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Mañana hago mi casa, dijo el zope

Salvador Castellanos*
El Diario de Hoy
scastellanos@telesal.net

Debemos comenzar por ser lo suficientemente sinceros para identificar y reconocer las tendencias negativas que nos están llevando a dejar todo para después.

Tal vez usted es de los que ha llegado a convencerse de que sus mejores resultados los obtiene cuando se encuentra bajo intensa presión, o que le es necesario un determinado estado de ánimo para desempeñar eficientemente algunas tareas, o bien que su brillante inteligencia y capacidad de improvisación siempre le permiten salir airoso de cualquier compromiso.

Déjeme decirle que esa forma de pensar constituye un autoengaño, ya que éstas no son otra cosa que las características de un procrastinador, es decir, esa clase de persona que deja de hacer las cosas cuando debe hacerlas.

¿Me permite algunos ejemplos? Pagar multas innecesarias por no cancelar los recibos a tiempo; perderse el concierto de su artista favorito, porque los boletos están agotados; ser un viejo conocido en la larga fila que se forma para pagar los impuestos de la renta el último día de la última prórroga legislativa.

Si usted pertenece a este grupo, también es de los que cada Navidad, cuando por fin se decide a comprar los regalos de amigos y familiares (el propio 24 de diciembre, a eso de las seis de la tarde), encuentra las tiendas barridas y termina comprando lo más feo, lo más caro, y con una inmensa cólera contra sí mismo.

Si usted se pudo ver identificado, no se sienta tan mal, pues tiene mucha compañía, más de un 75% de las personas comparte la tendencia a dejar todo para después. El problema es que esta característica tiene consecuencias negativas en nuestra salud física y emocional, y en la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Ya que interiormente sabemos que ésta no es la actitud correcta, surgen sentimientos de culpabilidad y frustración, se lesiona la autoestima; la ansiedad de saber que mañana es la fecha límite de algo, o por lo que dejamos de hacer, nos causa insomnio. Además, solemos poner en aprietos y vergüenzas a familiares, amigos y compañeros que poseen un mayor sentido de la responsabilidad.

Las razones que mueven a la procrastinación son diversas. Una mala administración de nuestro tiempo, que implica la incapacidad de fijar prioridades, metas y objetivos razonables. Dificultades de concentración, que nos impulsan a soñar despiertos, en lugar de cumplir con nuestras obligaciones.

El temor y la ansiedad que nos produce la tarea por realizar y que nos mantiene preocupados por lo que hay que hacer, en lugar de hacerlo. Sentimientos negativos como “no soy capaz” o “no tengo la habilidad necesaria”. Problemas personales o financieros.

Considerar que nuestras obligaciones son aburridas. El perfeccionismo. El temor al fracaso o, peor aún, el temor al éxito, que muchas veces resulta difícil de sobrellevar e implica responsabilidades.

Una característica típica de los procrastinadores es el empleo de distractores que los alejen de sus compromisos.

Algunos de los favoritos en la actualidad son revisar el correo electrónico cada cinco minutos y navegar por la Internet, buscando quién sabe qué cosa; pero siguen de moda las permanentes visitas a la cafetera de la empresa, la eterna búsqueda de lápices o diccionarios, la lectura de la correspondencia, planificar nuevos negocios sin emprender ninguno y, en general, todo aquello que nos provea una vía de escape y nos dé la falsa ilusión de que estamos haciendo algo útil.
Aunque es un hábito tremendamente difícil de romper, podemos hacer algo en contra de la procrastinación.

Debemos comenzar por ser lo suficientemente sinceros para identificar y reconocer las tendencias negativas que nos están llevando a dejar todo para después. Debemos aprender a establecer nuestras metas, objetivos y prioridades de una manera realista.

Modificar nuestro entorno para evitar las distracciones. Comenzar a llevar una agenda y escribir una lista con las cosas que debemos realizar. Redactar un compromiso de intenciones. Buscarle sentido a las cosas que hacemos. Eliminar las tareas que sabemos que nunca cumpliremos.

Nuestra vida requiere de disciplina. Para hacer lo que hay que hacer, para hacerlo cuando tiene que ser hecho, para hacerlo lo mejor que se pueda y hacerlo así en cada ocasión.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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