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Soñando
despierto
En esta época pongamos nuestros sueños a volar...
Sombras
de otros tiempos van entrando a mi casa... quiero estar alegre,
todos los meses, todos los días, mirar de adentro y sentirme
amar.
Estas estrofas son del tema En algún lugar en mi memoria
de la película Mi pobre angelito II (Home alone),
que fue interpretado en su versión en español por
Ana Belén en 1993.
No soy de los aguafiestas que se ponen nostálgicos estos
días, pero recuerdo nuestra infancia y adolescencia y pienso
en los bellos momentos que vivimos, incluso en medio de las adversidades:
Cuando nuestros abuelos preparaban los tamales y la gallina para
Nochebuena; cuando con nuestros padres arreglábamos los nacimientos
y el árbol alusivo e íbamos, en familia, al culto
o a la Misa del Gallo, a las pastorelas o a las posadas; cuando
reventábamos cohetes y quemábamos estrellitas; cuando
dejábamos nuestras cartas al Niño Dios y nos levantábamos
ansiosos al día siguiente a ver qué nos había
traído; cuando salíamos luego de disco party
y no volvíamos hasta la tarde del 25; cuando bailábamos
al son de Morquecho con Aquellos diciembres que nunca volverán,
El año viejo con Tony Camargo o Faltan
cinco pa las doce con Néstor Zavarce; cuando
llorábamos al escuchar a Javier Solís con Llegará
Navidad o Regalo de Reyes o Edelweiss
de la película La Novicia Rebelde o Last
Christmas (I gave you my heart...) de Wham.
Es un momento para traer a la memoria a los que se fueron, sobre
todo en medio de la guerra, pero no con tristeza, sino como quizá
quisieran que los recordemos: con alegría, pues seguramente
ellos están disfrutando de una mejor vida y en su momento
quisieron dejarnos un promisorio futuro.
Hace unos días se inauguró en el Parque Cuscatlán
un monumento a las víctimas civiles de la guerra, no importando
su condición ni ideología. Allí están
miles de nombres de amigos nuestros, compañeros de estudios
o de trabajo, mentores, guías espirituales, etc. Y pienso
que ahora ellos estarán celebrando juntos, libres de resentimientos,
recelos y rencores, como deberíamos estar nosotros. Creo
que nuestro pensamiento y oraciones deben estar enfocados también
por todos los que murieron en combate, del lado que estuvieren,
y por sus familias.
Esta Nochebuena nos corresponderá conectar el cielo con la
tierra, sumándonos con todos, ricos y pobres, santos y pecadores,
políticos y apolíticos, feos y bonitos, en la alegría
de cantar Gloria por el Nacimiento del Hijo de Dios. Será
propicio para esperar el día en que, como dicen las profecías
bíblicas, serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito; el novillo y el cachorro
pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá.
La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías;
el león, como los bueyes, comerá paja. Hurgará
el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la
huera de la víbora el recién destetado meterá
la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal.
La solidaridad debe motivarnos, pues, como decía la Madre
Teresa, lo que no se comparte, se pierde.
Si hacemos mucha comida y no la compartimos, seguramente la mayor
parte se echará a perder. Así ocurre con los buenos
sentimientos. A muchos de nuestros Juan Golondrina que
están en las calles no les duele tanto que no les demos nada,
pero sí sentir nuestro rechazo. Es un buen momento para compartirles
nuestro pavo y nuestra esperanza. Merecen también un gesto
de buena voluntad, una palabra de aliento, una oración, nuestros
hermanos que estarán en los hospitales, en los orfanatos
y en las cárceles o que están sin empleo, sin techo
o sin la posibilidad de recibir afecto en Navidad.
Es el momento de ponernos positivos y pensar que viene, como cantaba
Cheo García con la Billos Caracas Boys, año
nuevo, vida nueva, más alegres los días serán...
con salud y con prosperidad.
Gracias a David Omar Jovel, Jaime Manzanares, Carlos Enrique Consalvi,
Memito Cañadas, María Teresa Villalta Madrid y a Edgar
Álvarez, de Stereo Club, por sus comentarios y por motivarnos
a escribir sobre los 70 y los 80, y al arquitecto Daniel Rucks por
recordarnos que el futuro nos sigue perteneciendo a los soñadores,
tanto como el hecho de que el hombre empieza a morir en el preciso
momento en que deja de soñar.
Para todos nuestros lectores y amigos, ¡que Dios sea su Navidad
cada día del 2004!
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