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Orientando
Aprendiendo dinamismo económico

Robert J. Shiller*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

La irracional exuberancia de finales de los 90 produjo algunos reveses en el desarrollo de nuevas instituciones financieras.

¿Por qué algunas de las economías más avanzadas del mundo (Francia, Alemania, Italia y Japón) están con su crecimiento estancado y con un alto desempleo? Lo que es más fundamental, ¿por qué aparentemente estos países no ejercieron el tipo de liderazgo económico e innovación que sus historias nos podrían haber hecho esperar, en especial en los sectores innovadores de la alta tecnología, que están definiendo nuestro futuro?

El débil desempeño económico de estos países es aún más desconcertante si se considera la aguda caída de sus tasas de nacimiento desde hace varias décadas.

Sus pirámides de población están ahora inclinadas hacia las personas de edad mediana, que están en sus años más productivos y se encuentran relativamente libres de la carga que significa criar niños.

Por lo tanto, sus estándares de vida per cápita deberían ser sustancialmente superiores a los de EE.UU., donde es necesario prestar atención a multitud de chicos y hacer nuevas inversiones sólo para mantener el crecimiento de los bienes de capital al ritmo de una población que no para de aumentar.

Por supuesto, lo que es una ventaja hoy puede ser problemático mañana: Europa y Japón enfrentarán graves problemas cuando sus pirámides poblaciones se inclinen hacia los adultos mayores, eliminando la ventaja demográfica temporal que tienen con respecto a E.U. en la actualidad. Pero esto no es lo que afecta sus economías hoy.

Edmund Phelps, de la Universidad de Columbia, dice que a estos países de lento crecimiento les falta “dinamismo”, lo que él define como la combinación de un espíritu empresarial y las instituciones financieras necesarias para canalizarlo.

Tanto el espíritu como las instituciones financieras deben estar presentes para permitir que se desate la “destrucción creativa”, la fuerza que Joseph Schumpeter describió hace sesenta años como el motor de la prosperidad capitalista.

Pero, ¿es ésta una descripción precisa de los países de lento crecimiento? A menudo se dice que Europa Continental y Japón carecen de la potente tradición de toma de riesgos, que existe en EE.UU. o el Reino Unido. Pero en verdad es difícil encontrar grandes diferencias en valores humanos fundamentales o preferencias entre estos países y EE.UU.

Hace una década, Maxim Boycko, de Rusia; Vladimir Korobov, de Ucrania, y yo realizamos un estudio de actitudes económicas hacia el capitalismo, comparando los EE.UU., Rusia, Ucrania, Japón, Alemania del Este y Alemania Federal.

Si bien existieron variaciones en las actitudes hacia los mercados y la empresa, las mayores diferencias fueron situacionales en lugar de actitudinales: las personas de algunos países tenían menores expectativas de éxito y pensaban que las regulaciones del gobierno bloquearían sus actividades.

Esto (los efectos de las políticas gubernamentales sobre los incentivos), más que las diferencias culturales básicas o las instituciones financieras débiles, está en la raíz del pobre crecimiento que se ve en algunas economías avanzadas. De hecho, las instituciones financieras, al menos en algunos de los países estudiados, están ahora entre las más fuertes del mundo.

La irracional exuberancia de finales de los 90 produjo algunos reveses en el desarrollo de nuevas instituciones financieras.

Pero sólo recientemente varios países de crecimiento lento se mostraron ansiosos de desarrollar mercados de capitales de riesgo e impulsar bolsas de valores (el Nouveau Marche en Francia, el Neuer Markt en Alemania, el Nuovo Mercato en Italia y Mothers en Japón) dedicados a las inversiones riesgosas.

Estas nuevas bolsas de valores, formadas a imagen del NASDAQ de EE.UU., terminaron incluyendo en sus listados a un montón de compañías endebles, y el colapso de los precios de las acciones desde 2000 las sorprendió cuesta abajo.

Entonces, ¿cuál es el problema? Este otoño en Europa han aparecido varios libros acerca de las causas de la debilidad de las economías europeas. De ellos, ¿Ist Deutschland noch zu retten? (¿Es aún posible salvar a Alemania?) de Hans-Werner Sinn, destaca por su convincente argumentación.

Sinn argumenta que la lentitud alemana se debe, en gran parte, a los malos incentivos inducidos por el gobierno, un problema que va mucho más allá del notablemente rígido mercado laboral alemán, y que hasta ahora las reformas de Schröder no han ido lo suficientemente lejos como para eliminarlos.

Sinn muestra que los efectos combinados de los sistemas tributario y de bienestar social de Alemania prácticamente garantizan que ningún jefe de familia con dos niños pueda terminar ganando menos de 1,500 al mes, incluso si no trabaja del todo.

Este monto es muy superior, por ejemplo, al salario del trabajo no capacitado en la industria del hierro y el acero. En efecto, Alemania les está diciendo a quienes no están capacitados que no se molesten en trabajar.

Debido a estos incentivos destructivos, Alemania del Este, argumenta Sinn, seguirá siendo una región de desempleo crónico, de modo muy similar al Mezzogiorno de Italia, que por décadas ha drenado las finanzas italianas.

Más aún, el borrador de la Constitución europea prohibirá la discriminación de beneficios sociales contra inmigrantes provenientes de otros países de la UE. Si esta cláusula se adopta, concluye Sinn, pronto habrá “veinte Mezzogiornos en Europa”.

Las propuestas de Sinn (ajustes a las tasas de impuesto y a los beneficios sociales) son técnicas y no tendrían un efecto inmediato ni radical en el comportamiento de la gente. En el largo plazo, se debe crear un sistema de buenos incentivos para cambiar las expectativas de las personas acerca de su éxito económico y aumentar sus oportunidades de “aprender mediante la acción”.

Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía en la Universidad de Yale.

 

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