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Comentando
De
Muammar para George en esta Navidad
Por
tercera ocasión en lo que va de diciembre, George W. Bush
recibe un regalo de un siniestro personaje que no hace mucho era
un paria, patrocinador de terroristas internacionales
Los resplandores del bombardeo al palacio de Sadam Hussein, en
Bagdad, el 20 de marzo, llegaron a Trípoli, y Muammar Kadafi
sintió un calambre en la espina dorsal. Recordó, quizá,
aquella noche fatídica de abril en 1986, en la que Ronald
Reagan le hizo sentir la fragilidad de su existencia. De inmediato,
Kadafi vio la luz en el camino que conducía no a Damasco,
sino a Washington D.C. e hizo contacto con Downing Street, en el
corazón político de Londres.
El mensaje del otrora carismático líder del mundo
árabe fue simple: Admitía poseer un amplio arsenal
de armas de destrucción masiva, prometía destruirlo
y someterse, además, a un riguroso proceso de verificación
a cargo de inspectores internacionales.
Ese día, en la Casa Blanca, George W. Bush sonrió
satisfecho. Y no era para menos. Con la claudicación de Kadafi,
en tan sólo una semana, Bush recibía su tercer regalo
de Navidad. El primero llegó a mediados de diciembre cuando,
desvirtuando su imagen de macho bragado, Hussein salió de
su escondrijo con las manos en alto y, sin disparar un solo tiro,
se rindió; la segunda llegó el jueves 18 de diciembre,
cuando Irán firmó un acuerdo con Naciones Unidas que
garantiza el acceso total a sus instalaciones nucleares.
Que la esplendidez de Santa Claus hacia George W. Bush se manifieste
en la víspera de un año electoral, no hace, sino confirmar
que las aspiraciones de los demócratas a la silla presidencial
son cada día más remotas.
Hay quienes dicen que, en rigor, Kadafi lleva más de una
década intentando reconciliarse con las potencias occidentales.
Sostienen, por ejemplo, que desde 1997, Kadafi ha intentado reconstruir
las relaciones comerciales y políticas de Libia con Europa.
También apuntan que, después de los ataques del 11
de septiembre, Libia fue uno de los primeros países árabes
que apoyó la invasión estadounidense a Afganistán,
inclusive ayudando a Washington con servicios de inteligencia. Luego
vino la negociación por el atentado de Lockerbie, en la que
Kadafi aceptó su responsabilidad y autorizó el pago
de casi 3 mil millones de dólares a los familiares de las
víctimas.
Todo esto es cierto, pero, para mí, no cabe duda de que la
línea dura de Bush fue la que terminó por ablandar
al tirano y eso hay que reconocerlo.
Los informes iniciales sobre el arsenal libio son poco claros. Algunos
expertos dicen que su programa de armas químicas era sustantivo,
pero sus proyectiles teledirigidos son, en el mejor de los casos,
rudimentarios. En lo referente a armas nucleares, tampoco hay mucha
claridad, pero las investigaciones coinciden en que sus programas
no representan un peligro inminente. En lo que respecta al programa
de armas biológicas, la información apunta a que se
limitaba a investigación y desarrollo. Lo que sí queda
claro es que, al permitir acceso a los inspectores de Naciones Unidas,
Kadafi se salva de seguir la misma suerte que su ex amigo Hussein.
También parece evidente que las compañías petroleras
estadounidenses tendrán acceso privilegiado al petróleo
de Libia.
Otro personaje que sale ganando con la conversión de Kadafi
es el Primer Ministro británico, Tony Blair, quien por enésima
vez demuestra que es el intermediario perfecto entre Estados Unidos
y el resto del mundo. Mientras que Francia y Alemania vuelven a
quedar fuera del juego.
Los grandes perdedores son los familiares de las víctimas
de la barbarie terrorista libia en Lockerbie, Escocia, que de pronto
tienen que oír al Ministro de Asuntos Exteriores británico,
Jack Straw, calificar de estadista ejemplar a quien
hace poco era el perro salvaje del Medio Oriente.
También pierde la causa de los derechos humanos, pues en
Libia, a pesar de lo que digan Blair y Straw, Kadafi sigue siendo
un dictador que no respeta los derechos humanos de sus compatriotas.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.
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