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Tomando
la palabra
Tenemos que hacer algo
Salvador Castellanos*
editorial@elsalvador.com
La
solución al fenómeno pandillero es integral y nos
involucra a todos. Tenemos que hacer algo, poner acción nuestras
capacidades y posibilidades
Los desvelados caminantes cruzaron miradas, seguros de que la suerte
les estaba sonriendo. La mochila abandonada en el parque Libertad
les anunciaba algunas monedas para comprar el pasaje de un viaje
etílico o quizá leche y pan para la familia que esperaba
en casa; pero en lugar de bagatelas sin nombre, sus dedos acariciaron
la frialdad de la muerte, que les saludó con la espantosa
mueca de una cabeza femenina cercenada de su cuerpo.
El cauce del río Acelhuate se encargaría de revelar
las restantes partes del macabro sacrificio algunos días
después. Las investigaciones policiales dan cuenta de que
tres mujeres han muerto en similares circunstancias y que sus crímenes
constituyen el castigo que impone la pandilla a las disidentes.
En otro punto de la capital, José Luis estaba tan absorto
en su clase de Lenguaje que no se percató de la presencia
del sujeto que sigilosamente se acercó a la ventana del aula,
desenfundó un arma y sin motivo aparente disparó al
interior, asestándole un tiro en la espalda. Postrado en
la cama del hospital, explicó con pasmosa resignación
que ese era el costo de recibir educación y que, para lograr
ser alguien en la vida, debía sobreponerse al miedo que le
ocasiona a él y a la mayoría de sus compañeros
el tener que asistir a una escuela que está a merced de las
pandillas.
Sólo horas después, la masacre de una familia completa
arrebató la tranquilidad de los salvadoreños una vez
más. En esta ocasión, supuestas rencillas entre pandillas
rivales llevaron al salvaje asesinato de las cinco personas, incluyendo
a un niño de sólo año y medio que recibió
dos disparos.
El barullo se alimentaba de la indignación y el miedo que
reinaba en la escuela. El balazo que recibió José
Luis había reunido a los alumnos, maestros, padres de familia,
policías y funcionarios de Educación. El amparo del
grupo permitió que fueran brotando historias de continuos
abusos: cómo los pandilleros destruyeron el muro que rodeaba
la escuela, su merodeo permanente e impune, los manoseos a las jóvenes,
sus exigencias de dinero, los golpes y amenazas a quienes se niegan
a sus demandas. Una madre dijo que el temor era un sentimiento permanente,
incluso en casa, donde muchos se han autoimpuesto una prisión
voluntaria, para evitar ser víctimas del pago de peajes,
los robos o una herida que para algunos ha resultado mortal.
La Policía Nacional Civil tiene contabilizados a unos 6 mil
pandilleros. Organizaciones no gubernamentales hablan de más
de 50 mil. Las capturas efectuadas recientemente por la PNC no hacen,
sino arrojar más luz sobre la gravedad del asunto. El
Viejo Lin es un ex guerrillero, con un historial que comienza
en el seno de las pandillas estadounidenses; mientras el Viejo
Skinny es ex sargento de un batallón elite y explosivista,
entrenado por el ejército norteamericano. Una buena cantidad
de granadas fue decomisada como parte de estos operativos, que,
según las autoridades, serían empleadas en atentados,
incluso contra el propio Director de la PNC. La forma tan sospechosa
en que escapó otro de los capturados sólo aumenta
el malestar general.
Una pregunta que se ha formulado con insistencia es, ¿de
dónde ha surgido esta caja de Pandora? Está claro
que es el resultante de factores como la post guerra, la transculturación,
la pérdida de valores, la desintegración familiar
y la falta de oportunidades. La otra gran incógnita es ¿cómo
podemos resolver esta situación? Y en este caso las propuestas
se siguen acumulando. No faltan los que sugieren el exterminio,
el endurecimiento de las leyes, un mayor número de instalaciones
deportivas, talleres de formación, grupos de autoayuda, evangelización,
tratamiento sicológico, reformas al sistema educativo, más
policías en las calles, etc.
En misión periodística hemos ingresado a los barrios
donde sientan sus reales las pandillas. Y así como hemos
encontrado niños, jóvenes y adultos con evidentes
trastornos, que a todas luces requieren de un internamiento o tratamiento
emocional, muchos de estos peligrosos pandilleros son seres humanos
asustados, abandonados y confundidos. Salvadoreños y salvadoreñas
que no han conocido el amor de una familia, la orientación
de un mentor o la oportunidad de desarrollar sus potenciales y que
han optado por unirse a la pandilla como desesperada opción
para llenar sus enormes carencias emocionales y espirituales.
La solución al fenómeno pandillero es integral y nos
involucra a todos. Tenemos que hacer algo, poner acción nuestras
capacidades y posibilidades. No podemos cerrar los ojos ante esta
realidad, el tiempo corre y pronto podría ser demasiado tarde.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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