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Tema
del momento
Se
acerca la Navidad...
La
Navidad, desde tiempos inmemorables, ha sido también una
fiesta de alegría y de muy buenos momentos.
Ya estamos en Navidad, oímos decir desde hace días.
¿Acaso no nos lo muestran las páginas publicitarias
de los periódicos, los anuncios de televisión, las
miles de lucecitas de los grandes supermercados? Y lo triste es
que, para muchos, eso será toda la Navidad. Se sumergirán
en el ajetreo y el barullo de las compras apresuradas, los compromisos
sociales, los obligados regalos y felicitaciones, adornar el árbol,
llevar a los niños a que vean al infaltable Santa Claus,
antigua creación de la Coca-Cola y que personifica
muy bien todo lo que de artificial, comercial y a-religioso tiene
esta fiesta para muchos.
Pero ¿es eso la Navidad? Desde luego que no. En un círculo
algo más profundo que todos esos estereotipados y desnaturalizados
elementos navideños, encontramos una fiesta íntima,
familiar, una ocasión para volver a reunirse los miembros
de una familia, a los que, a lo peor, las necesidades de la vida
les obligó a separarse y dispersarse muy lejos. Que lo diga,
si no, nuestro aeropuerto en estos días. Esto sí ya
es respetable y entrañable. Además, de algún
modo, eso sí tiene conexión con la esencia histórica
y religiosa de esta festividad, porque ese Niño que ha nacido,
ese Niño que se nos ha dado, no baja de una nube, ni surge
de la tierra, debajo de un repollo, sino que nace de una madre,
tiene un padre que le acepta como hijo suyo, es un Niño que
nace en la pobreza, pero con todo el calor y el amparo acogedor
de una verdadera familia.
La Navidad, desde tiempos inmemorables, ha sido también una
fiesta de alegría y de muy buenos momentos y recuerdos para
muchos niños. Pero desgraciadamente no para todos los niños.
¿Cuántos niños entre nosotros no tendrán
ni un regalo, ni unos dulces, por modestos que sean, en esta Navidad?
Aunque yo sé que en nuestro país tenemos mucha gente
de buen corazón que buscará en estos días la
felicidad de darse y de dar, de encontrar el tiempo y los recursos
necesarios para acudir a entregar un poco de alegría y de
ilusión a los que tienen poco o nada, principalmente a los
más pequeños, a los que viven en condiciones que pueden
igualarse a las del portal de Belén.
Y en el Belén actual, en esa pequeña ciudad de Tierra
Santa ¿cómo será este año su Navidad?
¿Nacerá el Niño allí, asediado de nuevo
por el odio criminal de los insensatos de ambos bandos? El Niño
Dios vino a traer la paz ¡Noche de paz, noche de amor
!
pero ni los poderosos, ni los violentos entienden nada del mensaje
universal de esta fiesta cristiana.
Se acerca la Navidad
una fiesta de un Niño recién
nacido; una fiesta de un Niño, para los niños y para
los que saben volverse niños. Pero no fue, no es, como se
pinta en alguna de las tarjetas de felicitación de esta época.
Allí el niñito semeja un muñequito de juguete
y aparece rodeado de animalitos y de angelitos dibujados al estilo
de una película del antiguo Walt Disney. No, no se trata
de un mito. No es un bello cuento de hadas. Tampoco como aparece
en otras tarjetas con el muérdago, el acebo y el abeto
adornado, se conmemora una vieja fiesta de los druidas europeos.
San Francisco de Asís lo entendió muy bien cuando
construyó el primer nacimiento con ingenuas figuras, porque
el buen cristiano no aborrece las imágenes y mucho menos
si son esas ingenuas figuritas de los belenes tradicionales, porque
el cristianismo auténtico no el cristianismo light
es una religión de encarnación, de un
Dios que se hace hombre, verdadero hombre, de carne y hueso, y que,
por ello, no desprecia, sino que ama y ennoblece, no sólo
nuestro espíritu, sino también nuestros cuerpos. San
Francisco entendió así muy bien que los seres humanos
necesitamos que lo divino nos entre también por los sentidos,
lo que es inefable.
Pienso que ahora que se acerca la Navidad, si queremos que lo familiar
y lo infantil de esta fiesta tenga un mayor y más hondo sentido,
debemos encontrar momentos de silencio, de recogimiento y de meditación,
frente a un ingenuo Portal de Belén, o frente a una silenciosa
imagen del Niño Jesús. Recobraremos así algo
de lo mejor de la infancia: saber admirar, saber sorprenderse, volver
a descubrir lo que en aquella Navidad ocurrió.
Juan Pablo II comenta en su Rosarium Virginis Mariae que nadie
se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación
del rostro de Cristo (
) Cuando, por fin, lo da
a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente
sobre el rostro de su Hijo, cuando lo envolvió en pañales
y le acostó en un pesebre (Lc 2,7). Desde entonces, su mirada,
siempre llena de adoración y asombro, no se apartará
jamás de Él. Debemos volver a saber mirar cómo
debió ser aquella primera y definitiva Nochebuena. Hay que
saber asombrarse con lo maravilloso, pero real, de todo aquello,
creer en esa verdad, en esa feliz noticia de que Dios ha nacido,
de que está entre nosotros.
Y está, no como el Dios terrible de los ejércitos
o del Juicio Final, sino como un pobre e inocente niño que
nos sonríe y nos pide que dejemos los odios, las venganzas,
los rencores y toda clase de violencias y que aprendamos de Él,
lo que es la paz, lo que es el amor y en donde se encuentra la verdadera
felicidad.
*Dr. en Medicina y columnista
de El Diario de Hoy.
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