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Un milagro
Sucedió en una Navidad

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
scastellanos@elsalvador.com

La ausencia de su amada le resultaba una pesada carga. Las tres niñas quedaron a su cuidado, y con ellas sus necesidades de médicos, vestuario.

En lugar del cariñoso “Don Balta”, ahora la mayoría se refería a él como “el amargo”. No porque fuera un mal hombre, todo lo contrario, pero la trágica muerte de su esposa Glorita, en el terremoto de 2001, sembró en su corazón un dolor tan grande que, simplemente, no podía evitar comportarse como un tipo rudo y amargado.

La ausencia de su amada le resultaba una pesada carga. Las tres niñas quedaron a su cuidado, y con ellas sus necesidades de médicos, vestuario, deberes escolares y hasta los consejos del corazón para Luz María, que pronto cumpliría 15 años.

Tampoco le resultaba sencillo ni placentero tener que encargarse del lavado y planchado de la ropa, la cocina, el pago de recibos y otros tantos detalles que su esposa manejaba a la perfección.

Sin mencionar el pequeño bazar en el mercado, que jamás podría administrar como lo hacía Glorita, pues él no poseía su trato suave ni su prudencia económica. Desde que ella faltaba, sus empleados holgazaneaban o le robaban, y cada día perdía más clientes debido a su creciente mal genio.

La llegada de la Navidad había exacerbado su depresión habitual; el pesado tráfico le hacía montar en cólera, se sofocaba en las atestadas calles; los anuncios en la radio, la prensa y la televisión le parecían una estupidez; sentía deseos de patear a Santa Claus, de prenderle fuego al árbol de Navidad y, sobre todo, de maldecir su suerte.

Por ello no fue extraño que se sintiera tan perturbado, porque Claudita, su hija menor, de 4 años, tomó el papel de regalo dorado que guardaba en el armario como recuerdo de la última Navidad que Glorita estuvo con ellos.

Sin embargo, la dulzura e inocencia con que la pequeña le confesó que lo había utilizado para envolverle un regalo, le contuvo de estallar en regaños, por lo que se limitó a fingir una sonrisa y olvidarse del asunto.

La Nochebuena llegó pronto. Ataviadas con unos vestidos desteñidos, las niñas quemaron unas cuantas estrellitas, comieron lo que él había comprado en el comedor de la esquina y se pusieron a ver un viejo programa navideño en la televisión, mientras él se sumió en los recuerdos, que, esa noche, le causaban un dolor mayor que el de costumbre.

Los regalos del Niño Dios resultaron ser algunas bagatelas que no se vendieron en el bazar. Y no se habría fijado en la pequeña caja envuelta en papel dorado, si Claudita no se la pone en las narices, apremiándolo a abrirla, para darse cuenta de que estaba vacía.

Sin embargo, antes de dar rienda suelta a la andanada de reproches con la que manifestaba su frustración, la niña le detuvo con una curiosa historia.

Le contó que, días antes de la Navidad, tuvo un sueño con su madre, en el que la veía sonriente, lindamente vestida, en un lugar maravilloso, lleno de flores, fuentes, música hermosa y acompañada por un apuesto caballero de barba, cabello largo y una túnica blanquísima.

No obstante, su mamá le había confesado que su felicidad no era total, pues desde ahí podía ver cómo su padre llevaba una existencia miserable, llena de amargura, resentimiento y culpabilidad.

Y que si ahora le visitaba en este sueño, era porque el caballero de la túnica le había revelado la forma de ayudar a Baltazar.

Por ello, su madre le reveló dónde estaba el papel de regalo dorado y una cajita de cartón, que entre ambas fueron llenando con besos, con amor, con buenos deseos, consuelo, oraciones y milagros, de los cuales su padre debería echar mano en sus momentos de mayor desesperación.

“El amargo” no pudo articular palabra, pero por primera vez, desde el día de la tragedia, sintió que la tormenta se alejaba de su vida; con los ojos arrasados por las lágrimas, abrazó a sus hijas, se sirvió un plato rebosante de comida, salió al pasaje a quemar la pólvora que aún quedaba, saludó cariñosamente a sus vecinos y fijó sus ojos en la estrella más brillante del hermoso cielo; con la cajita apretada contra su pecho, aguardó el momento de ir a la cama, sabía que nunca más estaría solo y pronto volvería a ser “Don Balta”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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