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Una
mirada de fe
Una
luz brilla en las tinieblas
Como
María y José recibamos amorosamente a Dios y permitámosle
que nazca en nuestro corazón.
El 25 de diciembre celebraremos un año más del Nacimiento
del Hijo Único de Dios. Durante los primeros siglos del cristianismo,
sólo se celebraba la fiesta de la Pascua de Resurrección.
Años más tarde comenzó la inquietud por celebrar
la Natividad.
Ante la inseguridad de una fecha exacta, el Concilio de Nicea, en
el año 325, decidió fijar el natalicio de Cristo durante
el solsticio de invierno, o sea el 25 de diciembre, fecha en que
los romanos celebraban el Natalis Solis Invicti, el nacimiento del
Sol Invicto, un culto pagano muy popular que los cristianos no habían
logrado suprimir.
La noche de Navidad está cerca y en ella vamos a celebrar
el amor de Dios con nosotros. Tanto amó Dios
al mundo que nos dio a su propio Hijo para que quien crea en Él
no se pierda, sino que tenga vida eterna (Jn.3,16), el pueblo
que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían
en tierras de sombra, una luz resplandecía (Is.9,1),
expresiones que indican la profunda humildad de Dios, que quiso
compartir nuestra naturaleza humana.
Jesús, en forma de niño se ha hecho carne en nuestra
historia y nos ha enseñado la sonrisa visible de Dios, no
ha ocultado su naturaleza divina y ha adoptado totalmente nuestra
condición humana con todas sus consecuencias, menos el pecado.
Estamos viviendo un ambiente de sana alegría, con luces de
colores, villancicos y tradiciones que nos hablan de la cercanía
de la Nochebuena, y todo esto es muy bueno, pero no debemos dejarnos
absorber por las cosas externas y olvidar los valores espirituales
de estos días en los que Cristo, luz del mundo, viene a iluminar
a los que caminan en tinieblas. Que no se nos apliquen las palabras
de San Juan: Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron(Jn.1,11).
La celebración de la Navidad no tiene igual sentido para
todos, para unos es sólo un acontecimiento comercial, para
otros es una fiesta que reúne a la familia para tener una
buena cena y compartir regalos; para otros será sólo
una noche de diversión con sus amistades.
Para los que nos profesamos cristianos, la Navidad nos invita a
reflexionar en el regalo más grande que Dios ha hecho a la
humanidad, enviándonos a su propio hijo, para salvarnos del
pecado.
La Navidad es un momento oportuno para recordar la providencia divina que
nos ha dado muchas cosas y nos da la oportunidad de ayudar a tantas
personas que, por no tener lo necesario, pasan esta fiesta en la
pobreza y el olvido, sin poder comprar, ni regalar, ni gastar, sin
vivir la dignidad de hijos de Dios.
Navidad es la fiesta de Dios, que nació pobre, solidarizándose
con la humanidad para compartir nuestra fe y nuestra esperanza,
es la fiesta del Hijo de Dios, que busca un espacio para habitar
en la familia, en cada uno de nosotros, golpeando siempre la puerta
de nuestro corazón y esperando una respuesta.
Si Dios se nos ha dado, se nos ha regalado, no identifiquemos la
Navidad con los regalos materiales que damos o recibimos, sino con
el regalarse, el darse a los demás. Regalemos un tiempo a
la familia y compartamos juntos el amor de Dios. Es fácil
dar algo, pero es mucho más comprometedor darse uno mismo.
El nacimiento de Jesús en una cueva, entre pastores, es una
fuerte llamada a la fraternidad y la solidaridad cristiana,
pues mientras muchos tenemos donde dormir y comer, hay millones
en el mundo que no han encontrado la mesa de la vida y la fraternidad
de sus semejantes. ¡Qué pobreza en la que nació
Jesús!, su amor es concreto y realista, nació y murió
pobre.
Al celebrar Navidad no pensemos sólo en lo que sucedió
hace dos mil tres años, celebremos el nacimiento del Hijo
de Dios como un acontecimiento muy cercano a nuestras vidas.
Él ha nacido y ha querido que seamos sus hermanos e hijos
de Dios, y de nosotros depende que llegue a nuestros semejantes
la ternura de Dios niño.
Como María y José recibamos amorosamente a Dios y
permitámosle que nazca en nuestro corazón, acojamos
y hagamos realidad en nuestra vida espiritual el mensaje de los
ángeles de ser constructores de la paz en las familias y
en la sociedad.
* Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don
Rúa)
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