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Domingo 7 de Diciembre
 

 

 
 

Una mirada de fe
Un Ave María con Bartolomé Garelli

Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy
E-mail: osrobla@hotmail.com

Don Bosco le impartió una pequeña lección de catecismo y le invitó a rezar un Ave María.

Entre las fiestas religiosas que se celebran en nuestros pueblos y ciudades, ocupa un puesto especial la de la Inmaculada Concepción de María, declarado dogma el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX.

Ésta es una fecha que la Familia Salesiana celebra con especial dedicación año con año, pues en un día como éste nace la Obra de Don Bosco.

Juanito Bosco, nacido en I Becchi, Turín, Italia, experimentó desde muy pequeño lo que era quedar huérfano de padre y vivir en extrema pobreza.

Por eso, siendo ya sacerdote, consagró totalmente su vida al bien de la juventud pobre y abandonada.

Su madre, Margarita, que supo afrontar con valentía todas las penurias, le educó con ternura y fortaleza, infundiéndole una sólida formación humana y cristiana, que recordará hasta el día de su muerte.

Teniendo nueve años, sueña con una multitud de niños que reían, jugaban, peleaban y blasfemaban. Queriendo callarles a puñetazos, se le aparece un personaje que le llama por su nombre y le dice: “No con golpes, sino con amor y dulzura”.

Extrañado por lo que sucedía, vio también a una Señora que le decía: “He aquí tu campo, hazte humilde, fuerte y robusto”. Años más tarde, lograría comprender muy emocionado el significado de lo que había soñado.

Tenía pocos meses de haber sido ordenado sacerdote, cuando, al visitar las cárceles de Turín, se horrorizó al contemplar gran cantidad de jóvenes sanos y fuertes que estaban ociosos y carentes de pan material y espiritual.

Esa situación golpeó con fuerza su vida y le motivó a consagrase en cuerpo y alma al bien de la juventud para salvarla de aquella experiencia traumatizante. Eran jóvenes a los que les faltaba el calor de una familia, educación, trabajo y religión. Necesitaban una mano amiga que les comprendiera y les ayudara a alejarse de los vicios.

 El 8 de diciembre de 1841, se encontraba Don Bosco revistiéndose para celebrar la Eucaristía en la Iglesia de San Francisco de Asís, cuando vio que el sacristán invitaba a un jovencito para que le ayudara en la misa, pero como respondió que no sabía, cogió una escoba y comenzó a golpearle en la espalda y la cabeza. “¿Qué haces? —gritó Don Bosco—.

Ese muchacho es mi amigo, ve y tráelo”. El muchacho se presentó temblando de miedo y llorando. Don Bosco le preguntó amablemente si había oído misa, a lo que el joven respondió que no. “Ven y la oirás”, le dice el santo.

“Después me gustaría hablarte de un negocio que te va a gustar”. Al finalizar la misa, le llevó al coro, asegurándole que ya nadie le pegaría, y entonces empezó a preguntarle: “Amigo mío, ¿cómo te llamas?”...

“Mi nombre es Bartolomé Garelli”, le replicó. Respondió tímidamente a todas las preguntas, diciéndole que era huérfano de padre y de madre, que tenía dieciséis años, no sabía leer ni escribir, no sabía cantar, nunca se había confesado ni había hecho la Primera Comunión, porque tenía vergüenza de ir a la catequesis.

Don Bosco le impartió una pequeña lección de catecismo y le invitó a rezar un Ave María. Aquella lección tenía un valor extraordinario y de insospechado alcance, pues fue la piedra angular para que desde ese momento se empezara a construir una gigantesca obra educativa que llegaría a casi todos los países del mundo.

Don Bosco se da cuenta de que Bartolomé no tiene pilar en el cual apoyarse ni familia ni escuela y mucho menos iglesia. Le ofrece su amistad para que se sienta en familia, le promete escuela y le imparte una catequesis para que se crea hijo de Dios.

En 1885 Don Bosco decía en una conferencia: “Todas las bendiciones que nos han llovido del cielo son el fruto del Ave María rezada con fervor y recta intención junto al jovencito Bartolomé Garelli en la Iglesia de San Francisco de Asís” (MB 17,510). Con frecuencia decía a sus colaboradores laicos: “El educador ha de hacerse amar de sus jóvenes si desea hacerse respetar… el que quiera ser amado, es necesario que demuestre que ama… el profesor que sólo aparece en la clase, será un buen profesor, pero nada más… pero si conoce a los alumnos y se interesa por ellos será, además, amigo y podrá influir en sus vidas”.

La verdad es que el eslogan salesiano “educar evangelizando y evangelizar educando” es el secreto para llegar al corazón del joven y hacer de él un buen cristiano y un honrado ciudadano, como ciertamente lo fue Bartolomé Garelli.

*Párroco de la Iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).

 

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