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Miércoles 3 de Diciembre

 

 

 
 



La nota del día
Fidel Castro, el privatizador


Castro no sólo privatizó el único sector que funciona y que es el sostén de la isla, sino que concesiona servicios a empresas privadas de otros países, entre ellos El Salvador.

Lo peor que los comunistas pueden decir de alguien es que tiene “vocación privatizadora”. La bandera se agita desde Laredo, en la frontera de Estados Unidos, hasta la ciudad de Antofagasta, cerca del Círculo Polar Antártico, y es parte de la ofensiva contra el “neoliberalismo”, ideología que ellos inventaron.

Las privatizaciones se han impulsado a lo largo del Hemisferio para corregir los peores excesos de malas o pésimas entidades públicas, que estaban en quiebra o al punto del colapso. Además, los entes gubernamentales son nidos de corrupción (recuérdese el caso de los médicos huelguistas del ISSS), de despilfarro, de planillas infladas de manera artificial, de ineficiencia. Es proverbial que “el Estado es un pésimo administrador”; el buen uso de los limitados recursos públicos se consigue precisamente privatizando, pero privatizando en competencia como se hace en El Salvador.

¿Quién es un gran privatizador? Lo es Fidel Castro y su régimen, pese a haber iniciado andadura estatizando casi todas las imaginables actividades económicas de Cuba. Pero al ir colapsando sector tras sector y en especial cuando se inició la agonía del Imperio Soviético, Castro abrió las puertas a la inversión en turismo, que llegaba a aprovechar los dos poderosos atractivos de la isla: las más bellas playas del Caribe, y la prostitución de mujeres, niños y hombres, actividad también privada que, según el régimen, tiene el agregado de la “excelente educación y salud” de sus víctimas.

Los inversionistas encontraron otro atractivo adicional: el trabajo casi esclavizado y la natural amigable disposición de los cubanos. El funcionamiento del sistema es simple: el régimen cobra quinientos o seiscientos dólares a los hoteleros por cada trabajador que contratan, y paga veinte a los cubanos por su trabajo, embolsándose la diferencia. Y a partir de octubre, los que laboran en los hoteles tienen que cambiar las propinas que reciben en dólares, euros, libras y yenes, a pesos cubanos al cambio oficial. Por similares maniobras condenaron a las empresas alemanas que, en la época de los nacional-socialistas de Hitler, usaban esclavos.

Imperfecto pero muchisísimo mejor

Castro no sólo privatizó el único sector que funciona y que es el sostén de la isla, sino que concesiona servicios a empresas privadas de otros países, entre ellos El Salvador. En estos campos la teoría marxista se doblega ante la realidad del mercado y las apremiantes necesidades del régimen. Lo más duro para ellos, desde luego, es sostenerse sobre la carne de las hijas y los hijos de Cuba, que por necesidad y para escapar un momento de sus tristes vidas, se venden a los libidinosos visitantes del extranjero. Las autoridades españolas calculan que alrededor de cuarenta mil nacionales de su país viajan a Cuba por la pedofilia, el sexo con niños y niñas menores de doce años.

Esa desgracia y vergüenza es el modelo que inspira a los efemelenistas, sea por ignorancia de lo que sucede bajo Castro, sea porque el fanatismo y los resentimientos sociales les ciega a las abominaciones en que caen los regímenes comunistas casi desde las primeras de cambio.

Las privatizaciones que se han llevado a cabo en El Salvador no son perfectas —ninguna cosa humana lo es—, pero funcionan muchísimo mejor que las previas entidades estatales que han sustituido. Recuérdese lo que costaba conseguir línea de teléfono.

 

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