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Meditando
¿Dónde está Dios?

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Desde siempre fue un ávido lector; aprendiz in-cansable, absorbía conocimientos como una esponja. Fue un niño alegre y “chachalaco” (como le decía mi padre), pero tuvo desde pequeñito la madurez y seriedad de un adulto. Por ese don especial, fue mi compañero prefe-rido en los momentos de crisis.

“P/ ¿Dónde está Dios? R/ En el cielo, en la tierra y en todo lugar”.

Así, sencillamente, aprendimos de niños, en el Catecismo, los conceptos básicos y los fundamentos sólidos de nuestra fe. Con los años y las experiencias posteriores, comprendemos que la presencia de Dios va mucho más allá.

Para descubrirla, basta poner un poquito de atención.

Dios está siempre con nosotros, pero muchas veces no somos conscientes de lo que eso significa… hasta que la vida se encarga de abrirnos los ojos.

En mi caso, fueron una seguidilla de tragedias y el peligro de muerte los que me dieron a cambio el regalo invaluable de “palpar” a Dios. Jamás hubiera querido que todo eso sucediera, pero reconozco que mi vida ha sido más plena y completa desde entonces, desde que “veo“ a Dios a mi lado. En todo.

En un amanecer de noviembre, mi segundo hijo y yo tuvimos la oportunidad de ver caer el último lucero de una lluvia de estrellas. Ambos nos maravillamos ante tanta belleza y dijimos: “¡Qué grande es Dios!”.

Más nos maravillamos cuando, tres horas después, asistíamos juntos al nacimiento de Sofía —mi nieta y su sobrina y futura ahijada— a quien de inmediato pusimos el sobrenombre de “Estrellita del amanecer”.

Y ambos comentamos: “¡Qué bello momento, en el que Dios está presente, enviando esta criaturita al mundo!”. Del fondo del corazón elevamos una plegaria, agradeciendo al Señor por su bondad y por el privilegio de hacerle nacer de unos padres que le esperaban con infinita ilusión, rodeada por el amor de varios tíos, primos, tres abuelos y cuatro bisabuelos.

Sofía era la mensajera de Dios y el consuelo que Él, Padre amoroso, nos enviaba. Tres semanas después, exactamente, besé por última vez a aquel hijo con quien contemplé “la estrellita del amanecer”.

Un hijo es nuestra carne y sangre, nuestra alma y corazón, nuestra mente y pensamiento. Ese es el milagro —y la cruz— de la maternidad: vivimos y morimos a través de ellos. Y ¡cuánta vida recibí yo de este hijo, que no conoció el egoísmo!

Desde siempre fue un ávido lector; aprendiz incansable, absorbía conocimientos como una esponja. Fue un niño alegre y “chachalaco” (como le decía mi padre), pero tuvo desde pequeñito la madurez y seriedad de un adulto.

Por ese don especial, fue mi compañero preferido en los momentos de crisis; con su serenidad y paciencia me llenaba de fortaleza, ya se tratara sólo de visitar al dentista, o del dolor inmenso de perder a mis padres, hermanos y sobrinos.

Siendo el “hijo de en medio”, se preocupaba por sus hermanos, tanto del menor como de la mayor, “porque ella, aunque grande, es una niña y debo cuidarla”. Me consta que entre ambos le molestaban, pero nunca les acusó; por el contrario, les defendía y ocultaba sus travesuras.

Al crecer, compartimos libros, viajes, gustos y, principalmente, las grandes pequeñas cosas de la rutina diaria.

Trabajábamos juntos, regresábamos a casa en compañía, nos dábamos mutuo apoyo para madrugar al gimnasio; cuando, a causa de una dolencia, me sobrevenían dolores insoportables, era él quien me inyectaba. Vivimos juntos disgustos y alegrías, de todas clases y tamaños.

Cuando decidió tomar un diplomado, me motivó a que yo también lo hiciera y juntos pasamos un año de estudios, tareas, desvelos y trabajos.

A mi edad, volver a las aulas fue una verdadera epopeya, pero tuve éxito gracias a su ayuda constante, la paciencia de sus explicaciones y sus exigencias como mentor. Juntos nos graduamos. Esa noche, él estaba tan orgulloso de mí, como yo lo había estado de él en tantas ocasiones.

Comprendo ahora que él no creció junto a mí, fui yo quien creció junto a él. Durante 35 años. Una vida y un soplo. Una felicidad inmensa y un puñal de dolor.

¿Dónde está Dios?

En el cielo, en la tierra y en todo lugar; en el Santísimo Sacramento del Altar, en las alegrías y tristezas, en los corazones, en la belleza del mundo y la furia de los elementos.

Pero Su Divina Presencia nunca es tan evidente como cuando (sabedor de la pena que nos causará, triste su mirada y lleno de misericordia su Sagrado Corazón) vine a llevar consigo al hijo que, un día feliz, nos concedió en préstamo.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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