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Comentando
El fantasma versus Don Quijote De La Mancha

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo.com.sv

Harold Foster tuvo que haber sido un fanático de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel para crear al Príncipe Valiente, un clásico de las historietas.

De tanto en tanto aparecen en los periódicos moralinas y salmodias en contra de la televisión, las revista Selecciones, las tiras cómicas, los pasquines y las novelas de vaquero.

En este punto coinciden los fanáticos de todo signo y los arrogantes; los vanidosos intelectuales y la beatería de la doble moral.

Que si cuántos muertos ha visto un niño de 12 años que ve televisión no sé cuántas horas al día; que Selecciones es la enciclopedia de los imbéciles; que las tiras cómicas y las novelas de vaqueros son cultura de masas que en nada alimentan el espíritu... y otras célebres frases por el estilo.

Se recomienda, entonces, una niñez como la de Bernarda del Carpio, de “Cien años de soledad”. Aprender a tocar la pianola, leer sólo la Biblia y los clásicos, por ningún motivo dejar de asistir a las tres sesiones diarias en ese santuario que es el comedor familiar, aprender francés y buenos modales. ¡El aburrimiento enlatado al vacío! Además de ser la fórmula perfecta para fabricar mediocres y reprimidas personalidades.

¿Es acaso la literatura infantil clásica menos violenta que la televisión? Charles Perrault nos cuenta que el malvado Barba Azul había matado a media docena de sus esposas. La última se salvó por un pelo, gracias a la llegada, in extremis, de sus parientes. Los hermanos Grimm, por su parte, crearon un matrero lobo feroz que devoró a dentelladas a una pobre abuelita y se engulló después a una dulce niña. Caperucita fue devuelta a la vida por un leñador que literalmente destazó al lobo.

¿Y qué decir del sufrimiento en los cuentos infantiles? Andersen, en la “Pequeña vendedora de cerillas”, relata, ¡en un cuento para niños! cómo una huerfanita muere de la manera más triste en una nevada de Nochebuena. Y qué decir de los groseros maltratos y sufrimientos a los que fue sometida Cenicienta por la malvada madrastra y sus hermanastras. No faltará quien vea un fetichismo velado en el “affaire” de la zapatilla que volvió loco al príncipe del cuento.

Allá por los años setenta, recuerdo que alguien armó un escándalo por la desnudez de Modesty Blaise en las tiras cómicas de El Diario de Hoy. Se habló hasta de pornografía. ¿Qué es pornografía? ¿El cuerpo humano desnudo, aun en un dibujo, o la mente fantasiosa de quien la ve? La morena agente de la inteligencia británica creada en el año de 1963, por Peter O. Donell, parece hoy una timorata comparada con los vídeos de Madonna y Shakira.

Claro que hay que leer a los clásicos, aprender idiomas... y tocar la pianola si hay tiempo y dinero. Lo que no comparto para nada es ese desprecio por la cultura popular, llamada peyorativamente “de masas”. Hay, por ejemplo, una innegable y extraordinaria creatividad en William Hanna y Joseph Barbera, los creadores de Los Picapiedras, esa familia de las cavernas que lleva casi medio siglo conquistando corazones.

Una vez, en mis años de militancia revolucionaria, hubo un “cuadro de partido” que me advirtió que Los Picapiedras eran una sutil forma de alienación del pueblo, pues establecen, en la desprevenida mente de los niños, que el modo de producción capitalista es eterno e inamovible. De manera pues que ¡Muerte a Pedro Picapiedra! Con esas enseñanzas se explica en alguna manera la tozuda oposición a los tratados de libre comercio, por los cavernícolas modernos.

Confieso que en mi adolescencia disfrutaba tanto leyendo las prodigiosas novelas de Julio Verne, como las novelillas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Recuerdo una escena en la que el héroe Johnny Río, espaldas anchas, cintura estrecha, ojos grises como la muerte, fue derribado en un “Saloon” por “Cecina” Colter, el más cruel de los pistoleros de Abilene y sus alrededores.

Johnny cayó al suelo. “Cecina” Colter levantó el pie calzado con una enorme bota vaquera para patear la cara del héroe. Entonces Johnny Río, tirado en el piso, con uno de esos movimientos imposibles de seguir con la vista, desenfundó la Colt, apuntó hacia arriba, disparó... y el mundo tuvo un cojo más. La frase final es simplemente genial.

De la revista Selecciones traté de aprender, leyendo las secciones de “Dramas de la vida real” y “Libros condensados”, la forma en que se estructura un reportaje y el estilo ameno, directo y claro de su redacción.

Los pasquines y las tiras cómicas fueron para mí muy preciada fuente de estímulo para la imaginación: Linterna verde y su maravillosa sortija; Superman derrotando siempre al malvado Lex Luthor; Flash, el rayo escarlata, que daba la vuelta a la Tierra en sólo siete minutos; La Mujer Maravilla y su lazo mágico. Todo un escándalo de fantasías.

Cruzando el borde de la infancia hacia la adolescencia, era un adicto a las historietas de El Fantasma, el héroe creado por Lee Falk. El primer Fantasma había jurado, hace siglos, ante la calavera de su padre asesinado por los piratas, dedicar toda su vida a combatir la injusticia. Desde entonces todos sus descendientes, hasta nuestros días, han hecho lo mismo.

El último Fantasma, aunque vive en plena jungla, se educó en Oxford y es casado con Diana Palmer, funcionaria de las Naciones Unidas.

Ya en la adolescencia, leyendo Hamlet y Don Quijote de la Mancha, comprendí que Lee Falk jamás habría creado su héroe sin antes haber leído a Shakespeare y a Cervantes. Harold Foster tuvo que haber sido un fanático de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel para crear al Príncipe Valiente, todo un clásico de las historietas.

Tengo la leve sospecha de que los que desprecian la llamada cultura popular tampoco han leído la gran literatura.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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