| |

Para
sanear nuestra sociedad
¿Cómo
deben ser nuestras familias?
Así,
con criterios equivocados, mal va a mejorar nuestra sociedad.
Me aburre oír y leer, repetidamente, los males que aquejan
a la sociedad salvadoreña. Los medios insisten en que cada
vez hay más madres solteras, más niños abandonados
por sus padres, más enfermedades de transmisión sexual,
más sidosos, más violencia intrafamiliar, más
marosos, más enfermedades psiquiátricas y suicidios
entre los jóvenes. Pero no se dicen las causas de esos males
sociales y se insiste en soluciones que, más que mejorarlos
los agravan.
Es lógico. ¿Qué es lo que se fomenta? Desde
el Estado, desde las ayudas internacionales, desde numerosas ONG,
desde nuestras leyes y desde muchos medios de difusión para
masas, se fomenta lo que corrompe, en vez de sanear. Y todo eso
con abundancia de medios económicos, técnicos y publicitarios.
Se pretende aprobar un CEDAW, que es una bomba antifamiliar; se
fabrica un Código de la Niñez que debilita o sustituye
según como se aplique- los derechos naturales, fundamentales
e inalienables de los padres sobres sus hijos; se insiste hasta
la saciedad en una información sexual que fomenta la lujuria
y la irresponsabilidad personal, animando con la falsedad del sexo
seguro al uso de los diversos anticonceptivos (muchos de ellos,
entre los más usados, verdaderos abortivos); nuestras leyes
facilitan ampliamente los divorcios; igualan a los hijos naturales
con los legítimos ¡qué remedio!, dirán
algunos, ¿acaso no ve que son mayoría?; hay
escasez de viviendas y se pretende solucionarlo con la construcción
de casas pequeñísimas, a precios nada pequeños,
que dificultan una vida familiar digna y casi obligan a la promiscuidad.
Así, con criterios equivocados, mal va a mejorar nuestra
sociedad, pues todos esos factores atacan y destruyen la salud moral
y social de las familias, que son los cimientos de una sociedad
sana, pacífica, feliz y emprendedora.
¿Queremos que mejore nuestra sociedad? Lo primero es tener
una idea clara de qué tipo de familia queremos fomentar.
A ver si, por primera vez, no seguimos yendo de ida por un camino
donde los más adelantados comienzan a venir de vuelta. Porque,
aunque todavía son preponderantes los factores corruptores
de la sociedad, en todo el ámbito de la cultura occidental,
ya son muchos los estudios y las voces autorizadas que están
redescubriendo y fomentando el único tipo de familia que
funciona y que beneficia a la sociedad, y esa es la mal llamada
familia tradicional, que en realidad debería llamarse familia
natural o familia verdadera.
De lo tradicional toma este tipo de familia, la que está
constituida por una unión matrimonial, estable y fiel, de
un hombre y una mujer que viven juntos, en la misma casa, dedicando
parte de su mejor tiempo a la crianza y educación de unos
hijos recibidos como un bien superior, como un don divino y no como
objetos de calculada planificación muchas veces un
tanto egoísta y narcisista o, en ocasiones, como desgraciado
accidente por descuido o fallo del anticonceptivo.
De lo nuevo, este tipo de familia toma lo mejor del feminismo: la
igualdad con el hombre en la dignidad de la mujer, traducido también
en la mejora de sus derechos legales y económicos, y en su
acceso a logros profesionales, pero revalorizando también
la maternidad como un gran beneficio físico, psicológico
y social, insustituible para la felicidad de ella y de sus hijos.
Lo más novedoso en este estudio y profundización de
las características que debe reunir una buena familia es
la revalorización que comienza a hacerse del padre y de su
función educadora, después del eclipse que todavía
tiene en lo peor de las costumbres actuales. No se pretende restaurar
la figura del padre en su estilo a la antigua, mucho menos en la
versión deformada tantas veces caricaturizada en Latinoamérica
del machismo tiránico, violento y descuidado en su responsabilidad
educadora. Pero también se huye de su deformación
moderna, presuntamente igualitaria, como una segunda mamá,
o, peor, como ese mero proveedor del sustento económico,
más o menos ausente del hogar.
Se sabe perfectamente que, desde el embarazo hasta más o
menos los siete años, la madre es más importante que
el padre para el desarrollo de los hijos, aunque el niño
debe recibir también, en ese tiempo, el influjo benéfico
de la figura paterna. Pero a partir de los siete años, cuando
comienza la edad de la razón y conforme se avanza hacia la
adolescencia, el ejercicio de la paternidad, con su estilo propio,
sus reglas y su ejemplo, se hace cada vez más necesario,
sin que el papel de la madre se esfume; más bien al contrario:
el niño entonces se beneficia de ver, aprender y recibir
la influencia de ambos. Así irá ahondando en la experiencia
de ver cómo el modelo masculino y el femenino son diferentes
pero complementarios y en armonía; comprobar que ellos se
quieren entre sí y comprobar también que le quieren
a él y a sus hermanos.
Siempre se aceptó, por lógica elemental, que la figura
paterna era muy necesaria para asentar la personalidad de los hijos
varones. Pero ahora, cada vez se acumulan más los estudios
y experiencias que demuestran que para la buena formación
de la personalidad femenina de las hijas, también es muy
necesaria la figura del padre, del buen padre, protector y educador,
con la fuerza de su autoridad firme, pero cercana, cariñosa
y acogedora.
No niego las dificultades de proteger y fomentar en nuestro país
el crecimiento y asentamiento de este tipo de familia a la
vez nuevo y viejo, pero tampoco es imposible y si se quiere
mejorar la sociedad, en sus niveles más profundos y humanos,
no se va a lograr con otros medios, sino robusteciendo legal y económicamente
a las familias de este tipo, porque cuando se estudian las cosas
con serenidad y profundidad, éstas son las únicas
que dan resultados saludables.
*Dr. en Medicina y columnista de El Diario
de Hoy.
|
|