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La nota del día
Fidel Castro, el privatizador
Castro
no sólo privatizó el único sector que funciona
y que es el sostén de la isla, sino que concesiona servicios
a empresas privadas de otros países, entre ellos El Salvador.
Lo peor que los comunistas pueden decir de alguien es que tiene
vocación privatizadora. La bandera se agita desde
Laredo, en la frontera de Estados Unidos, hasta la ciudad de Antofagasta,
cerca del Círculo Polar Antártico, y es parte de la
ofensiva contra el neoliberalismo, ideología
que ellos inventaron.
Las privatizaciones se han impulsado a lo largo del Hemisferio para
corregir los peores excesos de malas o pésimas entidades
públicas, que estaban en quiebra o al punto del colapso.
Además, los entes gubernamentales son nidos de corrupción
(recuérdese el caso de los médicos huelguistas del
ISSS), de despilfarro, de planillas infladas de manera artificial,
de ineficiencia. Es proverbial que el Estado es un pésimo
administrador; el buen uso de los limitados recursos públicos
se consigue precisamente privatizando, pero privatizando en competencia
como se hace en El Salvador.
¿Quién es un gran privatizador? Lo es Fidel Castro
y su régimen, pese a haber iniciado andadura estatizando
casi todas las imaginables actividades económicas de Cuba.
Pero al ir colapsando sector tras sector y en especial cuando se
inició la agonía del Imperio Soviético, Castro
abrió las puertas a la inversión en turismo, que llegaba
a aprovechar los dos poderosos atractivos de la isla: las más
bellas playas del Caribe, y la prostitución de mujeres, niños
y hombres, actividad también privada que, según el
régimen, tiene el agregado de la excelente educación
y salud de sus víctimas.
Los inversionistas encontraron otro atractivo adicional: el trabajo
casi esclavizado y la natural amigable disposición de los
cubanos. El funcionamiento del sistema es simple: el régimen
cobra quinientos o seiscientos dólares a los hoteleros por
cada trabajador que contratan, y paga veinte a los cubanos por su
trabajo, embolsándose la diferencia. Y a partir de octubre,
los que laboran en los hoteles tienen que cambiar las propinas que
reciben en dólares, euros, libras y yenes, a pesos cubanos
al cambio oficial. Por similares maniobras condenaron a las empresas
alemanas que, en la época de los nacional-socialistas de
Hitler, usaban esclavos.
Imperfecto pero muchisísimo mejor
Castro no sólo privatizó el único sector que
funciona y que es el sostén de la isla, sino que concesiona
servicios a empresas privadas de otros países, entre ellos
El Salvador. En estos campos la teoría marxista se doblega
ante la realidad del mercado y las apremiantes necesidades del régimen.
Lo más duro para ellos, desde luego, es sostenerse sobre
la carne de las hijas y los hijos de Cuba, que por necesidad y para
escapar un momento de sus tristes vidas, se venden a los libidinosos
visitantes del extranjero. Las autoridades españolas calculan
que alrededor de cuarenta mil nacionales de su país viajan
a Cuba por la pedofilia, el sexo con niños y niñas
menores de doce años.
Esa desgracia y vergüenza es el modelo que inspira a los efemelenistas,
sea por ignorancia de lo que sucede bajo Castro, sea porque el fanatismo
y los resentimientos sociales les ciega a las abominaciones en que
caen los regímenes comunistas casi desde las primeras de
cambio.
Las privatizaciones que se han llevado a cabo en El Salvador no
son perfectas ninguna cosa humana lo es, pero funcionan
muchísimo mejor que las previas entidades estatales que han
sustituido. Recuérdese lo que costaba conseguir línea
de teléfono.
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