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Martes 2 de Diciembre

 

 

 
 



La nota del día
O aprendices o mareros


  “De buenas intenciones está pavimentado el camino del infierno” Viejo proverbio.

Mil quinientos niños trabajan en coheterías clandestinas, de acuerdo con estimados de la PNC. Por ser clandestinos esos talleres, son muy inseguros, insalubres y hacinados, con largos horarios de trabajo.
De cuando en vez una cohetería estalla, incendia el mesón y mata a varios de los que allí trabajan, incluyendo niños. Muchos de ellos, además, sufren quemaduras que les marcan para toda la vida. Pero que sepamos, nadie mete en la cárcel a los responsables de esa clase de negocios.

Mucho se puede hacer para localizar talleres clandestinos. Lo primero es certificar las fábricas autorizadas, y exigir que éstas coloquen en sus productos la marca y distintivos. De esa manera podrá la policía inspeccionar las ventas de cohetes y decomisar los que no tengan una clara procedencia. En vez de moverse por las ciudades en busca de fábricas clandestinas, simplemente inspeccionan las ventas y obligan al vendedor a revelar la procedencia de productos no autorizados a cambio de no pagar multas.

Pero más importante todavía es corregir una de las causas que llevan a numerosos niños a trabajar en sitios de gran riesgo, a prostituirse, a caer en garras de las maras, a convertirse en delincuentes: las prohibiciones que les impiden emplearse como aprendices, una de las nefastas herencias de la Alianza para el Progreso del ya difunto John Kennedy.

Por culpa de las actuales leyes de aprendizaje, que en el papel se ocupan del bienestar de niños y adolescentes, la opción que queda a los niños y jovencitos que por una u otra razón no pueden ir a la escuela, son trabajos clandestinos, la calle y la prostitución. Y cada vez que se trata de reformar la ley, los bien intencionados, pero torpes legisladores, caen en lo mismo: derramar sobre el aprendiz una serie de beneficios y cuidados, cuyo real efecto es eliminarlos.

Disciplinarles es importantísimo

La ley les asigna salarios, exige al dueño del negocio o taller una serie de salvaguardas para “proteger” a los niños, les hace cotizar al Seguro Social y hasta les faculta para inscribirse en sindicatos. Además inspectores se ocupan de que a los niños se les enseñe como si estuvieran en una academia. Todo maravilloso de no ser por el hecho de que nadie toma aprendices con tal ensarta de obligaciones. En El Salvador hay un ejército de aprendices en teoría y miles de mareros y prostituidos en la práctica.

Alguien nos dijo, en una ocasión, que “el problema” es que a los niños los explotaban y sólo los ponían a barrer y limpiar. Pero esa supuesta iniquidad olvida tres hechos:
–El primero, que por más modesta que sea una ocupación, saca al niño de la calle, librándole de peores males;

–el segundo, que el niño se disciplina, aprende a cumplir horarios y se acostumbra a ordenar y mantener su entorno limpio;

–el tercero, que los niños aprenden mucho con sólo ver a otros trabajar, amén de que tienen la oportunidad de preguntar y conocer.

La deserción escolar genera un vacío entre la escuela y el momento en que los jóvenes se incorporan al trabajo. Este vacío es llenado por las maras o por el aprendizaje.

 

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