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Una mirada de fe
Una luz brilla en las tinieblas

Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy
E-mail: osrobla@hotmail.com
Como María y José recibamos amorosamente a Dios y permitámosle que nazca en nuestro corazón.

El 25 de diciembre celebraremos un año más del Nacimiento del Hijo Único de Dios. Durante los primeros siglos del cristianismo, sólo se celebraba la fiesta de la Pascua de Resurrección. Años más tarde comenzó la inquietud por celebrar la Natividad.

Ante la inseguridad de una fecha exacta, el Concilio de Nicea, en el año 325, decidió fijar el natalicio de Cristo durante el solsticio de invierno, o sea el 25 de diciembre, fecha en que los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, el nacimiento del Sol Invicto, un culto pagano muy popular que los cristianos no habían logrado suprimir.

La noche de Navidad está cerca y en ella vamos a celebrar el amor de Dios con  nosotros. “Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su propio Hijo para que quien crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Jn.3,16), el “pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierras de sombra, una luz resplandecía” (Is.9,1), expresiones que indican la profunda humildad de Dios, que quiso compartir nuestra naturaleza humana.

Jesús, en forma de niño se ha hecho carne en nuestra historia y nos ha enseñado la sonrisa visible de Dios, no ha ocultado su naturaleza divina y ha adoptado totalmente nuestra condición humana con todas sus consecuencias, menos el pecado.

Estamos viviendo un ambiente de sana alegría, con luces de colores, villancicos y tradiciones que nos hablan de la cercanía de la Nochebuena, y todo esto es muy bueno, pero no debemos dejarnos absorber por las cosas externas y olvidar los valores espirituales de estos días en los que Cristo, luz del mundo, viene a iluminar a los que caminan en tinieblas. Que no se nos apliquen las palabras de San Juan: “Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron”(Jn.1,11).

La celebración de la Navidad no tiene igual sentido para todos, para unos es sólo un acontecimiento comercial, para otros es una fiesta que reúne a la familia para tener una buena cena y compartir regalos; para otros será sólo una noche de diversión con sus amistades.

Para los que nos profesamos cristianos, la Navidad nos invita a reflexionar en el regalo más grande que Dios ha hecho a la humanidad, enviándonos a su propio hijo, para salvarnos del pecado.

La Navidad es un momento oportuno para recordar la providencia divina que nos ha dado muchas cosas y nos da la oportunidad de ayudar a tantas personas que, por no tener lo necesario, pasan esta fiesta en la pobreza y el olvido, sin poder comprar, ni regalar, ni gastar, sin vivir la dignidad de hijos de Dios.

Navidad es la fiesta de Dios, que nació pobre, solidarizándose con la humanidad para compartir nuestra fe y nuestra esperanza, es la fiesta del Hijo de Dios, que busca un espacio para habitar en la familia, en cada uno de nosotros, golpeando siempre la puerta de nuestro corazón y esperando una respuesta.

Si Dios se nos ha dado, se nos ha regalado, no identifiquemos la Navidad con los regalos materiales que damos o recibimos, sino con el regalarse, el darse a los demás. Regalemos un tiempo a la familia y compartamos juntos el amor de Dios. Es fácil dar algo, pero es mucho más comprometedor darse uno mismo.

El nacimiento de Jesús en una cueva, entre pastores, es una fuerte llamada a la  fraternidad y la solidaridad cristiana, pues mientras muchos tenemos donde dormir y comer, hay millones en el mundo que no han encontrado la mesa de la vida y la fraternidad de sus semejantes. ¡Qué pobreza en la que nació Jesús!, su amor es concreto y realista, nació y murió pobre.

Al celebrar Navidad no pensemos sólo en lo que sucedió hace dos mil tres años, celebremos el nacimiento del Hijo de Dios como un acontecimiento muy cercano a nuestras vidas. Él ha nacido y ha querido que seamos sus hermanos e hijos de Dios, y de nosotros depende que llegue a nuestros semejantes la ternura de Dios niño.

Como María y José recibamos amorosamente a Dios y permitámosle que nazca en nuestro corazón, acojamos y hagamos realidad en nuestra vida espiritual el mensaje de los ángeles de ser constructores de la paz en las familias y en la sociedad.

* Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa)

 

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