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Tomando
la palabra
El
que lame puede morder

Los
partidos son insustituibles para mantener la paz. La crítica
hacia ellos debe ser, por lo tanto, cuidadosa y constructiva; sus
dirigentes necesitan aprender a manejar inteligentemente los conflictos
internos.
Apoyando el intento de fundar un nuevo partido para reducir la
polarización en Nicaragua, conocí de una tragicómica
realidad encontrada por organizadores políticos en comunidades
que habían comercializado su participación.
Lo que escribo a continuación describe la oferta
hecha por un líder local: ¿Cuánta
indiada quiere, quinientos, mil o le llenamos la plaza? ¿Quiere
que griten consignas o sólo aplaudan? ¿Qué
les va a dar, tortilla con frijoles o gaseosa con sándwich?,
tenemos carpa para que sus amigos no se asoleen y traguitos para
después de la actividad. Los precios dependían
del servicio requerido.
Esta degeneración de la política no nació espontáneamente,
fue consecuencia de que los partidos mayoritarios, una vez afianzaron
espacios de poder, sustituyeron la mística del trabajo voluntario
por el pago a sus activistas. Los partidos políticos son
instituciones vitales para la sociedad, sin embargo, cuando se realizaron
las reformas democráticas en Latinoamérica, no se
pensó en fortalecerlos y mejorarlos, a pesar de que la estabilidad
democrática y económica dependía de la calidad
de éstos.
Toda organización social, desde una empresa hasta una iglesia,
alberga en su interior conflictos propios de la naturaleza humana.
La intriga, la envidia, la intolerancia, la codicia, la adulación
calculada y muchos otros antivalores se mantienen en constante lucha
con valores positivos personificados en individuos o grupos que
a su vez representan intereses. La idea de organizaciones puras
y totalmente armónicas no es realista, y el manejo exitoso
de éstas no depende de la ausencia problemas internos, sino
de la capacidad que tengan los dirigentes de mantener un predominio
de valores positivos, de controlar esa conflictividad natural y
de utilizar la energía de sus miembros en dirección
constructiva.
Los partidos, además de vivir bajo esa misma conflictividad,
son las instituciones de la democracia encargadas de manejar las
diferencias políticas de una sociedad y les corresponde lograr
los acuerdos que permiten gobernar y mantener la paz de un país.
Por lo tanto, un partido que no sabe manejar su propia conflictividad
no sabe gobernar, está condenado al fracaso, o puede llevar
a un país en esa misma dirección.
Recuerdo que, para mantener unido al FMLN, yo solía repetirle
a los compañeros de mi grupo guerrillero: En política
tenés que empujar con los que están de acuerdo, aunque
te caigan mal. En función del bien colectivo, el amor
y el odio personal no deben regir las relaciones políticas.
En nuestro país la derecha ha sido más hábil
en el manejo de sus problemas internos, ya que la realidad demuestra
que en las izquierdas (centro y extrema), los amores, los odios,
los celos y los resentimientos se viven con una intensidad que paraliza,
neutraliza, divide y hace perder.
Los partidos, por otra parte, son la representación más
clara y directa del poder. Lo normal es que de sus filas salgan
los gobernantes y esto puede ser para beneficio colectivo, pero
también para beneficio individual. Existe una definición
negativa de política de Ambrose Bierce, escritor estadounidense,
que dice: Política es el manejo de los asuntos públicos
para beneficio privado.
Los partidos necesitan controlar las ambiciones individuales para
proteger su carácter de organizaciones destinadas a servir
al bien colectivo y en esto no importa si son de derecha o izquierda.
La política es una actividad profesional que debe ser dignamente
retribuida, porque si alguien quiere enriquecerse, lo más
lógico es que ponga un negocio, ya que cuando intenta eso
mismo siendo policía, religioso, juez o político,
se convierte en un peligro para la sociedad. Ese fue el caso de
Arnoldo Alemán, ex Presidente de Nicaragua, ahora encarcelado
por corrupción.
Pero los orígenes de este problema arrancan en la forma en
que los partidos reclutan y organizan, y esto nos lleva a la tragicomedia
del inicio. Se suele decir que la política no puede
ser un convento, y de lo que se trata es de que no se convierta
en un burdel. Todas las democracias desarrolladas pasaron
por fases de inmadurez en sus partidos, y en esas etapas sus militantes
eran más importantes que sus votantes.
En una democracia primitiva, los partidos dependen más de
los favores a sus militantes que del programa que ofrecen a sus
votantes y la gente hace política predominantemente, porque
desea obtener algún beneficio directo del partido que apoya.
En sociedades con problemas de empleo, como la nuestra, los partidos
encarecen la política, porque terminan pagando por todo y
a todos. La planilla interna es más cara que la campaña
externa, y la deuda de favores a los militantes llega a ser más
pesada que las promesas a los votantes.
En las democracias maduras, sin estar ausentes de pecados, la gente
se relaciona con los partidos a partir del programa que proponen,
busca beneficiarse de cómo gobiernen y no espera favores
directos de sus dirigentes. Los votantes se vuelven así más
importantes que los militantes. Lograr esto no es fácil,
pero la crisis de muchos partidos en Latinoamérica, incluida
la extinción de algunos, está vinculada a las pesadas
redes clientelares que éstos desarrollaron y a cómo
ese fenómeno les alejó de sus programas y provocó
el cansancio de sus votantes. Eso ocurrió en Venezuela, Colombia,
Perú, Argentina, México y otros países.
Un partido, al igual que una iglesia, debe vivir de que todos sus
militantes paguen un diezmo y no de que lo cobren; el aparato de
voluntarios tiene que ser infinitamente superior a su planilla permanente,
y su estructura debe ser capaz de multiplicar muchas veces cada
centavo que invierte. Los partidos también necesitan un ajuste
estructural para ser eficientes. En nuestro país, casi todos
los partidos importantes se fundaron a partir de una mística
militante, que se vinculaba al miedo a sus contrarios o a los momentos
nada democráticos que se vivían. Bajo la democracia,
la ausencia de riesgos trajo el peligro de la comercialización
de la política y, con ello, del debilitamiento de los partidos,
ya que sin voluntariado y sin mística su fortaleza es una
ilusión temporal.
Los partidos son insustituibles para mantener la paz. La crítica
hacia ellos debe ser, por lo tanto, cuidadosa y constructiva; sus
dirigentes necesitan aprender a manejar inteligentemente los conflictos
internos, a tener y a regirse por un programa, a responder prioritariamente
a los intereses de los electores y a cuidarse de las pasiones que
desata el poder. El clientelismo debilita a los partidos, prostituye
la política, aleja a los mejores y acerca a los peores y
crea un entorno en que la adulación sustituye la propuesta
calificada y el juicio crítico.
Sobre esto último existe un proverbio francés que
dice: El que lame puede morder. Efectivamente, en cualquier
tipo de actividad todo adulador es un potencial traidor y hablando
de aduladores existe otro proverbio que describe la debilidad humana
frente a éstos: Adula, adula, que si es inteligente
no se lo traga, pero lo saborea.
*Columnista de El Diario de Hoy.
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