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Tema del momento
La política del espectáculo

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com


Tienen razón los politólogos que piensan que “cuando las campañas buscan el espectáculo, el líder mediático encuentra su medio natural” .

Esta campaña electoral no deja de sorprendernos cada día. Por un lado, estamos viendo una marcada personalización política de la contienda y, por otra parte, muy en línea con lo anterior, hay una evidente concentración informativa en las actividades proselitistas de los principales actores en juego. La explicación parece estar a la vista: la política salvadoreña se ha convertido en un espectáculo mediático de grandes proporciones, y estas elecciones no podían ser la excepción.

A estas alturas de la recién estrenada campaña, los medios ya nos anticiparon buena parte de los rasgos personales de los protagonistas. En otras palabras, ahora conocemos con profusión de detalles acerca del perfil humano y profesional de los candidatos presidenciales. Por ejemplo, sabemos la historia personal de la fructífera carrera empresarial del candidato más joven y menos rodado en la política; los antecedentes ideológicos y el difícil carácter del candidato setentañero; las luces y sombras en la vida profesional y pública de un ex alcalde capitalino, y la dilatada labor legislativa del diputado más viajero, ahora también convertido en aspirante a Presidente de la República.

Asimismo, ya estamos enterados de los resultados de las primeras encuestas. Ciertamente, han sido buenas noticias para alguno de los contendientes, pero esos datos no garantizan nada. Es más, los sondeos, aunque reflejan niveles aceptables de reconocimiento popular de las principales figuras en cuestión, nunca predicen nada a futuro, simplemente representan una foto instantánea de una muestra de la opinión pública en un momento determinado. Por lo tanto, a mi juicio, estos no deberían marcar tan decisivamente la pauta del espectáculo político.

Por otra parte, también sabemos que la competencia será feroz, que no se puede y no se debe dar nada por sentado, es decir, que aún queda mucho camino por recorrer en esta peculiar contienda. Además, el ambiente se está crispando demasiado entre los activistas de los dos partidos mayoritarios. La violencia interpartidista empieza a preocupar y no se ve mucha voluntad por frenarla. De hecho, este ánimo de confrontar genera mucha polarización e inseguridad ciudadana.

Qué duda cabe de que el espectáculo es un elemento fundamental en los procesos democráticos contemporáneos. En este sentido, parece claro que las frases hechas, las imágenes impactantes y los gestos simbólicos han desplazado al discurso político a un segundo plano. De hecho, en las sesiones públicas ya no se discuten o deliberan ideas, sino que más bien se ejecutan unas actuaciones de acuerdo con un guión previamente establecido. Por ejemplo, basta observar en la cobertura informativa, el resumen de las plenarias en la Asamblea Legislativa: el debate gira siempre de forma automática alrededor de las caras conocidas de nuestro espectro político.

De cualquier forma, la imagen, más que un producto estático, es un proceso en continua evolución que corre en paralelo con la capacidad de influencia de los medios. Por este motivo, el candidato electoral figura públicamente para ser observado por todos, para simbolizar acciones y representar proyectos específicos de su partido. Tienen razón los politólogos que piensan que “cuando las campañas buscan el espectáculo, el líder mediático encuentra su medio natural”. Y en el caso salvadoreño, sabemos a quiénes se refiere.

En efecto, se puede decir que los actuales candidatos presidenciales son los protagonistas de un show estratégicamente montado por los partidos políticos. Por lo tanto, entiendo que el propósito principal es atraer la atención de una gran cantidad de simpatizantes y, con ello, generar una mayor participación del llamado “voto duro”. Ciertamente, la realidad nacional demuestra que los niveles de participación civil en actividades político-partidistas está declinando de forma alarmante en nuestro país.

Sin embargo, seamos sinceros, este fenómeno de la espectacularización le está restando seriedad a la tradicional dinámica propositiva de las contiendas electorales. Ahora, como hemos dicho, importa mucho más la imagen del candidato que sus propuestas políticas. Resulta más atractivo entretener a los simpatizantes con las luces, colores y la música que exponer abiertamente los planes de solución a los problemas neurálgicos del país.

Indudablemente, en esto tenemos culpa muchos de nosotros, pues a menudo no hemos sido capaces de distinguir la verdadera razón de ser de una elección. Que tal como lo sugiere un amigo filósofo, una elección no es otra cosa que “un método para refrendar, legitimar y aumentar un poder social que ya se ha ganado antes”. En este sentido, la verdadera naturaleza del espectáculo no está en la campaña propiamente, sino en la valiosa conexión que permite vincular la oferta política del candidato con la realidad objetiva de progreso y dignidad que demanda el electorado.

Por esta razón, es preciso que a la par de la identidad del candidato presidencial y de la campaña publicitaria de su imagen, sepamos los propósitos específicos que se ha propuesto llevar a cabo si resulta ser el eventual ganador de los comicios. No podemos quedarnos sólo con su ambición de poder y con su apariencia, tenemos el derecho de enterarnos para qué estamos eligiendo una opción concreta por encima del resto.
*Doctorando en Comunicación Pública de la Universidad de Navarra, España.
 

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