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Tema para meditar
La palabra “puro” se emplea hoy con mayor frecuencia

Edgar López Bertrand*
El Diario de Hoy
Editorial
editorial@elsalvador.com

La palabra “puro” está regresando... y ya era hora de que lo hiciera. Como muchas palabras que pasan de moda y luego vuelven a aparecer, el término “puro” se utiliza de nuevo con un significado algo diferente, que, según mi opinión, es aún mejor.

Si bien en algún momento la palabra “puro” describía a una persona de una naturaleza casi santa, ahora se la emplea con mayor frecuencia no para describir personas, sino cosas. “Eso es tan puro”, podría decir un joven hoy día con un efecto de admiración, hasta de asombro. ¿Qué significa? Si algo es puro, en realidad, ¿cómo es? Como mínimo, es fuerte, genuino e indiscutiblemente bueno. Es poderoso y merecedor de respeto.

“Sexo puro” no son palabras de significado opuesto. Describe la relación sexual como su diseñador quiso que fuera: merecedora de admiración, absolutamente correcta, no manoseada por un uso impropio y sin mancha alguna proveniente del pecado y el egoísmo. No hay nada malo ni chocante en nuestra sexualidad inherente. Nunca lo hubo. Si parece haberlo, se debe sólo a que el hombre moderno no sabe qué es en verdad el sexo. No puede saberlo, porque ha separado la creación de su Creador y, por lo tanto, tiene una visión lamentablemente distorsionada.

Alguien podría decir: “¡Pero eso es ridículo! Por supuesto que sabemos qué es el sexo. Estamos liberados sexualmente. Somos espectadores informados de los presentadores de estos temas en la televisión. Hemos asistido a clases, leído libros y visto películas. Y muchos de nosotros hemos experimentado bastante. ¿Cómo podríamos ser ignorantes respecto al sexo cuando vivimos en una sociedad saturada de sexo?” Entonces... ¿Para qué otro tema sobre el sexo? Porque si bien tal vez estemos abrumados con información sexual acerca del “cómo”, todavía tenemos hambre de integridad, todavía buscamos satisfacción. Y puesto que toda verdad es la verdad de Dios, necesitamos con urgencia escuchar lo que Él dice del sexo.

Joselyn Elders, ex directora general de Sanidad de Estados Unidos, dijo: “Les hemos enseñado a nuestros hijos qué hacer en el asiento delantero del automóvil, ahora debemos enseñarles qué hacer en el asiento trasero”. Permítanme sugerir que cuando una de cada cinco adolescentes ha quedado embarazada antes de los diecinueve años, la mecánica de los asientos traseros ya no constituye un misterio. Pero el sexo puro sí lo es.

Cuando (dependiendo del estudio que lea) de un cuarto a la mitad de los hombres y las mujeres casados han sido infieles, cuando uno de cada seis estadounidenses padece una enfermedad venérea, cuando el Sida es la principal causa de mortalidad de personas de entre veintiséis y cuarenta y cuatro años, y aún así la falta de deseo es una queja común en los consultorios de los sexólogos y consejeros, tener mayor información sobre el sexo no es la solución. No necesitamos más panfletos ni programas ni lemas políticamente correctos como “Sin protección, no hay amor”. Necesitamos conocer una forma nueva (o, en realidad, muy antigua) de ver las cosas. Necesitamos redescubrir la relación sexual pura, la cual no tiene relación con la mecánica.

El sexo no es sólo algo que hacemos. Es algo que somos. El sexo es una parte de nuestra identidad como hombres y mujeres creados a la imagen de Dios, y es un hermoso símbolo de nuestra relación con Él. La sexualidad humana no puede entenderse simplemente como algo separado de la relación. El sexo que los clubes de hombres y los pornógrafos ofrecen es una enorme distorsión, a años luz de distancia de lo que en realidad es. Richard Foster, en su libro “Money, Sex, and Power” (Dinero, sexo y poder) habla de quienes hacen un uso indebido del sexo y lo explotan: “Eliminan por completo las relaciones y restringen la sexualidad a los estrechos confines de los genitales. Han convertido al sexo en algo trivial.” ¡Foster ha dado en el blanco!

Como resultado de nuestro sexo trivializado, ha sucedido algo asombroso. Nos hemos convertido en una cultura que es cada vez más activa sexualmente, pero cada vez menos satisfecha. Tenemos una libertad sexual sin precedentes junto con una desilusión sexual sin comparación. Estamos metidos en la trampa engañosa que hemos diseñado nosotros mismos.
Muchos de nosotros estamos enfermos físicamente, dañados sicológicamente, insatisfechos emocionalmente y vacíos espiritualmente. Hemos dejado de lado el verdadero gozo de la relación sexual en busca del siguiente encuentro sexual y llegamos a creer que la pasión es algo que, con suerte, dura cinco minuto.
Aceptamos una imitación del producto genuino, y recién estamos comenzando a darnos cuenta de la tragedia de nuestro propio error. Para una mejor relación sexual con tu esposa, deja que Jesucristo controle tus compulsiones.

*Pastor.

 

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