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Breve análisis
La guerra por el petróleo

A. F. Alhajji*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Si Iraq no puede incrementar su capacidad de producción, eso será un obstáculo para la po-lítica exterior y la energética de EE.UU.

Durante décadas, a través de administraciones demócratas y republicanas, Estados Unidos ha buscado una serie de objetivos claros de política energética: mantener los precios mundiales del petróleo tan estables como sea posible; disminuir el consumo interno de hidrocarburos de la manera menos dolorosa; reducir la dependencia de las importaciones siempre que sea posible, y diversificar las fuentes de petróleo importado. A pesar de las apariencias, ninguno de esos objetivos ha cambiado bajo la administración Bush.

Muchos observadores creen que Bush ha establecido un rumbo nuevo, porque la invasión de Iraq, en apariencia, va en contra de esos objetivos.

Un aumento importante en la producción de petróleo iraquí, probablemente incrementaría la dependencia de EE.UU. hacia el petróleo, con relación a otras fuentes de energía, puesto que los precios mundiales del petróleo tal vez caerían como respuesta al aumento en la oferta.

Esto, a su vez, significaría un incremento en la dependencia de los Estados Unidos hacia el petróleo importado, particularmente del Medio Oriente.

Sin embargo, la ironía es que EE.UU. ejercía un mayor control sobre el sector petrolero iraquí bajo el programa “Petróleo por alimentos”, de la ONU, en vigor antes de la guerra (en el que esa organización, no Sadam Hussein, determinaba el nivel de ventas de petróleo iraquí al exterior), del que tendrán bajo un Iraq democrático en el futuro.

Si la administración Bush hubiera estado buscando fuentes de petróleo estables, seguras, diversificadas y baratas, sencillamente podría haber levantado los embargos contra Libia, Irán, Iraq y Sudán, para permitir que el petróleo fluyera.

Pero el interés de Estados Unidos en el petróleo iraquí no estuvo impulsado por la economía o la política energética. La administración Bush reconoció que, antes que nada, el petróleo iraquí es un recurso geopolítico crítico. Quien controle el petróleo iraquí tendrá el control de Iraq.

El poder de Sadam radicaba en su control sobre las segundas reservas más grandes de petróleo del mundo. Entendía perfectamente lo que el petróleo significaba para su poder.

Ante la posibilidad de la invasión y la derrota, Sadam amenazó con incendiar los yacimientos petroleros del país.

Cuando EE.UU. estaba planeando su invasión, asegurar los yacimientos petroleros se convirtió en una prioridad crítica. La meta no era aumentar la oferta o reducir los precios para los estadounidenses, sino privar a Sadam de su poder y, a la larga, establecer un nuevo y sólido Gobierno iraquí.

El futuro de Iraq depende directamente del destino de la producción petrolera del país. Sin embargo, los caprichos de los negocios petroleros, sobre todo en condiciones tan inestables, no permiten ver con claridad cómo podrá la administración Bush alcanzar sus metas en Iraq en el futuro cercano.

La lógica es sencilla. EE.UU. deben utilizar los ingresos petroleros para quitarle a los contribuyentes estadounidenses la carga de financiar el cambio de régimen en Iraq.

Todos los proyectos de reconstrucción dependen, a largo plazo, de la capacidad de Iraq para exportar grandes cantidades de petróleo. Si Iraq no entrega petróleo, el Presidente Bush no podrá cumplir sus promesas al pueblo iraquí, al pueblo estadounidense y a la comunidad mundial.

Antes de la invasión, la capacidad de producción petrolera iraquí alcanzaba los tres millones de barriles diarios. Iraq no podrá recuperar ese nivel durante el tiempo que se necesita para establecer un nuevo gobierno.

Cualquier aumento en la producción exige el desarrollo de los yacimientos petroleros, lo que implica grandes inversiones, un gobierno legal y representativo, y estabilidad política. Ni siquiera la administración Bush espera que esas condiciones se cumplan pronto.

Iraq necesita varios años para redactar una Constitución nueva, establecer un gobierno legítimo y democrático, negociar la distribución de los ingresos petroleros entre sus regiones, implementar leyes de inversión y hacer que la economía sea atractiva para los extranjeros.

También necesita tiempo para negociar con las compañías petroleras internacionales y con sus países vecinos, para llevar a cabo estudios técnicos y de viabilidad, y para reconstruir, rehabilitar y explorar sus yacimientos petroleros.

No se necesita decir que la situación se puede desarrollar de manera distinta. Las tensiones podrían continuar durante años.

Además, nadie debería sorprenderse si la producción de petróleo se detiene por completo, incluso bajo un gobierno democrático.

La historia sugiere que las huelgas y otros sucesos similares que pueden interrumpir la producción petrolera son una mayor amenaza en países democráticos que en aquellos que no lo son.

Si Iraq no puede incrementar rápidamente su capacidad de producción en el futuro cercano, eso será un obstáculo para la política exterior y la energética de EE.UU.

¿Cómo financiarán la reconstrucción a largo plazo de Iraq? ¿Quién pagará para mantener una frágil democracia iraquí? ¿Puede Estados Unidos sostener su ocupación si no son capaces de dar alimentos, atención a la salud y otros servicios básicos al pueblo iraquí? Esas son preguntas difíciles, y esencialmente no se podrán contestar hasta que un régimen estable y democrático en Iraq pueda controlar y garantizar un flujo continuo de exportaciones petroleras.

Copyright: Project Syndicate.

*Profesor de Negocios en el Colegio de Administración Empresarial de la Universidad del Norte de Ohio.

 

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