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Punto
de vista
EL TERCER FEMINISMO
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
cmayora@istmania.com
El
feminismo de la complementariedad es el que proporciona unas bases
sólidas para abordar temas muy importantes en el mundo actual
Todos somos varones o somos mujeres. Biológicamente constituidos
de un modo o del otro, pero no sólo biológicamente,
sino más, pues la condición de hombre o mujer pertenece
tanto a la biología como al espíritu, a la cultura
y a la vida social.
De hecho, la distinción hombre-mujer no es esencial dentro
del orden de lo humano, pues tanto los hombres como las mujeres
comparten la misma e idéntica condición humana. Tienen
la misma naturaleza, aunque de modo distinto. Ninguno de los dos
puede, por sí mismo, mostrar qué es el ser humano
en plenitud, sólo juntos y de manera complementaria pueden
mostrar hasta dónde puede la naturaleza desplegar todas sus
potencialidades.
Hay un feminismo que intenta, por todos los medios, equiparar la
mujer con el hombre, y que parece considerar como la cumbre de la
condición humana el ser varón. Otro cuyo ideal es
la independencia femenina absoluta, que desprecia a los hombres
y sobrevalora lo femenino. Y un tercero que es el del que
hemos estado hablando, y que se muestra más cercano a la
verdad de las cosas, que identifica al hombre y a la mujer
como distintos y a la vez complementarios.
El primero, el que quiere igualar sin más hombres y mujeres,
tiene poca popularidad en los ambientes intelectuales, pero parece
muy arraigado entre muchas mujeres, que no han logrado desprenderse
de patrones culturales machistas e intentan por todos los medios
equipararse con los hombres. Este feminismo es el que alienta, por
ejemplo, cuotas de mujeres en las distintas profesiones y roles
políticos, o modas de vestir o de comportarse que desdicen
de la delicadeza propia de la feminidad.
El segundo feminismo, ese que quiere que desaparezcan los
hombres de la faz de la tierra, es más popular en ambientes
académicos, pues responde a estereotipos intelectuales en
los que se potencia el individualismo, pero tiene mucho menos éxito
en la vida ordinaria. Las mujeres no son tontas y se dan cuenta
de que si bien no se trata de igualarse simplistamente a los hombres,
tampoco se gana mucho (y más bien se pierde) poniendo a los
hombres al margen de sus vidas.
Y el tercero, ese que se apoya en la diferencia y en la complementariedad,
es el más popular entre las personas pensantes. Sin embargo,
tiene un enemigo bastante poderoso: la cultura del individualismo,
la rebelión intelectual contra la naturaleza, el empeño
de muchos y de muchas para liberarse de los condicionamientos del
simple hecho de ser humano impone a un afán dislocado de
libertad.
Esas personas que quieren desligarse de todo, incluso de su propio
patrimonio genético, no pueden soportar la condición
social del ser humano y, concretamente, su condición de dependencia.
No pueden soportar que tanto el hombre como la mujer encuentren
su verdadera realización personal cuando comprenden y actúan
conscientes de que su realidad es ser-para-otro, y no pequeñas
unidades autosuficientes.
De hecho, necesitamos a los demás, tenemos que salir de nosotros
mismos, necesitamos que el punto de referencia de nuestra vida esté
fuera de nosotros. De lo contrario, la vida pierde su sentido y,
sin perspectiva, los seres humanos nos hundimos en la depresión
y en la ansiedad, en el sin sentido en último término.
El tercer feminismo postula, entonces, una recíproca complementariedad
entre los sexos, que obedece a la individualidad personal. Toda
la sociedad necesita esa reciprocidad, en ella se apoya la maternidad
(que no pueden soportar las feministas a ultranza), la paternidad
(que es despreciada por los fósiles machistas), la filiación,
la fraternidad, la colegialidad, la amistad y tantas otras que afectan
contemporáneamente a todas las personas.
El feminismo de la complementariedad es el que proporciona unas
bases sólidas para abordar temas muy importantes en el mundo
actual, como la crítica razonada a los presupuestos ideológicos
de la reproducción artificial, la cultura de la corresponsabilidad,
la participación como alma de la familia o la humanización
del ámbito laboral, por ejemplo. Es el que sabe conservar
y ahondar en la defensa de la igualdad de derechos entre el hombre
y la mujer sin renegar de la atención a los llamados valores
femeninos, como han hecho otros feminismos; es el que explica por
qué las mujeres no tienen que negar su verdadera identidad
para lograr su desarrollo personal, sino que, al contrario, sostiene
que precisamente apoyándose en esos valores que les son propios
es como pueden alcanzar una vida plena y llena de sentido, una vida
feliz.
En resumen: antes de ser hombre o ser mujer se es persona humana.
Y como rasgo fundamental de esa humanidad, aparece la necesidad
de la complementariedad. Ninguno de nosotros es absoluto, y por
ello, si alguien se queda encerrado en sí, experimenta más
acusadamente sus carencias. Y al contrario, quien potencia su ser-para-otro,
paradójicamente, se encuentra plenamente a sí mismo.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía
y columnista de El Diario de Hoy.
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