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Tema del momento
Se acerca la Navidad...

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

La Navidad, desde tiempos inmemorables, ha sido también una fiesta de alegría y de muy buenos momentos.

Ya estamos en Navidad, oímos decir desde hace días. ¿Acaso no nos lo muestran las páginas publicitarias de los periódicos, los anuncios de televisión, las miles de lucecitas de los grandes supermercados? Y lo triste es que, para muchos, eso será toda la Navidad. Se sumergirán en el ajetreo y el barullo de las compras apresuradas, los compromisos sociales, los obligados regalos y felicitaciones, adornar el árbol, llevar a los niños a que vean al infaltable Santa Claus, antigua creación de la “Coca-Cola” y que personifica muy bien todo lo que de artificial, comercial y a-religioso tiene esta fiesta para muchos.

Pero ¿es eso la Navidad? Desde luego que no. En un círculo algo más profundo que todos esos estereotipados y desnaturalizados elementos navideños, encontramos una fiesta íntima, familiar, una ocasión para volver a reunirse los miembros de una familia, a los que, a lo peor, las necesidades de la vida les obligó a separarse y dispersarse muy lejos. Que lo diga, si no, nuestro aeropuerto en estos días. Esto sí ya es respetable y entrañable. Además, de algún modo, eso sí tiene conexión con la esencia histórica y religiosa de esta festividad, porque ese Niño que ha nacido, ese Niño que se nos ha dado, no baja de una nube, ni surge de la tierra, debajo de un repollo, sino que nace de una madre, tiene un padre que le acepta como hijo suyo, es un Niño que nace en la pobreza, pero con todo el calor y el amparo acogedor de una verdadera familia.

La Navidad, desde tiempos inmemorables, ha sido también una fiesta de alegría y de muy buenos momentos y recuerdos para muchos niños. Pero desgraciadamente no para todos los niños. ¿Cuántos niños entre nosotros no tendrán ni un regalo, ni unos dulces, por modestos que sean, en esta Navidad? Aunque yo sé que en nuestro país tenemos mucha gente de buen corazón que buscará en estos días la felicidad de darse y de dar, de encontrar el tiempo y los recursos necesarios para acudir a entregar un poco de alegría y de ilusión a los que tienen poco o nada, principalmente a los más pequeños, a los que viven en condiciones que pueden igualarse a las del portal de Belén.

Y en el Belén actual, en esa pequeña ciudad de Tierra Santa ¿cómo será este año su Navidad? ¿Nacerá el Niño allí, asediado de nuevo por el odio criminal de los insensatos de ambos bandos? El Niño Dios vino a traer la paz —¡Noche de paz, noche de amor…!— pero ni los poderosos, ni los violentos entienden nada del mensaje universal de esta fiesta cristiana.

Se acerca la Navidad… una fiesta de un Niño recién nacido; una fiesta de un Niño, para los niños y para los que saben volverse niños. Pero no fue, no es, como se pinta en alguna de las tarjetas de felicitación de esta época. Allí el niñito semeja un muñequito de juguete y aparece rodeado de animalitos y de angelitos dibujados al estilo de una película del antiguo Walt Disney. No, no se trata de un mito. No es un bello cuento de hadas. Tampoco —como aparece en otras tarjetas— con el muérdago, el acebo y el abeto adornado, se conmemora una vieja fiesta de los druidas europeos.

San Francisco de Asís lo entendió muy bien cuando construyó el primer nacimiento con ingenuas figuras, porque el buen cristiano no aborrece las imágenes y mucho menos si son esas ingenuas figuritas de los belenes tradicionales, porque el cristianismo auténtico —no el cristianismo “light”— es una religión de “encarnación”, de un Dios que se hace hombre, verdadero hombre, de carne y hueso, y que, por ello, no desprecia, sino que ama y ennoblece, no sólo nuestro espíritu, sino también nuestros cuerpos. San Francisco entendió así muy bien que los seres humanos necesitamos que lo divino nos entre también por los sentidos, lo que es inefable.

Pienso que ahora que se acerca la Navidad, si queremos que lo familiar y lo infantil de esta fiesta tenga un mayor y más hondo sentido, debemos encontrar momentos de silencio, de recogimiento y de meditación, frente a un ingenuo Portal de Belén, o frente a una silenciosa imagen del Niño Jesús. Recobraremos así algo de lo mejor de la infancia: saber admirar, saber sorprenderse, volver a descubrir lo que en aquella Navidad ocurrió.

Juan Pablo II comenta en su Rosarium Virginis Mariae que “nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo” (…) “Cuando, por fin, lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro de su Hijo, cuando lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre (Lc 2,7). Desde entonces, su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él”. Debemos volver a saber mirar cómo debió ser aquella primera y definitiva Nochebuena. Hay que saber asombrarse con lo maravilloso, pero real, de todo aquello, creer en esa verdad, en esa feliz noticia de que Dios ha nacido, de que está entre nosotros.

Y está, no como el Dios terrible de los ejércitos o del Juicio Final, sino como un pobre e inocente niño que nos sonríe y nos pide que dejemos los odios, las venganzas, los rencores y toda clase de violencias y que aprendamos de Él, lo que es la paz, lo que es el amor y en donde se encuentra la verdadera felicidad.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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