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Tema
del momento
La
política del espectáculo
Tienen
razón los politólogos que piensan que cuando las
campañas buscan el espectáculo, el líder mediático
encuentra su medio natural .
Esta campaña electoral no deja de sorprendernos cada día.
Por un lado, estamos viendo una marcada personalización política
de la contienda y, por otra parte, muy en línea con lo anterior,
hay una evidente concentración informativa en las actividades
proselitistas de los principales actores en juego. La explicación
parece estar a la vista: la política salvadoreña se
ha convertido en un espectáculo mediático de grandes
proporciones, y estas elecciones no podían ser la excepción.
A estas alturas de la recién estrenada campaña, los
medios ya nos anticiparon buena parte de los rasgos personales de
los protagonistas. En otras palabras, ahora conocemos con profusión
de detalles acerca del perfil humano y profesional de los candidatos
presidenciales. Por ejemplo, sabemos la historia personal de la fructífera
carrera empresarial del candidato más joven y menos rodado
en la política; los antecedentes ideológicos y el difícil
carácter del candidato setentañero; las luces y sombras
en la vida profesional y pública de un ex alcalde capitalino,
y la dilatada labor legislativa del diputado más viajero, ahora
también convertido en aspirante a Presidente de la República.
Asimismo, ya estamos enterados de los resultados de las primeras encuestas.
Ciertamente, han sido buenas noticias para alguno de los contendientes,
pero esos datos no garantizan nada. Es más, los sondeos, aunque
reflejan niveles aceptables de reconocimiento popular de las principales
figuras en cuestión, nunca predicen nada a futuro, simplemente
representan una foto instantánea de una muestra de la opinión
pública en un momento determinado. Por lo tanto, a mi juicio,
estos no deberían marcar tan decisivamente la pauta del espectáculo
político.
Por otra parte, también sabemos que la competencia será
feroz, que no se puede y no se debe dar nada por sentado, es decir,
que aún queda mucho camino por recorrer en esta peculiar contienda.
Además, el ambiente se está crispando demasiado entre
los activistas de los dos partidos mayoritarios. La violencia interpartidista
empieza a preocupar y no se ve mucha voluntad por frenarla. De hecho,
este ánimo de confrontar genera mucha polarización e
inseguridad ciudadana.
Qué duda cabe de que el espectáculo es un elemento fundamental
en los procesos democráticos contemporáneos. En este
sentido, parece claro que las frases hechas, las imágenes impactantes
y los gestos simbólicos han desplazado al discurso político
a un segundo plano. De hecho, en las sesiones públicas ya no
se discuten o deliberan ideas, sino que más bien se ejecutan
unas actuaciones de acuerdo con un guión previamente establecido.
Por ejemplo, basta observar en la cobertura informativa, el resumen
de las plenarias en la Asamblea Legislativa: el debate gira siempre
de forma automática alrededor de las caras conocidas de nuestro
espectro político.
De cualquier forma, la imagen, más que un producto estático,
es un proceso en continua evolución que corre en paralelo con
la capacidad de influencia de los medios. Por este motivo, el candidato
electoral figura públicamente para ser observado por todos,
para simbolizar acciones y representar proyectos específicos
de su partido. Tienen razón los politólogos que piensan
que cuando las campañas buscan el espectáculo,
el líder mediático encuentra su medio natural.
Y en el caso salvadoreño, sabemos a quiénes se refiere.
En efecto, se puede decir que los actuales candidatos presidenciales
son los protagonistas de un show estratégicamente montado por
los partidos políticos. Por lo tanto, entiendo que el propósito
principal es atraer la atención de una gran cantidad de simpatizantes
y, con ello, generar una mayor participación del llamado voto
duro. Ciertamente, la realidad nacional demuestra que los niveles
de participación civil en actividades político-partidistas
está declinando de forma alarmante en nuestro país.
Sin embargo, seamos sinceros, este fenómeno de la espectacularización
le está restando seriedad a la tradicional dinámica
propositiva de las contiendas electorales. Ahora, como hemos dicho,
importa mucho más la imagen del candidato que sus propuestas
políticas. Resulta más atractivo entretener a los simpatizantes
con las luces, colores y la música que exponer abiertamente
los planes de solución a los problemas neurálgicos del
país.
Indudablemente, en esto tenemos culpa muchos de nosotros, pues a menudo
no hemos sido capaces de distinguir la verdadera razón de ser
de una elección. Que tal como lo sugiere un amigo filósofo,
una elección no es otra cosa que un método para
refrendar, legitimar y aumentar un poder social que ya se ha ganado
antes. En este sentido, la verdadera naturaleza del espectáculo
no está en la campaña propiamente, sino en la valiosa
conexión que permite vincular la oferta política del
candidato con la realidad objetiva de progreso y dignidad que demanda
el electorado.
Por esta razón, es preciso que a la par de la identidad del
candidato presidencial y de la campaña publicitaria de su imagen,
sepamos los propósitos específicos que se ha propuesto
llevar a cabo si resulta ser el eventual ganador de los comicios.
No podemos quedarnos sólo con su ambición de poder y
con su apariencia, tenemos el derecho de enterarnos para qué
estamos eligiendo una opción concreta por encima del resto.
*Doctorando en Comunicación Pública
de la Universidad de Navarra, España. |
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