Turismo
 
Inicio del Sitio Miércoles 26 de Noviembre
 

 

 
 

Tomando la palabra
El que lame puede morder

Joaquín Villalobos*
Oxford, Inglaterra.
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Los partidos son insustituibles para mantener la paz. La crítica hacia ellos debe ser, por lo tanto, cuidadosa y constructiva; sus dirigentes necesitan aprender a manejar inteligentemente los conflictos internos.

Apoyando el intento de fundar un nuevo partido para reducir la polarización en Nicaragua, conocí de una tragicómica realidad encontrada por organizadores políticos en comunidades que habían comercializado su participación.

Lo que escribo a continuación describe la oferta hecha por un “líder local”: “¿Cuánta indiada quiere, quinientos, mil o le llenamos la plaza? ¿Quiere que griten consignas o sólo aplaudan? ¿Qué les va a dar, tortilla con frijoles o gaseosa con sándwich?, tenemos carpa para que sus amigos no se asoleen y traguitos para después de la actividad”. Los precios dependían del servicio requerido.

Esta degeneración de la política no nació espontáneamente, fue consecuencia de que los partidos mayoritarios, una vez afianzaron espacios de poder, sustituyeron la mística del trabajo voluntario por el pago a sus activistas. Los partidos políticos son instituciones vitales para la sociedad, sin embargo, cuando se realizaron las reformas democráticas en Latinoamérica, no se pensó en fortalecerlos y mejorarlos, a pesar de que la estabilidad democrática y económica dependía de la calidad de éstos.

Toda organización social, desde una empresa hasta una iglesia, alberga en su interior conflictos propios de la naturaleza humana. La intriga, la envidia, la intolerancia, la codicia, la adulación calculada y muchos otros antivalores se mantienen en constante lucha con valores positivos personificados en individuos o grupos que a su vez representan intereses. La idea de organizaciones puras y totalmente armónicas no es realista, y el manejo exitoso de éstas no depende de la ausencia problemas internos, sino de la capacidad que tengan los dirigentes de mantener un predominio de valores positivos, de controlar esa conflictividad natural y de utilizar la energía de sus miembros en dirección constructiva.

Los partidos, además de vivir bajo esa misma conflictividad, son las instituciones de la democracia encargadas de manejar las diferencias políticas de una sociedad y les corresponde lograr los acuerdos que permiten gobernar y mantener la paz de un país. Por lo tanto, un partido que no sabe manejar su propia conflictividad no sabe gobernar, está condenado al fracaso, o puede llevar a un país en esa misma dirección.
Recuerdo que, para mantener unido al FMLN, yo solía repetirle a los compañeros de mi grupo guerrillero: “En política tenés que empujar con los que están de acuerdo, aunque te caigan mal”. En función del bien colectivo, el amor y el odio personal no deben regir las relaciones políticas. En nuestro país la derecha ha sido más hábil en el manejo de sus problemas internos, ya que la realidad demuestra que en las izquierdas (centro y extrema), los amores, los odios, los celos y los resentimientos se viven con una intensidad que paraliza, neutraliza, divide y hace perder.

Los partidos, por otra parte, son la representación más clara y directa del poder. Lo normal es que de sus filas salgan los gobernantes y esto puede ser para beneficio colectivo, pero también para beneficio individual. Existe una definición negativa de política de Ambrose Bierce, escritor estadounidense, que dice: “Política es el manejo de los asuntos públicos para beneficio privado”.

Los partidos necesitan controlar las ambiciones individuales para proteger su carácter de organizaciones destinadas a servir al bien colectivo y en esto no importa si son de derecha o izquierda. La política es una actividad profesional que debe ser dignamente retribuida, porque si alguien quiere enriquecerse, lo más lógico es que ponga un negocio, ya que cuando intenta eso mismo siendo policía, religioso, juez o político, se convierte en un peligro para la sociedad. Ese fue el caso de Arnoldo Alemán, ex Presidente de Nicaragua, ahora encarcelado por corrupción.

Pero los orígenes de este problema arrancan en la forma en que los partidos reclutan y organizan, y esto nos lleva a la tragicomedia del inicio. Se suele decir que “la política no puede ser un convento, y de lo que se trata es de que no se convierta en un burdel”. Todas las democracias desarrolladas pasaron por fases de inmadurez en sus partidos, y en esas etapas sus militantes eran más importantes que sus votantes.
En una democracia primitiva, los partidos dependen más de los favores a sus militantes que del programa que ofrecen a sus votantes y la gente hace política predominantemente, porque desea obtener algún beneficio directo del partido que apoya. En sociedades con problemas de empleo, como la nuestra, los partidos encarecen la política, porque terminan pagando por todo y a todos. La planilla interna es más cara que la campaña externa, y la deuda de favores a los militantes llega a ser más pesada que las promesas a los votantes.

En las democracias maduras, sin estar ausentes de pecados, la gente se relaciona con los partidos a partir del programa que proponen, busca beneficiarse de cómo gobiernen y no espera favores directos de sus dirigentes. Los votantes se vuelven así más importantes que los militantes. Lograr esto no es fácil, pero la crisis de muchos partidos en Latinoamérica, incluida la extinción de algunos, está vinculada a las pesadas redes clientelares que éstos desarrollaron y a cómo ese fenómeno les alejó de sus programas y provocó el cansancio de sus votantes. Eso ocurrió en Venezuela, Colombia, Perú, Argentina, México y otros países.

Un partido, al igual que una iglesia, debe vivir de que todos sus militantes paguen un diezmo y no de que lo cobren; el aparato de voluntarios tiene que ser infinitamente superior a su planilla permanente, y su estructura debe ser capaz de multiplicar muchas veces cada centavo que invierte. Los partidos también necesitan un ajuste estructural para ser eficientes. En nuestro país, casi todos los partidos importantes se fundaron a partir de una mística militante, que se vinculaba al miedo a sus contrarios o a los momentos nada democráticos que se vivían. Bajo la democracia, la ausencia de riesgos trajo el peligro de la comercialización de la política y, con ello, del debilitamiento de los partidos, ya que sin voluntariado y sin mística su fortaleza es una ilusión temporal.

Los partidos son insustituibles para mantener la paz. La crítica hacia ellos debe ser, por lo tanto, cuidadosa y constructiva; sus dirigentes necesitan aprender a manejar inteligentemente los conflictos internos, a tener y a regirse por un programa, a responder prioritariamente a los intereses de los electores y a cuidarse de las pasiones que desata el poder. El clientelismo debilita a los partidos, prostituye la política, aleja a los mejores y acerca a los peores y crea un entorno en que la adulación sustituye la propuesta calificada y el juicio crítico.

Sobre esto último existe un proverbio francés que dice: “El que lame puede morder”. Efectivamente, en cualquier tipo de actividad todo adulador es un potencial traidor y hablando de aduladores existe otro proverbio que describe la debilidad humana frente a éstos: “Adula, adula, que si es inteligente no se lo traga, pero lo saborea”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

  HACIA ARRIBA


Derechos Reservados - El Diario de Hoy, El Salvador, C.A. - Aviso Legal