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Breve
análisis
La
guerra por el petróleo
Si Iraq no puede incrementar su capacidad de producción, eso
será un obstáculo para la po-lítica exterior
y la energética de EE.UU.
Durante décadas, a través de administraciones demócratas
y republicanas, Estados Unidos ha buscado una serie de objetivos
claros de política energética: mantener los precios
mundiales del petróleo tan estables como sea posible; disminuir
el consumo interno de hidrocarburos de la manera menos dolorosa;
reducir la dependencia de las importaciones siempre que sea posible,
y diversificar las fuentes de petróleo importado. A pesar
de las apariencias, ninguno de esos objetivos ha cambiado bajo la
administración Bush.
Muchos observadores creen que Bush ha establecido un rumbo nuevo,
porque la invasión de Iraq, en apariencia, va en contra de
esos objetivos.
Un aumento importante en la producción de petróleo
iraquí, probablemente incrementaría la dependencia
de EE.UU. hacia el petróleo, con relación a otras
fuentes de energía, puesto que los precios mundiales del
petróleo tal vez caerían como respuesta al aumento
en la oferta.
Esto, a su vez, significaría un incremento en la dependencia
de los Estados Unidos hacia el petróleo importado, particularmente
del Medio Oriente.
Sin embargo, la ironía es que EE.UU. ejercía un mayor
control sobre el sector petrolero iraquí bajo el programa
Petróleo por alimentos, de la ONU, en vigor antes
de la guerra (en el que esa organización, no Sadam Hussein,
determinaba el nivel de ventas de petróleo iraquí
al exterior), del que tendrán bajo un Iraq democrático
en el futuro.
Si la administración Bush hubiera estado buscando fuentes
de petróleo estables, seguras, diversificadas y baratas,
sencillamente podría haber levantado los embargos contra
Libia, Irán, Iraq y Sudán, para permitir que el petróleo
fluyera.
Pero el interés de Estados Unidos en el petróleo iraquí
no estuvo impulsado por la economía o la política
energética. La administración Bush reconoció
que, antes que nada, el petróleo iraquí es un recurso
geopolítico crítico. Quien controle el petróleo
iraquí tendrá el control de Iraq.
El poder de Sadam radicaba en su control sobre las segundas reservas
más grandes de petróleo del mundo. Entendía
perfectamente lo que el petróleo significaba para su poder.
Ante la posibilidad de la invasión y la derrota, Sadam amenazó
con incendiar los yacimientos petroleros del país.
Cuando EE.UU. estaba planeando su invasión, asegurar los
yacimientos petroleros se convirtió en una prioridad crítica.
La meta no era aumentar la oferta o reducir los precios para los
estadounidenses, sino privar a Sadam de su poder y, a la larga,
establecer un nuevo y sólido Gobierno iraquí.
El futuro de Iraq depende directamente del destino de la producción
petrolera del país. Sin embargo, los caprichos de los negocios
petroleros, sobre todo en condiciones tan inestables, no permiten
ver con claridad cómo podrá la administración
Bush alcanzar sus metas en Iraq en el futuro cercano.
La lógica es sencilla. EE.UU. deben utilizar los ingresos
petroleros para quitarle a los contribuyentes estadounidenses la
carga de financiar el cambio de régimen en Iraq.
Todos los proyectos de reconstrucción dependen, a largo plazo,
de la capacidad de Iraq para exportar grandes cantidades de petróleo.
Si Iraq no entrega petróleo, el Presidente Bush no podrá
cumplir sus promesas al pueblo iraquí, al pueblo estadounidense
y a la comunidad mundial.
Antes de la invasión, la capacidad de producción petrolera
iraquí alcanzaba los tres millones de barriles diarios. Iraq
no podrá recuperar ese nivel durante el tiempo que se necesita
para establecer un nuevo gobierno.
Cualquier aumento en la producción exige el desarrollo de
los yacimientos petroleros, lo que implica grandes inversiones,
un gobierno legal y representativo, y estabilidad política.
Ni siquiera la administración Bush espera que esas condiciones
se cumplan pronto.
Iraq necesita varios años para redactar una Constitución
nueva, establecer un gobierno legítimo y democrático,
negociar la distribución de los ingresos petroleros entre
sus regiones, implementar leyes de inversión y hacer que
la economía sea atractiva para los extranjeros.
También necesita tiempo para negociar con las compañías
petroleras internacionales y con sus países vecinos, para
llevar a cabo estudios técnicos y de viabilidad, y para reconstruir,
rehabilitar y explorar sus yacimientos petroleros.
No se necesita decir que la situación se puede desarrollar
de manera distinta. Las tensiones podrían continuar durante
años.
Además, nadie debería sorprenderse si la producción
de petróleo se detiene por completo, incluso bajo un gobierno
democrático.
La historia sugiere que las huelgas y otros sucesos similares que
pueden interrumpir la producción petrolera son una mayor
amenaza en países democráticos que en aquellos que
no lo son.
Si Iraq no puede incrementar rápidamente su capacidad de
producción en el futuro cercano, eso será un obstáculo
para la política exterior y la energética de EE.UU.
¿Cómo financiarán la reconstrucción
a largo plazo de Iraq? ¿Quién pagará para mantener
una frágil democracia iraquí? ¿Puede Estados
Unidos sostener su ocupación si no son capaces de dar alimentos,
atención a la salud y otros servicios básicos al pueblo
iraquí? Esas son preguntas difíciles, y esencialmente
no se podrán contestar hasta que un régimen estable
y democrático en Iraq pueda controlar y garantizar un flujo
continuo de exportaciones petroleras.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Negocios en
el Colegio de Administración Empresarial de la Universidad
del Norte de Ohio.
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