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La columna nacional
El regreso del rey

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Deseando feliz año nuevo a mis lectores, presento, como en los años anteriores, mi comentario a la última entrega del film de Peter Jackson sobre la conocida trilogía de Tolkien.

En la mítica Tierra Media, un grupo de héroes de extracción múltiple e interracial —incluso no humanos— se lanzan a la más importante y peligrosa de las aventuras, conducir el anillo del poder hasta las abominables tierras de la personificación del maléfico, Saurón, en las que tendrán que lanzarlo a la destrucción que sólo en ese paraje puede realizarse, a través del fuego; docenas de personajes y aventuras en muchos centenares de páginas y más de nueve horas de cinematografía narran esta epopéyica saga tradicional.

Imposible no recordar que, por buena que la película sea, varias cosas se pierden sin la lectura del libro y en otros casos obligan a una atención muy especial para no perder de vista, por ejemplo: que el cansancio del hobbit Frodo en esta parte no se debe únicamente al esfuerzo físico y la sed o el hambre, sino a la carga espiritual de portar el anillo, puede olvidarse esto un tanto; como puede hacerse a un lado el que los elfos —y por tanto la misma Arwen, enamorada de Aragón— son seres no humanos, con un fuerte componente espiritual (no son humanos con poderes) lo que hace delicada su participación.

El regreso del rey, en una interpretación tradicional, significaría que, planteada la última gran batalla apocalíptica, la estructuración social de combate integral tiene que plasmarse en su más acabada y poderosa posibilidad. Después de la involución a través de una aristocracia que degeneró en plutocracia oligárquica y que pugna por un híbrido entre una demagogia y una tiranía de y sobre las masas, sólo una ascesis cultural que eleve el tono hasta una autoridad espiritual (no religiosa) superior, pueda enfrentar dignamente un reto tan formidable.

No es de extrañar, por consiguiente, que se vayan empezando a ver ataques mortales hacia esta obra, tildándola de aburrida, infantil y simplista. ¡Cómo no iba a reaccionar el monstruo ante una propuesta de inversión a la pirámide valorativa! Los coletazos críticos llegan a lo estúpido cuando olvidan que el valor “de los que son como niños” en el sentido de pureza e inocencia son seres superiores (en otra civilización, eso sí), pero les duele que aquí no se busca guardar el poder, o menos aún adquirirlo, sino deshacerse de él, porque es el falso y dañino poder exclusivamente material, que termina esclavizando al ser humano a la parte animal de su naturaleza, alejándolo de su esencia. Esta primacía —para estos críticos y los que les pagan— debe ser mantenida y cualquier opinión contraria debe estigmatizarse a sus sostenedores de absurdos y de locos.

Agradeciendo a Tolkien y a Jackson por hacernos vivir esta sublime aventura, he de expresar, sin embargo, mi posición relativa al planteamiento de esta última parte, por la que, a pesar de todo, se llega al triunfo sobre el que quiere apoderarse de este mundo. Antes sólo quiero llamar la atención de la época en que Tolkien la escribió: todavía se podían abrigar algunas esperanzas en aquellos tiempos...

El mayor heroísmo es luchar a segura pérdida, por sí mismo y sin esperar resultados.
Es realmente el único. El ser fiel a sí mismo, a sus más profundas creencias y presentar una actuación de sobria ética que vaya más allá del aplauso histórico, que busque más el apacible acuerdo con su propia conciencia y hasta un ideal estético, antes que la opinión de la masa desinformada. Bien que esto no movería a mucha gente en estos deslustrados tiempos y por eso afirmo la impracticabilidad de la fábula moral que es El regreso del rey. Si bien vemos en nuestra historia los hombres no triunfan solos, les han apoyado las fuerzas de la naturaleza vegetal y animal (águilas, árboles -Bárbol), los elfos como raza humanoide espiritualmente superior y hasta una legión de fantasmas del pasado.

Pero ahora que los hombres han atacado a la naturaleza, aborrecen de más dioses que los por ellos inventados y odian y desconocen al pasado... ¿adónde se encontrará al auténtico heroísmo, el que no promete paraísos si se lucha por su causa?, ¿adónde está la élite internacional, si en este sentido lo organizado es la capilla del Demiurgo o príncipe de este mundo?, ¿serviría acaso de algo el que un grupo nos diera más tiempo, si nadie será capaz de desprenderse —si lo tiene— del anillo del poder? Quizá lo único que nos puede quedar es la preparación para el último viaje: el que hacemos siempre solos.

* Lic. en Ciencias Sociales.

 

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