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Hablando claro
¡Sorpresa... sorpresa!

María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Si esas fincas no se hubieran abandonado, si los recursos se hubieran empleado en ahorrar, invertir y hacerlas producir —en lugar de reconstruir, pagar rescates y chantajes— muy posiblemente esos cafetaleros estarían hoy manejando la crisis.

Apenas salimos de un proceso electoral, cuando entramos al siguiente, causándonos cierta inmunidad hacia los temas políticos y dándonos la sensación de que ya nada, ¡nada!, puede sorprendernos.

Y, de pronto... ¡sorpresa, sorpresa! Los eventos más inverosímiles nos sacuden, dejándonos totalmente estupefactos.

Sinceramente, lo que estamos viendo y oyendo rebasa los límites de la más prolífica —o calenturienta— imaginación.

Porque, ¿quién concibe a Schafik Handal y Héctor Silva defendiendo a los cafetaleros? ¿Cómo pueden mentir tan descaradamente ante cámaras y micrófonos, cuando fueron ellos y sus camaradas —desde la guerrilla o el PDC—quienes contribuyeron, en buena parte, a la crisis que ahora vive ese gremio en nuestro país?

Cuando un caficultor trabaja con corrección sus cultivos, obtiene cíclicamente buenas cosechas. Pero las utilidades no dependen sólo de su buen trabajo, sino, principalmente, de los mercados internacionales. Por eso, el cafetalero responsable toma con gran prudencia la época de las “vacas gordas”, sabiendo con certeza que después vendrán las “vacas flacas”.

Fue así como, con las ganancias del café, se fundaron bancos, industrias, comercios; esas utilidades permitieron que muchísimos salvadoreños —tanto los hijos de cafetaleros, como de infinidad de campesinos que trabajaban en este cultivo— se educaran y convirtieran en prestigiosos profesionales. Es decir: aproximadamente 75 años atrás, cafetaleros visionarios se diversificaron, precisamente para superar los ciclos de bajas cosechas y malos precios.

A lo que me refiero es que “las crisis” en caficultura no son nada nuevo. ¿Por qué, entonces, la situación de hoy es tan grave? Precisamente porque no se había guardado nada para las “vacas flacas”.

¿Culpa de los cafetaleros? Quizá de algunos, que nunca se percataron de la realidad ni pusieron los pies sobre la tierra. Pero la mayoría tiene problemas, aun cuando siempre actuaron con responsabilidad.

Para quienes son muy jóvenes o padecen de amnesia, remontémonos a la “década perdida” y la “era de la gran demencia”, cuando el odio de clases más virulento era promovido en contra de los cafetaleros, precisamente por quienes ahora se rasgan las vestiduras por ellos.

Los guerrilleros hicieron de los cafetaleros sus blancos favoritos: secuestros, asesinatos, “impuestos de guerra”, destrucción de fincas, etc., fueron parte de sus “estrategias de guerra”.

Muchos cafetaleros, para salvar sus vidas y las de sus familias, tuvieron que abandonarlo todo.

Otros, además, adquirieron grandes deudas para salvar a sus seres queridos, injusta y cruelmente cautivos por los terroristas.

Pues bien: si esas fincas no se hubieran abandonado, si los recursos se hubieran empleado en ahorrar, invertir y hacerlas producir —en lugar de reconstruir, pagar rescates y chantajes— muy posiblemente esos cafetaleros estarían hoy manejando la crisis y saliendo adelante.

¿Y el PDC? ¡No se quedó atrás! No sólo destruyeron nuestras marcas de exportación, que ya tenían fama mundial, sino que jamás disimularon su odio hacia los cafetaleros.

Morales Erlich, por ejemplo, no se cansaba de recomendarles: “¡Cuiden las fincas, así, cuando se las quitemos, van a estar bien bonitas!”.

Y encontraron la manera para, sin expropiarlas, lucrarse de ellas: los cafetaleros trabajaban, compraban los insumos y pagaban los costos a 9.00 colones por $1.00; pero debían vender su café al gobierno (único comprador), recibiendo apenas 2.50 colones por $ 1.00. ¡Negocio redondo! Como dice un buen amigo, muchos pedecistas pasaron, de un brinco, “de frijol parado, a caviar”.

Si en aquel entonces los cafetaleros hubieran recibido lo que les correspondía por sus cosechas, ahora tendrían para las “vacas flacas”.

Hoy, los verdugos de la caficultora vuelven con nuevo “look”; la guerrilla, convertida en partido político, pero con los mismos cabecillas, las mismas ideas y el mismo odio, disimulado sagazmente como interés y “soluciones”.

Y el PDC tampoco ha cambiado; sólo se ha mezclado con otra maraña de personajes resentidos, sin ideología ni principios, cuyo único lazo en común es haber compartido a Héctor Silva, entre todos, en diferentes épocas y desempeñando muy diversas posiciones.

¿Lograrán estos lobos con piel de ovejas convencer con sus falsedades a algún cafetalero?
Sí, posiblemente a uno que otro, cuya vocación sea de “ganguero”.

Pero los cafetaleros de verdad, los de trabajo duro y responsable... esos no serán engañados por quienes ya, antes, hicieron tanto mal.

¿Qué no harían ahora si los dejamos?

*Columnista de El Diario de Hoy.

 

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