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Para sanear nuestra sociedad
¿Cómo deben ser nuestras familias?

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy
lmfcuervo@navegante.com.sv

Así, con criterios equivocados, mal va a mejorar nuestra sociedad.

Me aburre oír y leer, repetidamente, los males que aquejan a la sociedad salvadoreña. Los medios insisten en que cada vez hay más madres solteras, más niños abandonados por sus padres, más enfermedades de transmisión sexual, más sidosos, más violencia intrafamiliar, más marosos, más enfermedades psiquiátricas y suicidios entre los jóvenes. Pero no se dicen las causas de esos males sociales y se insiste en soluciones que, más que mejorarlos los agravan.

Es lógico. ¿Qué es lo que se fomenta? Desde el Estado, desde las ayudas internacionales, desde numerosas ONG, desde nuestras leyes y desde muchos medios de difusión para masas, se fomenta lo que corrompe, en vez de sanear. Y todo eso con abundancia de medios económicos, técnicos y publicitarios.

Se pretende aprobar un CEDAW, que es una bomba antifamiliar; se fabrica un Código de la Niñez que debilita o sustituye –según como se aplique- los derechos naturales, fundamentales e inalienables de los padres sobres sus hijos; se insiste hasta la saciedad en una información sexual que fomenta la lujuria y la irresponsabilidad personal, animando con la falsedad del “sexo seguro” al uso de los diversos anticonceptivos (muchos de ellos, entre los más usados, verdaderos abortivos); nuestras leyes facilitan ampliamente los divorcios; igualan a los hijos naturales con los legítimos —¡qué remedio!, dirán algunos, ¿acaso no ve que son mayoría?—; hay escasez de viviendas y se pretende solucionarlo con la construcción de casas pequeñísimas, a precios nada pequeños, que dificultan una vida familiar digna y casi obligan a la promiscuidad.

Así, con criterios equivocados, mal va a mejorar nuestra sociedad, pues todos esos factores atacan y destruyen la salud moral y social de las familias, que son los cimientos de una sociedad sana, pacífica, feliz y emprendedora.

¿Queremos que mejore nuestra sociedad? Lo primero es tener una idea clara de qué tipo de familia queremos fomentar. A ver si, por primera vez, no seguimos yendo de ida por un camino donde los más adelantados comienzan a venir de vuelta. Porque, aunque todavía son preponderantes los factores corruptores de la sociedad, en todo el ámbito de la cultura occidental, ya son muchos los estudios y las voces autorizadas que están redescubriendo y fomentando el único tipo de familia que funciona y que beneficia a la sociedad, y esa es la mal llamada familia tradicional, que en realidad debería llamarse “familia natural” o “familia verdadera”.

De lo tradicional toma este tipo de familia, la que está constituida por una unión matrimonial, estable y fiel, de un hombre y una mujer que viven juntos, en la misma casa, dedicando parte de su mejor tiempo a la crianza y educación de unos hijos recibidos como un bien superior, como un don divino y no como objetos de calculada planificación —muchas veces un tanto egoísta y narcisista— o, en ocasiones, como desgraciado accidente por descuido o fallo del anticonceptivo.

De lo nuevo, este tipo de familia toma lo mejor del feminismo: la igualdad con el hombre en la dignidad de la mujer, traducido también en la mejora de sus derechos legales y económicos, y en su acceso a logros profesionales, pero revalorizando también la maternidad como un gran beneficio físico, psicológico y social, insustituible para la felicidad de ella y de sus hijos.

Lo más novedoso en este estudio y profundización de las características que debe reunir una buena familia es la revalorización que comienza a hacerse del padre y de su función educadora, después del eclipse que todavía tiene en lo peor de las costumbres actuales. No se pretende restaurar la figura del padre en su estilo a la antigua, mucho menos en la versión deformada —tantas veces caricaturizada en Latinoamérica— del machismo tiránico, violento y descuidado en su responsabilidad educadora. Pero también se huye de su deformación moderna, presuntamente igualitaria, como una “segunda mamá”, o, peor, como ese mero proveedor del sustento económico, más o menos ausente del hogar.

Se sabe perfectamente que, desde el embarazo hasta más o menos los siete años, la madre es más importante que el padre para el desarrollo de los hijos, aunque el niño debe recibir también, en ese tiempo, el influjo benéfico de la figura paterna. Pero a partir de los siete años, cuando comienza la edad de la razón y conforme se avanza hacia la adolescencia, el ejercicio de la paternidad, con su estilo propio, sus reglas y su ejemplo, se hace cada vez más necesario, sin que el papel de la madre se esfume; más bien al contrario: el niño entonces se beneficia de ver, aprender y recibir la influencia de ambos. Así irá ahondando en la experiencia de ver cómo el modelo masculino y el femenino son diferentes pero complementarios y en armonía; comprobar que ellos se quieren entre sí y comprobar también que le quieren a él y a sus hermanos.

Siempre se aceptó, por lógica elemental, que la figura paterna era muy necesaria para asentar la personalidad de los hijos varones. Pero ahora, cada vez se acumulan más los estudios y experiencias que demuestran que para la buena formación de la personalidad femenina de las hijas, también es muy necesaria la figura del padre, del buen padre, protector y educador, con la fuerza de su autoridad firme, pero cercana, cariñosa y acogedora.

No niego las dificultades de proteger y fomentar en nuestro país el crecimiento y asentamiento de este tipo de familia —a la vez nuevo y viejo—, pero tampoco es imposible y si se quiere mejorar la sociedad, en sus niveles más profundos y humanos, no se va a lograr con otros medios, sino robusteciendo legal y económicamente a las familias de este tipo, porque cuando se estudian las cosas con serenidad y profundidad, éstas son las únicas que dan resultados saludables.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.

 

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