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De “Miss Simpatía” a soldado en Iraq

El plan era realmente muy sencillo. Todo lo que Jessica Lynch deseaba era graduarse de la preparatoria, ir a la universidad y regresar a su hogar en Palestine, Virginia Occidental, para convertirse en una maestra de primaria, o kindergarten. Eso era todo.

Por Toni Toczylowsky (*)
(*)de Albany Times Union
Internacionales
internacional@elsalvador.com 
Lynch es, sin duda, la persona que menos se hubiera pensado que se convertiría en una heroína de guerra. Foto: AP

El reclutador del Ejército le ofreció la oportunidad de que las fuerzas armadas pagaran por su educación. Y además, ver algo diferente. El mundo.

Lynch no sabía -¿cómo hubiera podido saberlo?-, cuando se dio de alta en el ejército en 2001, que Estados Unidos estaría en guerra en unos cuantos meses. Que aún cuando era una encargada del manejo del servicio de abastecimiento, tendría que servir en Iraq. Que habría una emboscada y captura en las afueras de Nasiriyah cuando apenas le faltaba un mes para cumplir sus veinte años de vida. Que terminaría en un hospital con los huesos destrozados. Que su mejor amiga en el ejército, Lori Piestewa, moriría en acción.

El clímax de la historia -un abogado iraquí avisa clandestinamente a los soldados estadounidenses acerca de dónde estaba ella, el subsecuente rescate es filmado y dado a la publicidad por el Pentágono- es algo tan improbable como todo lo anterior.

En pocas palabras, el reclutador militar nunca le dijo una palabra acerca de que se convertiría en la soldado más famosa en esta guerra de Iraq.

“I Am a Soldier, Too” (“Yo también soy un soldado”) es el título del libro que relata la historia de Lynch. El título es tomado de su respuesta a sus salvadores cuando le dijeron que eran soldados estadounidenses que la sacarían del Hospital General Sadam Hussein.

Escrito por Rick Bragg, ex reportero de The New York Times, el volumen fue puesto en circulación, muy acertadamente, en el Día de los Veteranos.

La princesa

Lynch es, sin duda, la persona que menos se hubiera pensado que se convertiría en una heroína de guerra -una calificación que ella rehúsa aceptar- y quizá también la mujer que menos se pensaría que fuera soldado.

Es una joven a quienes sus hermanos llamaban “Princesa”. Se pasó su vida anterior destacando por el cuidado que daba a su apariencia. En un tiempo ganó el título de “Miss Simpatía” en la feria del condado Wirt en Virginia Occidental.

Su cabellera rubia siempre debía estar perfectamente peinada. Su color favorito era el rosa.
“Esta es una chica que se levantaba a las cinco treinta de la mañana para ser recogida por el autobús escolar a las siete de la mañana”, dice su hermano, Greg Jr., un soldado estacionado en Fort Bragg. “Siempre estaba súper arreglada. Planchaba su ropa”.

Incluso abandonó a su equipo de porristas en la secundaria cuando la escuela optó por que las chicas usaran pantaloncillos cortos en lugar de las faldas que a ella le agradaban.

Reclutamiento

Pero el sargento Frank Grady supo presentar sus argumentos en forma convincente. El reclutador se sentó en el porche de la casa de los Lynch con la esperanza de convencer a Jessica, Greg y su hermana menor, Brandi, de que se dieran de alta en el ejército. Describió los hechos obvios: la vida en su condado en la zona rural de Virginia Occidental no les ofrecía un gran futuro. Quizá un trabajo en una franquicia de comida rápida. Incluso los empleos en las fábricas estaban desapareciendo rápidamente.

Dos hijos de un hombre que rara vez disparaba un arma cuando iba a cazar venados porque no deseaba alterar la paz de las colinas de Virginia Occidental se convertirían en soldados. “Ella serviría a su país, algo que la gente en esa parte de Estados Unidos todavía puede decir sin preocuparse de que alguien vaya a hacer un gesto de incredulidad”, escribe Bragg.

El autor, cuyo desempeño en el Times le permitió ganar el Premio Pulitzer por sus crónicas a mediados de 1990, era una elección obvia para escribir el relato de Lynch. Dejó el Times a principios de este año después de una controversia acerca de si había dado un crédito adecuado a un investigador que colaboró en sus artículos, lo cual empañó su estatus de estrella. “Yo también soy un soldado” es, sin duda, un gran regreso a la fama.

Bragg, cuyos orígenes en el noreste de Alabama son igualmente humildes, se conectó fácilmente con Lynch y con la gente que influyeron en su vida. Es un narrador directo y sencillo, y el libro tiene la fácil sensación narrativa de muchos de los artículos más largos que Bragg escribió en el Times. Cualquiera que lo haya oído hablar puede escuchar su voz -profundamente sureña en tono y temperamento- en sus palabras.

No hay adornos para embellecer la narrativa. Al describir los preparativos para el regreso a casa de Lynch, Bragg escribe:

“Nunca fue un lugar pretencioso. Aquí, la gente viste pantalones vaqueros incluso cuando van a un funeral. Lo que importa es hacerse presente, no el tipo de pantalones que vestían cuando pasaron frente al féretro. Se sienten orgullosos de ser nativos de los pueblos de Two Run, Round Bottom y Society Hill, y comen pan blanco porque sabe mejor”.

Ella no disparó

Lynch dice que accedió a narrar su historia en un libro porque deseaba dar a conocer su lado de la historia, y para corregir un cierto número de errores de percepción entre el público. Cuando el convoy de la compañía 5007 de mantenimiento fue víctima de una emboscada, Lynch no devolvió el fuego, como se dijo repetidamente en Estados Unidos.

Ella deseaba combatir, pero no pudo: “Su M16 se trabó. Tratar de defenderse”, escribe Bragg. “era como tratar de correr en la lluvia sin mojarse”.

Lynch no recuerda cómo padeció sus heridas. Los registros médicos muestran que fue sodomizada. Informes de inteligencia indican que fue torturada.

Los soldados que rescataron a Lynch sabían que el hospital Sadam Hussein fue utilizado en un tiempo por combatientes iraquíes para ocultarse, y trataron la operación de rescate como una misión de combate. Sin embargo, no encontraron resistencia.

Desde entonces, Lynch ha conocido las versiones acerca de su rescate. Y si bien se muestra crítica del Pentágono por haber exhibido la filmación, se siente muy agradecida con los soldados. Los médicos iraquíes hicieron todo lo que estaba a su alcance por ella, y hubiera muerto si se hubiera quedado allí.

Para alguien que “nunca pronunció un discurso que no fuera en su clase de inglés”, ahora los días de Lynch están repletos de entrevistas en televisión, una gira para promover su libro y terapia física.
Ahora es capaz de caminar con muletas; su recuperación es un proceso que no cesa.

La universidad es todavía una opción para ella. El estado le ofreció becas completas a los tres Lynch en cualquier escuela de Virginia Occidental.
Lynch dice que desea vivir una existencia normal. Desea caminar y casarse con el sargento Rubén Contreras, a quien conoció en Fort Bliss.
Vaya que fue un plan muy sencillo.

 

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