades
de estos jóvenes, y fue esta situación la que provocó
que Don Bosco optara decididamente por el mundo juvenil. Las necesidades
materiales y espirituales de estos muchachos, que corrían
gravísimos peligros y no gozaban de ningún derecho
en la sociedad, le convencieron del llamado de Dios. Se propuso
hacerles honestos ciudadanos y buenos cristianos, con una educación
preventiva e integral, capaz de ayudarles a salir de la pobreza
moral, intelectual y religiosa en que se encontraban.
Creó para los jóvenes el oratorio, que
no era sólo un lugar para la catequesis y juegos espontáneos,
sino un lugar en donde la expresión educativa, religiosa
y moral ocupaba un puesto prioritario, en donde la amabilidad y
espíritu de familia eran la relación espontánea
entre jóvenes y educadores, un ambiente educativo en donde
había que conjugar los valores pedagógicos y la promoción
humana y cultural.
Creó el Sistema Preventivo, basado en la razón, la
religión y la amabilidad, que es, hoy día, el sistema
que se usa en todas sus obras. La razón subraya la auténtica
visión de humanismo cristiano, en el que la alegría,
la piedad, la cordura y el estudio encuentran una perfecta armonía;
la religión, que abre un puesto a Dios como respuesta a la
felicidad que busca el hombre, y la amabilidad, para que los jóvenes
se den cuenta de que no sólo son amados, sino que cobren
conciencia de que realmente lo son y se les toma en cuenta, amor
que, siendo la cima de la revelación evangélica, es
el objetivo fundamental de su proyecto formativo y, a la vez, el
principio inspirador. Mucha razón tenía este santo
fundador al decir que de la sana educación de los niños
y de los jóvenes depende la felicidad de las naciones.
*Párroco de la iglesia María
Auxiliadora (Don Rúa).
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