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La
columna nacional
Sí
existe Santa Claus... precisiones para no dejarnos confundir por
el enemigo
He
tenido, recientemente, la oportunidad de ver una película
extraordinaria en la televisión nacional; basada en un excelente
editorial de un periódico estadounidense, el film presenta
una historia que desemboca en el referido editorial, que realiza
un formidable alegato intelectual, espiritual y retórico
sobre la existencia de Santa Claus.
Ello me ha motivado para, tomando esta base, realizar una precisión
intertradicional relativa a la esencia de las festividades y la
participación del simpático señor vestido de
rojo y con la barba blanca y no nos estamos refiriendo al
candidato de las izquierdas, naturalmente.
Eventuales discusiones sobre el origen de la celebración
y la exactitud de la fecha, sus evoluciones, cambios y supuestos
montajes, algo queda claro y es indiscutible. NAVIDAD es la celebración
gozosa del nacimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo, quien
es considerado el Hijo de Dios para toda confesión cristiana,
y muy respetado por todo el mundo. La espiritualidad nórdica,
judía y otras se adhieren en cuanto a fechas cercanas.
Sin embargo, las influencias de la modernidad en el Occidente cristiano,
fundamentalmente a través de influencias de ciertas líneas
de pensamiento, en el que cabe citar al hedonismo y al consumismo,
han conferido un producto agregado espurio a dicha festividad...
de la que, sin embargo, como veremos, las fuerzas espirituales han
logrado salir adelante, derrotando lo que pudiera haber sido una
celada mortal. Veamos...
Y fueron precisamente los desacuerdos, las discusiones bizantinas,
la extrema escrupulosidad (para no decir fanatismo) de algunas mentalidades
las que orillaron a buscar en la celebración navideña
otros simbolismos menos estrictamente religiosos, los que se fueron
agregando al original, en algunos casos desplazándolo y uniéndose
al triunfante carro de la ilusión evocadora del sueño
americano (satanizado por demás), del ¡compre,
compre! y del gastemos y bebamos... que mañana
moriremos. Pero al lado de estas ideas consumistas, se fue
laborando otra, de índole distinta, respetable y muy apropiada.
Es la idea de la bondad activa hacia los otros. De aquel amor típico
(aunque no exclusivo) del cristianismo, que desborda el egoísmo
y se complace en la caridad a otros. Se invita a la gente, en este
tiempo, a realizar al menos en esta época la
correcta actuación como seres humanos, como cristianos, como
gozosos miembros de una buscando universalizar una gran fiesta humana-pagana-céltica-cristiana-nórdica-judía-hinduista-céltica-budista-musulmana-indigenista-gnóstica...
y más si se quiere: la Navidad.
De esta manera, lo que pudo convertirse en una trampa consumista
(que de hecho siempre existe abierta, y de la que hay que precaverse)
no pudo hacer caer en bloque a la cultura planetaria que celebraba
las navidades a remolque del cristianismo. El amor, la caridad y
el espíritu de bondad, los ojos mejores para ver al prójimo
triunfaron sobre el crudo sentimiento de egoísmo, al que
se rechaza y se combate, invitando a dar y compartir.
Y aunque, en cierta forma, los aspectos religiosos específicos
de la Iglesia Católica y todas las confesiones protestantes,
sectas cristianas y la cismática griega y rusa puedan en
cierta forma lamentarse en tanto porque su original celebración
se ha desvirtuado, desde un punto de vista histórico
y tradicional no vale la pena esta condolencia y más valdría
alabar al Altísimo por el gran triunfo de extender de esta
forma su palabra.
Porque no cabe discusión en que la influencia del amor es
la primordial, nadie puede discutir que se ha convertido, la Navidad,
en la principal celebración del mundo, más allá
de toda capilla, y que esa celebración contiene valores de
gran positividad y de contenido espiritual auténtico. Cual
es la esencia de la Tradición (con mayúscula); por
lo que, cuando en diversas tradiciones se da un pensamiento de alcance
universal, que además es un reflejo de contenidos tradicionales
(esto es, de sabiduría profunda y verdadera) lo más
conveniente es atender a sus dictados, cuidar las formas particulares
sin atacar los símbolos sanos que procuran gozo, caridad
y buena voluntad hacia las gentes y entre ellas mismas.
De aquí la respuesta afirmativa, sin matices, en cuanto a
la existencia de Santa Claus. Él vive, es una realidad. No
sólo en el inconsciente colectivo ni en nuestros corazones,
sino y sustancialmente en nuestro consciente activo, en nuestros
mejores deseos, recuerdos y acciones para esta época. Cuando
recordamos la auténtica bondad de nuestra naturaleza infantil,
conectamos con El que mora en nosotros, estamos más cerca
de Él y somos un poco como Él. Y estoy hablando del
espíritu de Dios, del Ser, o el que Es, al que
se llega en el alegre trineo volador de un abuelo de gran corazón
que nos regala principalmente la más real de las verdades
de este mundo: nuestra esencia divina de amor.
Feliz Navidad, de corazón, les desea este articulista, a
todos sus queridos lectores.
* Lic. en Ciencias Sociales.
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