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Meditando
¿Dónde
está Dios?
Desde
siempre fue un ávido lector; aprendiz in-cansable, absorbía
conocimientos como una esponja. Fue un niño alegre y chachalaco
(como le decía mi padre), pero tuvo desde pequeñito
la madurez y seriedad de un adulto. Por ese don especial, fue mi compañero
prefe-rido en los momentos de crisis.
P/ ¿Dónde está Dios? R/ En el cielo,
en la tierra y en todo lugar.
Así, sencillamente, aprendimos de niños, en el Catecismo,
los conceptos básicos y los fundamentos sólidos de
nuestra fe. Con los años y las experiencias posteriores,
comprendemos que la presencia de Dios va mucho más allá.
Para descubrirla, basta poner un poquito de atención.
Dios está siempre con nosotros, pero muchas veces no somos
conscientes de lo que eso significa
hasta que la vida se encarga
de abrirnos los ojos.
En mi caso, fueron una seguidilla de tragedias y el peligro de muerte
los que me dieron a cambio el regalo invaluable de palpar
a Dios. Jamás hubiera querido que todo eso sucediera, pero
reconozco que mi vida ha sido más plena y completa desde
entonces, desde que veo a Dios a mi lado. En todo.
En un amanecer de noviembre, mi segundo hijo y yo tuvimos la oportunidad
de ver caer el último lucero de una lluvia de estrellas.
Ambos nos maravillamos ante tanta belleza y dijimos: ¡Qué
grande es Dios!.
Más nos maravillamos cuando, tres horas después, asistíamos
juntos al nacimiento de Sofía mi nieta y su sobrina
y futura ahijada a quien de inmediato pusimos el sobrenombre
de Estrellita del amanecer.
Y ambos comentamos: ¡Qué bello momento, en el
que Dios está presente, enviando esta criaturita al mundo!.
Del fondo del corazón elevamos una plegaria, agradeciendo
al Señor por su bondad y por el privilegio de hacerle nacer
de unos padres que le esperaban con infinita ilusión, rodeada
por el amor de varios tíos, primos, tres abuelos y cuatro
bisabuelos.
Sofía era la mensajera de Dios y el consuelo que Él,
Padre amoroso, nos enviaba. Tres semanas después, exactamente,
besé por última vez a aquel hijo con quien contemplé
la estrellita del amanecer.
Un hijo es nuestra carne y sangre, nuestra alma y corazón,
nuestra mente y pensamiento. Ese es el milagro y la cruz
de la maternidad: vivimos y morimos a través de ellos. Y
¡cuánta vida recibí yo de este hijo, que no
conoció el egoísmo!
Desde siempre fue un ávido lector; aprendiz incansable, absorbía
conocimientos como una esponja. Fue un niño alegre y chachalaco
(como le decía mi padre), pero tuvo desde pequeñito
la madurez y seriedad de un adulto.
Por ese don especial, fue mi compañero preferido en los momentos
de crisis; con su serenidad y paciencia me llenaba de fortaleza,
ya se tratara sólo de visitar al dentista, o del dolor inmenso
de perder a mis padres, hermanos y sobrinos.
Siendo el hijo de en medio, se preocupaba por sus hermanos,
tanto del menor como de la mayor, porque ella, aunque grande,
es una niña y debo cuidarla. Me consta que entre ambos
le molestaban, pero nunca les acusó; por el contrario, les
defendía y ocultaba sus travesuras.
Al crecer, compartimos libros, viajes, gustos y, principalmente,
las grandes pequeñas cosas de la rutina diaria.
Trabajábamos juntos, regresábamos a casa en compañía,
nos dábamos mutuo apoyo para madrugar al gimnasio; cuando,
a causa de una dolencia, me sobrevenían dolores insoportables,
era él quien me inyectaba. Vivimos juntos disgustos y alegrías,
de todas clases y tamaños.
Cuando decidió tomar un diplomado, me motivó a que
yo también lo hiciera y juntos pasamos un año de estudios,
tareas, desvelos y trabajos.
A mi edad, volver a las aulas fue una verdadera epopeya, pero tuve
éxito gracias a su ayuda constante, la paciencia de sus explicaciones
y sus exigencias como mentor. Juntos nos graduamos. Esa noche, él
estaba tan orgulloso de mí, como yo lo había estado
de él en tantas ocasiones.
Comprendo ahora que él no creció junto a mí,
fui yo quien creció junto a él. Durante 35 años.
Una vida y un soplo. Una felicidad inmensa y un puñal de
dolor.
¿Dónde está Dios?
En el cielo, en la tierra y en todo lugar; en el Santísimo
Sacramento del Altar, en las alegrías y tristezas, en los
corazones, en la belleza del mundo y la furia de los elementos.
Pero Su Divina Presencia nunca es tan evidente como cuando (sabedor
de la pena que nos causará, triste su mirada y lleno de misericordia
su Sagrado Corazón) vine a llevar consigo al hijo que, un
día feliz, nos concedió en préstamo.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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