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La columna nacional
Sí existe Santa Claus... precisiones para no dejarnos confundir por el enemigo

Roberto López-Geissmann*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

He tenido, recientemente, la oportunidad de ver una película extraordinaria en la televisión nacional; basada en un excelente editorial de un periódico estadounidense, el film presenta una historia que desemboca en el referido editorial, que realiza un formidable alegato —intelectual, espiritual y retórico— sobre la existencia de Santa Claus.

Ello me ha motivado para, tomando esta base, realizar una precisión intertradicional relativa a la esencia de las festividades y la participación del simpático señor vestido de rojo y con la barba blanca —y no nos estamos refiriendo al candidato de las izquierdas, naturalmente.

Eventuales discusiones sobre el origen de la celebración y la exactitud de la fecha, sus evoluciones, cambios y supuestos montajes, algo queda claro y es indiscutible. NAVIDAD es la celebración gozosa del nacimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo, quien es considerado el Hijo de Dios para toda confesión cristiana, y muy respetado por todo el mundo. La espiritualidad nórdica, judía y otras se adhieren en cuanto a fechas cercanas.

Sin embargo, las influencias de la modernidad en el Occidente cristiano, fundamentalmente a través de influencias de ciertas líneas de pensamiento, en el que cabe citar al hedonismo y al consumismo, han conferido un producto agregado espurio a dicha festividad... de la que, sin embargo, como veremos, las fuerzas espirituales han logrado salir adelante, derrotando lo que pudiera haber sido una celada mortal. Veamos...

Y fueron precisamente los desacuerdos, las discusiones bizantinas, la extrema escrupulosidad (para no decir fanatismo) de algunas mentalidades las que orillaron a buscar en la celebración navideña otros simbolismos menos estrictamente religiosos, los que se fueron agregando al original, en algunos casos desplazándolo y uniéndose al triunfante carro de la ilusión evocadora del “sueño americano” (satanizado por demás), del “¡compre, compre!” y del “gastemos y bebamos... que mañana moriremos”. Pero al lado de estas ideas consumistas, se fue laborando otra, de índole distinta, respetable y muy apropiada.

Es la idea de la bondad activa hacia los otros. De aquel amor típico (aunque no exclusivo) del cristianismo, que desborda el egoísmo y se complace en la caridad a otros. Se invita a la gente, en este tiempo, a realizar —al menos en esta época —la correcta actuación como seres humanos, como cristianos, como gozosos miembros de una buscando universalizar una gran fiesta humana-pagana-céltica-cristiana-nórdica-judía-hinduista-céltica-budista-musulmana-indigenista-gnóstica... y más si se quiere: la Navidad.

De esta manera, lo que pudo convertirse en una trampa consumista (que de hecho siempre existe abierta, y de la que hay que precaverse) no pudo hacer caer en bloque a la cultura planetaria que celebraba las navidades a remolque del cristianismo. El amor, la caridad y el espíritu de bondad, los ojos mejores para ver al prójimo triunfaron sobre el crudo sentimiento de egoísmo, al que se rechaza y se combate, invitando a dar y compartir.

Y aunque, en cierta forma, los aspectos religiosos específicos de la Iglesia Católica y todas las confesiones protestantes, sectas cristianas y la cismática griega y rusa puedan en cierta forma lamentarse en tanto porque su original celebración se ha “desvirtuado”, desde un punto de vista histórico y tradicional no vale la pena esta condolencia y más valdría alabar al Altísimo por el gran triunfo de extender de esta forma su palabra.

Porque no cabe discusión en que la influencia del amor es la primordial, nadie puede discutir que se ha convertido, la Navidad, en la principal celebración del mundo, más allá de toda capilla, y que esa celebración contiene valores de gran positividad y de contenido espiritual auténtico. Cual es la esencia de la Tradición (con mayúscula); por lo que, cuando en diversas tradiciones se da un pensamiento de alcance universal, que además es un reflejo de contenidos tradicionales (esto es, de sabiduría profunda y verdadera) lo más conveniente es atender a sus dictados, cuidar las formas particulares sin atacar los símbolos sanos que procuran gozo, caridad y buena voluntad hacia las gentes y entre ellas mismas.

De aquí la respuesta afirmativa, sin matices, en cuanto a la existencia de Santa Claus. Él vive, es una realidad. No sólo en el inconsciente colectivo ni en nuestros corazones, sino y sustancialmente en nuestro consciente activo, en nuestros mejores deseos, recuerdos y acciones para esta época. Cuando recordamos la auténtica bondad de nuestra naturaleza infantil, conectamos con El que mora en nosotros, estamos más cerca de Él y somos un poco como Él. Y estoy hablando del espíritu —de Dios, del Ser, o el que Es—, al que se llega en el alegre trineo volador de un abuelo de gran corazón que nos regala principalmente la más real de las verdades de este mundo: nuestra esencia divina de amor.

Feliz Navidad, de corazón, les desea este articulista, a todos sus queridos lectores.
* Lic. en Ciencias Sociales.

 

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