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Tema
para meditar
La lealtad
A
veces es preferible un adversario sincero que un partidario mentiroso,
sostenía Séneca.
La lealtad es moneda apreciadísima en el mundo de la política.
Y es comprensible. Tiene mucho valor, su tipo de cambio es casi
siempre flexible y no todos encuentran conveniente comerciar con
ella de manera ética. En consecuencia, y aunque su circulación
resulte muchas veces engañosa, su demanda es tan copiosa
como estimada su oferta.
Por la importancia que adquiere en la praxis política, se
pide lealtad a todos los niveles, por diversas razones y hasta por
inconfesables propósitos. Muchas veces se esgrime la lealtad
como una argumentación en sí misma, restándole
efectividad; también se suele apelar a ella cuando se tiene
poca voluntad de cultivarla, desvirtuando su esencia moral; incluso
se le ha llegado a concebir como una forma de obtener o conservar
poder, pervirtiendo sus fines y ensombreciendo su imagen.
La lealtad, como concepto, toma formas muy variadas. Quienes la
demandan desde el poder entienden la lealtad de una manera que generalmente
resulta incomprensible para quienes se limitan a juzgar el poder.
Un jefe cualquiera, para hacerse temer, apenas necesita dar órdenes
a sus subalternos, mientras que un líder, para hacerse querer,
necesita argumentar a sus leales.
Las investigaciones sobre la corrupción en la ANDA apuntan
a que muchos subalternos de Carlos Perla fueron leales a su jefe,
pero en este caso la lealtad no fue, ni por asomo, una virtud. Tampoco
lo sería en la boca de quien miente a su líder para
que escuche sólo lo que quiere y no lo que debe escuchar.
Decir la verdad a alguien, aunque incomode, es la mejor forma de
serle fiel, así como adularle es una forma de traicionarle.
Muchas veces se olvida que un gobernante también está
llamado a ser leal. Cuando jura sobre la Constitución, un
Presidente acepta mantenerse fiel a principios y objetivos que deben
estar por encima de toda circunstancia, y es la estricta observancia
de ese juramento el que lo hace digno de toda lealtad.
Si Maquiavelo pudiera levantarse de entre los muertos y ofrecer
un consejo a los mandatarios modernos, casi puedo asegurar que,
en torno a la lealtad, diría más o menos lo siguiente:
Para cuando sea necesario cometer una injusticia, busquen
colaboradores leales. Y busquen los más leales para cuando
les toque hacer justicia. Los primeros son importantes porque les
serán fieles a ustedes; los segundos son decisivos, porque
le serán fieles a la justicia.
En efecto, a los colaboradores sinceros y honestos siempre les será
más fácil ser leales a un líder que se muestre,
en todo momento, tan sincero y honesto como ellos. La lealtad ciega
a una persona, en política, puede terminar llevando ruina
a esa persona; en cambio, la lealtad a objetivos tan importantes
como la verdad, la justicia y el interés general, siempre
redundan en beneficio del líder, porque es el líder
quien recibe los créditos de un trabajo político responsable,
ético y exitoso.
Un gobernante leal a su país puede aspirar a la lealtad suprema
de sus seguidores. Un mal gobernante puede, a lo sumo, obtener aduladores
y falsos fieles, quienes le abandonarán a su suerte cuando
el péndulo del poder se incline en su contra.
A veces es preferible un adversario sincero que un partidario
mentiroso, sostenía Séneca. Y yo me atrevería
a agregar que también son preferibles los que condicionan
su lealtad a la ética, pero impiden con ello que un gobernante
cometa errores, que aquellos que arriesgan la popularidad y aceptación
de su líder por un puñado de sonrisas complacientes.
La historia suele juzgar con severidad, tanto a los que hacen pagar
a un gobernante el costo de sus adulaciones, como a los que hacen
pagar a un pueblo el costo de sus aduladores.
Elías Antonio Saca ha pedido sana lealtad a la fracción
de ARENA, y lo ha hecho confiando en que sabremos estar a la altura
de esa responsabilidad. Nos ha pedido que sepamos interpretar la
historia de ARENA y de El Salvador, impidiendo que los enemigos
de la libertad impongan, desde la Asamblea Legislativa, oxidaciones
que nuestro país no merece.
Pero Tony Saca también ha querido decirnos, a través
de su pedido, que aceptemos el reto de acompañarle en su
camino de tolerancia, honestidad y transparencia. Él sabe
muy bien que, quien es fiel a la libertad y a la paz, sabrá
ser fiel al partido que le ha devuelto esos valores al país,
y que quien es leal a El Salvador, sabrá ofrecer esa lealtad
al gobernante que cumpla, hasta las últimas consecuencias,
con el juramento constitucional de jamás traicionar a los
salvadoreños.
*Escritor y diputado.
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