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Un
milagro
Sucedió
en una Navidad
La
ausencia de su amada le resultaba una pesada carga. Las tres niñas
quedaron a su cuidado, y con ellas sus necesidades de médicos,
vestuario.
En lugar del cariñoso Don Balta, ahora la mayoría
se refería a él como el amargo. No porque
fuera un mal hombre, todo lo contrario, pero la trágica muerte
de su esposa Glorita, en el terremoto de 2001, sembró en
su corazón un dolor tan grande que, simplemente, no podía
evitar comportarse como un tipo rudo y amargado.
La ausencia de su amada le resultaba una pesada carga. Las tres
niñas quedaron a su cuidado, y con ellas sus necesidades
de médicos, vestuario, deberes escolares y hasta los consejos
del corazón para Luz María, que pronto cumpliría
15 años.
Tampoco le resultaba sencillo ni placentero tener que encargarse
del lavado y planchado de la ropa, la cocina, el pago de recibos
y otros tantos detalles que su esposa manejaba a la perfección.
Sin mencionar el pequeño bazar en el mercado, que jamás
podría administrar como lo hacía Glorita, pues él
no poseía su trato suave ni su prudencia económica.
Desde que ella faltaba, sus empleados holgazaneaban o le robaban,
y cada día perdía más clientes debido a su
creciente mal genio.
La llegada de la Navidad había exacerbado su depresión
habitual; el pesado tráfico le hacía montar en cólera,
se sofocaba en las atestadas calles; los anuncios en la radio, la
prensa y la televisión le parecían una estupidez;
sentía deseos de patear a Santa Claus, de prenderle fuego
al árbol de Navidad y, sobre todo, de maldecir su suerte.
Por ello no fue extraño que se sintiera tan perturbado, porque
Claudita, su hija menor, de 4 años, tomó el papel
de regalo dorado que guardaba en el armario como recuerdo de la
última Navidad que Glorita estuvo con ellos.
Sin embargo, la dulzura e inocencia con que la pequeña le
confesó que lo había utilizado para envolverle un
regalo, le contuvo de estallar en regaños, por lo que se
limitó a fingir una sonrisa y olvidarse del asunto.
La Nochebuena llegó pronto. Ataviadas con unos vestidos desteñidos,
las niñas quemaron unas cuantas estrellitas, comieron lo
que él había comprado en el comedor de la esquina
y se pusieron a ver un viejo programa navideño en la televisión,
mientras él se sumió en los recuerdos, que, esa noche,
le causaban un dolor mayor que el de costumbre.
Los regalos del Niño Dios resultaron ser algunas bagatelas
que no se vendieron en el bazar. Y no se habría fijado en
la pequeña caja envuelta en papel dorado, si Claudita no
se la pone en las narices, apremiándolo a abrirla, para darse
cuenta de que estaba vacía.
Sin embargo, antes de dar rienda suelta a la andanada de reproches
con la que manifestaba su frustración, la niña le
detuvo con una curiosa historia.
Le contó que, días antes de la Navidad, tuvo un sueño
con su madre, en el que la veía sonriente, lindamente vestida,
en un lugar maravilloso, lleno de flores, fuentes, música
hermosa y acompañada por un apuesto caballero de barba, cabello
largo y una túnica blanquísima.
No obstante, su mamá le había confesado que su felicidad
no era total, pues desde ahí podía ver cómo
su padre llevaba una existencia miserable, llena de amargura, resentimiento
y culpabilidad.
Y que si ahora le visitaba en este sueño, era porque el caballero
de la túnica le había revelado la forma de ayudar
a Baltazar.
Por ello, su madre le reveló dónde estaba el papel
de regalo dorado y una cajita de cartón, que entre ambas
fueron llenando con besos, con amor, con buenos deseos, consuelo,
oraciones y milagros, de los cuales su padre debería echar
mano en sus momentos de mayor desesperación.
El amargo no pudo articular palabra, pero por primera
vez, desde el día de la tragedia, sintió que la tormenta
se alejaba de su vida; con los ojos arrasados por las lágrimas,
abrazó a sus hijas, se sirvió un plato rebosante de
comida, salió al pasaje a quemar la pólvora que aún
quedaba, saludó cariñosamente a sus vecinos y fijó
sus ojos en la estrella más brillante del hermoso cielo;
con la cajita apretada contra su pecho, aguardó el momento
de ir a la cama, sabía que nunca más estaría
solo y pronto volvería a ser Don Balta.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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