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Analizando
¿Ha
llegado a ser demasiado pública la política pública?
Esas propuestas son injustificadas, inapropiadas y contrarias a las
recomendaciones de los expertos.
En 1897, la Cámara de Representantes del Estado estadounidense
de Indiana aprobó por unanimidad una legislación que
daba una nueva definición del valor de pi, constante matemática
que representa la relación entre la longitud de la circunferencia
de un círculo y la de su diámetro. Por fortuna, el
proyecto de ley no pasó del Senado de ese Estado.
Esa anécdota histórica podría inspirar una
risita sardónica a quienes recuerden sus matemáticas
del bachillerato, pero en todo el mundo se está pidiendo
cada vez más a personas inexpertas que formulen una política
pública que requiere una comprensión de fenómenos
científicos y tecnológicos complejos y sutiles.
¿Cómo se sabe si una ballena es un mamífero
o un pez?, pregunta una maestra a su clase de tercer curso.
¿Votamos?, dice, contento, un alumno.
Esa propuesta puede ser divertida por proceder de un niño,
pero no tiene la menor gracia cuando la aplican los gobiernos, como
hacen cada vez más, a políticas complejas que entrañan
fenómenos científicos y tecnológicos.
Por ejemplo, durante el verano pasado, los británicos emitieron
su opinión sobre si deseaban productos con genes empalmados
o genéticamente modificados en sus campos y en sus alimentos.
Para conocer la opinión pública antes de adoptar una
decisión prevista para un momento posterior de este año
sobre si debía permitir la plantación comercial de
cultivos genéticamente modificados, el Gobierno británico
patrocinó (con grandes gastos) una serie de debates públicos
por todo el país.
Pero la realidad no lo abona. Mark Henderson, corresponsal en materia
de ciencia para The Times (Londres), ofreció esta opinión
sobre la iniciativa del Reino Unido, cuyo costo ascendió
a medio millón de libras: Esa operación ha sido
una farsa desde el principio hasta el final. No estoy seguro de
desear que el hombre de la calle establezca la política de
Gran Bretaña en materia de ciencia, tecnología y agricultura.
En una de las seis reuniones... se dedicó gran parte del
tiempo a debatir si el virus del Sars (síndrome respiratorio
agudo y grave) podía proceder de un algodón genéticamente
modificado en China. Más probable sería que hubiera
procedido del espacio ultraterrestre.
Henderson observó también que quienes llevaron la
voz cantante en las reuniones fueron fanáticos antitecnología,
la única facción suficientemente organizada e inspirada
sobre la cuestión para asistir a ellas, lo que resulta coherente
con el dato de que el 79 por ciento de las 37.000 respuestas a los
cuestionarios estuvo orquestado por activistas.
También allende el Atlántico cunde la tendencia a
basar la política oficial en la opinión pública
sobre esas cuestiones.
La Fundación Nacional para la Ciencia (NSF), de Estados Unidos,
cuya misión primordial es la de apoyar las investigaciones
de laboratorio en muchas disciplinas, está financiando una
serie de foros de ciudadanos sobre tecnología,
a los que, por término medio, acuden americanos previamente
carentes de información para resolver una cuestión
espinosa en materia de tecnología.
Según el resumen hecho por la NSF del proyecto, que están
ejecutando investigadores de la Universidad del Estado de Carolina
del Norte, los participantes reciben información sobre
esa cuestión por parte de diversos expertos en la materia,
expertos en las consecuencias de la ciencia y la tecnología
y representantes de grupos de interés especial. Se considera
que así pueden alcanzar un consenso y, en última instancia,
formular recomendaciones.
El proyecto, fundado en 2002 para apoyar dos comisiones, requiere
la labor de ocho comisiones más este año, cada una
de ellas compuesta de 15 ciudadanos representativos de la
población local. Sus deliberaciones serán supervisadas
por un equipo de investigación compuesto de profesores
de retórica de la ciencia, adopción de decisiones
en grupo y ciencia política.
El equipo pondrá a prueba un método innovador
para calibrar la deliberación democrática y
también la teoría de la ciencia política,
investigando las relaciones entre la etnicidad, los sexos, la condición
socioeconómica baja y los aumentos de la eficacia y la confianza
en los reglamentadores.
Se trata del equivalente científico del arte por el arte,
pero que grupos de ciudadanos inexpertos (y reclutados mediante
anuncios en los periódicos) formulen recomendaciones sobre
una cuestión técnica abstrusa y compleja resulta considerablemente
más peligroso.
El primero de esos grupos financiados por la NSF abordó la
política reglamentadora de la biotecnología agrícola
y recomendó que el gobierno hiciera más estrictas
las reglamentaciones de los cultivos genéticamente modificados,
incluido el nuevo requisito de que los alimentos procedentes de
esos cultivos lleven un etiquetado que permita a los consumidores
reconocerlos.
Esas propuestas son injustificadas, inapropiadas y contrarias a
las recomendaciones de los expertos, tanto del gobierno como de
la comunidad científica.
Desde luego, la participación del público es decisiva
para su comprensión de la política gubernamental,
pero menos útil resulta para la formulación de la
política, en particular cuando ésta entraña
cuestiones complejas de ciencia y tecnología. La ciencia
no es democrática.
Los ciudadanos no votan sobre si una ballena es un mamífero
o un pez, o sobre la temperatura a la que hierve el agua. Los parlamentos
no pueden revocar las leyes de la naturaleza. Aun cuando mil millones
de personas acepten una idea absurda, sigue siendo absurda.
Copyright: Project Syndicate.
*Miembro del Instituto Hoover de la Universidad de Standford.
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