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Tema para meditar
La lealtad

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

“A veces es preferible un adversario sincero que un partidario mentiroso”, sostenía Séneca.

La lealtad es moneda apreciadísima en el mundo de la política. Y es comprensible. Tiene mucho valor, su tipo de cambio es casi siempre flexible y no todos encuentran conveniente comerciar con ella de manera ética. En consecuencia, y aunque su circulación resulte muchas veces engañosa, su demanda es tan copiosa como estimada su oferta.

Por la importancia que adquiere en la praxis política, se pide lealtad a todos los niveles, por diversas razones y hasta por inconfesables propósitos. Muchas veces se esgrime la lealtad como una argumentación en sí misma, restándole efectividad; también se suele apelar a ella cuando se tiene poca voluntad de cultivarla, desvirtuando su esencia moral; incluso se le ha llegado a concebir como una forma de obtener o conservar poder, pervirtiendo sus fines y ensombreciendo su imagen.

La lealtad, como concepto, toma formas muy variadas. Quienes la demandan desde el poder entienden la lealtad de una manera que generalmente resulta incomprensible para quienes se limitan a juzgar el poder. Un jefe cualquiera, para hacerse temer, apenas necesita dar órdenes a sus subalternos, mientras que un líder, para hacerse querer, necesita argumentar a sus leales.

Las investigaciones sobre la corrupción en la ANDA apuntan a que muchos subalternos de Carlos Perla fueron leales a su jefe, pero en este caso la lealtad no fue, ni por asomo, una virtud. Tampoco lo sería en la boca de quien miente a su líder para que escuche sólo lo que quiere y no lo que debe escuchar. Decir la verdad a alguien, aunque incomode, es la mejor forma de serle fiel, así como adularle es una forma de traicionarle.

Muchas veces se olvida que un gobernante también está llamado a ser leal. Cuando jura sobre la Constitución, un Presidente acepta mantenerse fiel a principios y objetivos que deben estar por encima de toda circunstancia, y es la estricta observancia de ese juramento el que lo hace digno de toda lealtad.

Si Maquiavelo pudiera levantarse de entre los muertos y ofrecer un consejo a los mandatarios modernos, casi puedo asegurar que, en torno a la lealtad, diría más o menos lo siguiente: “Para cuando sea necesario cometer una injusticia, busquen colaboradores leales. Y busquen los más leales para cuando les toque hacer justicia. Los primeros son importantes porque les serán fieles a ustedes; los segundos son decisivos, porque le serán fieles a la justicia”.

En efecto, a los colaboradores sinceros y honestos siempre les será más fácil ser leales a un líder que se muestre, en todo momento, tan sincero y honesto como ellos. La lealtad ciega a una persona, en política, puede terminar llevando ruina a esa persona; en cambio, la lealtad a objetivos tan importantes como la verdad, la justicia y el interés general, siempre redundan en beneficio del líder, porque es el líder quien recibe los créditos de un trabajo político responsable, ético y exitoso.
Un gobernante leal a su país puede aspirar a la lealtad suprema de sus seguidores. Un mal gobernante puede, a lo sumo, obtener aduladores y falsos fieles, quienes le abandonarán a su suerte cuando el péndulo del poder se incline en su contra.

“A veces es preferible un adversario sincero que un partidario mentiroso”, sostenía Séneca. Y yo me atrevería a agregar que también son preferibles los que condicionan su lealtad a la ética, pero impiden con ello que un gobernante cometa errores, que aquellos que arriesgan la popularidad y aceptación de su líder por un puñado de sonrisas complacientes. La historia suele juzgar con severidad, tanto a los que hacen pagar a un gobernante el costo de sus adulaciones, como a los que hacen pagar a un pueblo el costo de sus aduladores.

Elías Antonio Saca ha pedido sana lealtad a la fracción de ARENA, y lo ha hecho confiando en que sabremos estar a la altura de esa responsabilidad. Nos ha pedido que sepamos interpretar la historia de ARENA y de El Salvador, impidiendo que los enemigos de la libertad impongan, desde la Asamblea Legislativa, oxidaciones que nuestro país no merece.

Pero Tony Saca también ha querido decirnos, a través de su pedido, que aceptemos el reto de acompañarle en su camino de tolerancia, honestidad y transparencia. Él sabe muy bien que, quien es fiel a la libertad y a la paz, sabrá ser fiel al partido que le ha devuelto esos valores al país, y que quien es leal a El Salvador, sabrá ofrecer esa lealtad al gobernante que cumpla, hasta las últimas consecuencias, con el juramento constitucional de jamás traicionar a los salvadoreños.
*Escritor y diputado.

 

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