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Milagro
sobre la roca
De
haberlas ingresado completas, habrían sido decomisadas
Jueves
de Corpus de 1917, a las 7:00 de la mañana, el volcán
de San Salvador escupió fuego y rocas con furia al cielo.
El estallido del coloso destruyó la ciudad de Santa Tecla
y poblaciones aledañas, lanzando lava volcánica cuyos
vestigios aún permanecen en el sector de Quezaltepeque.
En 1988 varias familias procedentes de diferentes zonas del país
llegaron a tan inhóspito sector, hoy conocido como cantón
Primavera, caserío El Milagro de la Roca, Quezaltepeque,
La Libertad.
Es un milagro que haya dos generaciones viviendo en una zona donde
las necesidades son muchas y la ayuda es poca. Según los
pobladores, el único auspicio es darle el título de
propiedad a esas tierras, aunque año con año se quiera
revivir el conflicto de la tenencia de tierra.
El agua y la electricidad no existen en la zona: el agua se encuentra
aproximadamente a un kilómetro de distancia, en un viejo
pozo de la Asociación Nacional de Acueductos y Alcantarillados,
Anda; se alumbran con velas de cera, o los conocidos quinqués.
Las piedras volcánicas son filosas al fracturarse, lo que
causa heridas profundas a los niños que corren a través
de ellas. Las piedras a veces producen vapor, más en épocas
de lluvias, y al mediodía absorben el calor del sol, lo que
vuelve la zona en una especie de parrilla natural.
Las pequeñas chozas de láminas y desperdicios de madera,
se levantan como islotes sobre las rocas, en una especie de suelo
falso, con tierra y ripio. Irónicamente está prohibido
botar tierra en la zona, lo cual ayudaría a las familias,
a librarse del filoso piso de la oscura lava.
El paisaje es conocido, pero no la precariedad que viven día
a día la comunidad que la componen casi setenta familias,
unida por las mismas necesidades y carencias y el sentimiento de
que algún día un milagro llegue a esas rocas.
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